El mundo del revés: ¡Matar es un derecho!

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               El jueves 24, fiesta de la Virgen de la Merced, tuve la gracia de visitar el Centro Penitenciario de Dueñas (Palencia), donde celebré la Eucaristía con un numeroso grupo de cientos de presos, en honor a su Patrona. Uno de ellos, de nombre Manuel, compartía conmigo la dura experiencia de su vida, en presencia de otros reclusos. No olvidaré su rostro ni sus palabras: “Mire usted, a mí me pasó una cosa muy simple: Empecé por matar a Dios, borrándolo de mi conciencia; para luego continuar agrediendo a mi familia, a mis amigos y a todos los que se cruzaban en mi camino, y ya no me detuve ni ante el respeto debido a la vida misma”.           

            ¡Me sentiría yo mucho más seguro en una nación gobernada por Manuel, que por alguien que sostenga que matar a una criatura en el seno materno, es un “derecho”! ¡Me fío mucho más de quien ha tocado fondo en la vida, por muy bajo que haya caído, y que ha hecho la experiencia humilde del retorno a la sensatez; que de aquel otro que se cree que va a reinventar una nueva civilización, y se muestra seguro en la soberbia de su ideología!            

           Oídos sordos a la razón            

             En la sesión extraordinaria del Consejo de Ministros realizada el sábado, día 26, se ha aprobado el Proyecto de reforma de la Ley del Aborto, en el que se propone una mayor liberalización de este crimen, llegando a la aberración de considerarlo como un “derecho”. Se trata de pasar de la actual “despenalización” de un mal, a su consideración como un bien.           

             La razón de ser de esta iniciativa es doble: una es la puramente ideológica (tengamos en cuenta que en España ya padecemos, en la práctica, el aborto libre); y, la otra, la tutela de las clínicas abortistas, para que el fraude generalizado que cometen actualmente, pueda tener amparo legal.           

             ¿Qué otras razones podrían esgrimirse para justificar esta decisión política? Es conocido que en España estamos ante un auténtico invierno demográfico, y que el aborto es la principal causa de mortalidad. Más aún, España es el país