La unidad de la triple dimensión del amor-trabajo

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En la persona de carne, la vocación al amor se hace tarea en el tiempo, una triple dimensión de trabajo: crecimiento personal, trabajo profesional, hijos.
No son “tareas que hay que compatibilizar”, son dimensiones de la unidad personal.
El carácter profesional de una actividad viene definido por su carácter de construcción de la cuna global en la que crecemos.
Las dos actividades profesionales más básicas y esenciales son hacer hijos y educarlos. Y el núcleo de esa tarea se realiza en el hogar familiar.
Una sociedad que se entienda bien a sí misma dará el prestigio y la retribución económica, y procurará formar a sus miembros, para estas dos tareas profesionales más esenciales. Porque todos los demás trabajos están al servicio de esos dos.
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La madurez de la persona de carne

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Si toda persona es vocación al amor, cuando la persona es de carne, esa llamada se hace tarea en el tiempo.
Si Dios me quiere a mí, yo sólo puedo existir en mi cuerpo, y no puedo ejercer mi libertad de carne más que si mi carne tiene inmadurez inicial. Luego, el trabajo de maduración personal es esencial para mí.
Así también el trabajo de construir el mundo humano y ser padre de otros.
Ser persona humana y madurar como persona se articula esencial y necesariamente en esta triple dimensión de la libertad en el tiempo, que es tarea, trabajo: maduración interior, construcción de mundo y ser padres.
No son cuestiones “interesantes” , o bonitas: son la esencia de la madurez de las personas de carne.
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El amor de la persona de carne

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Ser persona es ser respuesta al Amor que me constituye.
Pero ¿qué pasa cuando esa libertad se realiza en carne, en un mundo material?
Tres consecuencias de ser libertades de carne:
1. El mundo material tiene que tener indeterminación interna, tiene que ser “plastilina”, no rigidez. Tiene que estar inacabado. Si no, no se puede ejercer la libertad.
2. Mi propia carne ha de tener también indeterminación e inmadurez inicial.
3. Venimos al mundo unos a través de otros.
La vocación al amor, cuando es de carne, se hace trabajo, tarea en el tiempo: crecimiento interior, hijos, construcción de mundo.
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Si existo, es que Dios se la juega por mí

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La existencia del mundo me remite a un ser Infinito. La existencia de las personas me remite a una Persona infinita.
Pero el único motivo posible de que el Absoluto cree es que otros puedan ser felices.
La felicidad surge de la entrega mutua, la respuesta a ese Amor que me constituye en la existencia.
Luego el amor creador es, necesariamente, arriesgado. Si quiere que seamos felices, tiene que correr el riesgo de la libertad y la no correspondencia.
Mi libertad se constituye precisamente en la experiencia de ser llamado y esperado: ser dueño de mí, poder real de respuesta.
Luego, si existo, es que Dios arriesga su corazón sólo por mi felicidad.
Luego, tendré limitaciones, pero la primera verdad es que soy un invento y un amor de Dios.
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Soy absoluto ante el Absoluto

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En la experiencia de la constitución de la libertad, la persona se descubre como absoluta, dueña de sí, al ser interpelada por ese Bien absoluto que me espera a mí.
¿Pero quién puede llamar así al absoluto que soy yo? Sólo otro Absoluto, y con mayúscula, la Persona Infinita.
Mi ser absoluto como persona se constituye sólo ante la Persona Absoluta. Sólo él me puede llamar y esperar así.
En la experiencia de la libertad no es explícito que esa llamada absoluta sea de la Persona Absoluta, pero es implícito: sólo él puede llamar así a la persona absolutamente dueña de sí.
Cuando el razonamiento explícito sobre el ser del mundo, y mi propio ser persona, nos ha llevado conocer la existencia del ser Absoluto, y al Interlocutor absoluto, que todos llaman Dios, sabemos que esa llamada que experimento en la libertad es la de Dios.
Yo soy el único que puede responder a ese amor que me constituye.
Soy absoluto precisamente ante el Absoluto que me ama libre y me espera.
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La libertad no se constituye sin la emoción natural

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Tenemos la imagen de que libertad y naturaleza se oponen.
Sin embargo, la libertad de la persona de carne, el dominio de mí mismo y de mis actos, sólo se constituye sobre la realidad de mi naturaleza actualmente emocionada por una cosa buena.
La propia libertad tiene una “naturaleza”: es el poder real de responder a esa llamada del bien que sólo aparece porque soy dueño de mí, persona, y no mera naturaleza emocionada.
La libertad se constituye sólo al encontrarse llamado y esperado por un Bien que es precisamente el que no sale solo.
Me encuentro absolutamente dueño de mi querer, que es mi propia realización como persona.
En el querer libre, vamos a por ese bien que espera.
La estructura naturaleza-persona -qué soy y quién soy-, es una estructura potencia-acto: qué soy: poder real de respuesta; quién soy: respuesta respondida, realidad de entrega.
De ser buena o mala persona soy totalmente dueño.
El absoluto de la persona se encuentra ante el absoluto del bien que espera. Me hago a mí mismo como persona, alcanzo mi plenitud, precisamente en la respuesta.
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El ser persona se juega respecto del bien

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Ese bien que me llama y espera es el correlato de mi libertad y mi persona.
Esa llamada tiene un caracter “absoluto”, y me implica exactamente a mí.
Me descubro como “absolutamente” dueño de mi persona y de mi respuesta. Y encuentro ante mí una llamada “absolutamente” comprometedora.
Ser bueno o malo como persona se juega en la respuesta a ese bien que me reclama porque me espera.
Al margen de los errores, incluso en pensar lo que es bueno o malo en concreto, la persona buena es la que responde a esa llamada de valor absoluto.
Uno es causa de su propia plenitud como persona. Me saco adelante a mí mismo. Responder al bien y hacerme como persona son dos caras de lo mismo.
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El bien me implica a mí como persona libre

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Las cosas buenas lo son respecto de una parte de mí, de mi naturaleza, son limitadas.
El Bien lo es respecto de mí, me implica a mí, no sólo a una parte de mi naturaleza.
Yo como persona, con un valor absoluto, me encuentro a mí mismo frente al Bien.
Es una llamada absoluta a mi libertad. Me llama y me espera.
Ahí se juega mi ser persona, que se constituye precisamente frente al Bien que no se hace solo, que consiste en una llamada que sólo es posible porque soy plenamente dueño de mi respuesta.
No se trata de la “idea” del bien, sino de ese bien concreto que, aquí y ahora, me encuentro que no sale solo, que me está esperando exactamente a mí, y no a otro.
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Naturaleza y persona: las cosas buenas y el bien

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En la emoción uno está absorto, ausente de sí mismo.
Al descubrir que estoy emocionado se constituye el poder de decir sí, o no.
Ahora yo mismo estoy delante de mí, mi propio querer, mi propio ser, del que soy dueño, que no sale adelante sin mi iniciativa. En ese momento, la dinámica espontánea de la naturaleza se detiene, aparezco yo, y me toca a mí.
La emoción de la cosa buena sale sola, querer el bien, sacar adelante mi propio ser, no sale solo, depende de mi iniciativa.
Eso es el bien, no la cosa buena para una parte de mi naturaleza, sino el Bien que está frente a mí como persona. El Bien es exactamente lo que está frente a ese querer del que soy dueño.
La persona es la que se constituye ante la llamada del Bien, la que consiste en ese poder real de respuesta al Bien que está ante mí.
La persona se descubre llamada y esperada, dueña de sí frente al Bien que me reclama y espera.
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La constitución de nuestra libertad

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Las cosas buenas nos emocionan. Las percibimos naturalmente.
Cuando estamos emocionados, estamos olvidados de nosotros mismos. El contenido de la experiencia es sólo la cosa emocionante.
De repente, “me doy cuenta”, precisamente de que estoy emocionado y absorto.
Entonces aparece el sujeto, el yo libre, y sobre la emoción natural se constituye el dominio de la libertad sobre mis actos.
La espontaneidad natural ya no sigue sola, me tiene que dar la gana, de seguir, o de cortar. Antes era naturaleza emocionada, ahora soy sujeto libre, dueño de mis actos.
Sobre la experiencia de la emoción, aparece el poder real de decir sí o no.
Se llama comienzo del “uso de razón” al primer momento en que adquirimos este poder sobre nuestro propio ser.
Escuche el audio: http://www.unav.es/98.3/doc/09/04/090427pensarlafe2.mp3

Libertad en carne: emoción y libertad

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La persona de carne ejerce su libertad en y a través de su cuerpo.
Inteligencia y libertad requieren un mínimo desarrollo de esa carne que el alma espiritual organiza y hace vivir.
El llamado “uso de razón” es la primera percepción de uno mismo como sujeto libre, percepción intelectual y constitución de mí mismo como libre: del poder real de decir que sí, porque me tiene que dar la gana.
La constitución de mi libertad aparece al descubrir que estoy emocionado por una cosa buena y que atrae a mi naturaleza.
Las cosas buenas nos emocionan. E-moción es ser movido desde fuera por la cosa emocionante. Cuando me descubro emocionado por la cosa, entonces aparece la libertad, el dominio de mis propios actos ante el bien.
Escuche el audio: http://www.unav.es/98.3/doc/09/04/090420pensarlafe2.mp3

Personas de carne: unidad de alma-cuerpo

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El poder de decir que sí es la libertad radical. La persona es poder y realidad de respuesta.
Pero somos personas de carne, libertad en materia.
Error típico: pensar el hombre como un “compuesto”: alma y cuerpo. Pensando alma y cuerpo como entidades que se relacionan, es imposible entender a la persona de carne.
No hay “alma y cuerpo”, sino alma-cuerpo. Porque el principio vital del cuerpo biológico es el alma espiritual. El alma es el acto interno de la vida orgánica humana. El cuerpo humano es constituido y organizado por el alma espiritual.
No hay una vida orgánica y una vida espiritual añadida, sino que nuestro espíritu es el principio vital de nuestra carne.
Personas de carne, libertad, poder de decir que sí encarnado en materia y tiempo.
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Textos sencillos:
La unidad de alma-cuerpo
El alma espiritual, principio de vida orgánica

El poder de la libertad

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Hay dos niveles de libertad:
1. El ser dueño de sí, el poder de decir que sí, la iniciativa de la persona. El poder de hacer lo que no sale solo, empezando por mi propio ser. Es el primer nivel, que hace posible el segundo:
2. La posibilidad de elección entre varias cosas o caminos. Esta libertad sirve para las cosas “relativamente pequeñas”, o para los medios. Si son varias las cosas buenas, ninguna es la definitiva, ninguna es el amor de mi vida.
Las cosas grandes no se “eligen”, las cosas grandes se aman.
Las cosas que valen la pena, me salen de las entrañas, estoy hecho para ellas, pero no salen sin mi iniciativa.
Así el amor de mi vida, o la vocación profesional, o Dios: son mi vida, pero no salen más que porque me da la gana: el poder de decir que sí, de hacer real mi propia esencia.
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Somos una historia de amor: de hijos a amantes

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Una historia de amor, que va desde el amor constitutivo al amor mutuo.
El primer amor, constitutivo, es el de Dios, en el que existo.
El definitivo, el amor mutuo con Dios, eternidad y plenitud.
El paso de uno a otro, depende de nuestra libertad. Somos dueños de nuestro ser, con el poder real de decir que sí.
Lo que soy: poder de decir que sí: amor constitutivo.
Quien soy: la respuesta respondida: amor mutuo.
Pasamos de hijos a amantes.
El amor de amantes sólo existe en la entrega mutua.
Y Dios nos puede amar entonces como sólo se puede amar a quien está también enamorado y libremente entregado.
Ese camino es imagen del diálogo eterno entre las Personas divinas.
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Somos elegidos uno a uno por Dios

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Por ser personas de carne, nuestro cuerpo, con su identidad genética, es parte de mi ser personal.
Esa identidad genética es resultado de un largo proceso, una “casualidad” buscada por Dios.
Y, en el momento de la concepción, con ese material genético, podría haber muchas personas distintas -gemelos míos-.
Si existo yo, y no un gemelo mío, es porque Dios me ha elegido a mí.
Me llama a la existencia por mi nombre, mi auténtico quién, el que puede responder a ese amor y ser feliz.
“Yo te he elegido, y te he llamado por tu nombre: tú eres mío”, dice la Escritura.
Ahora lo entendemos también con la razón.
Ser persona es ser poder y realidad de respuesta al Amor.
Todas las personas, también las divinas, consistimos en ser respuesta al amor, mutua entrega.
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Texto sencillo (como el 2 de marzo)
Nombre y personalidad: la llamada de Dios

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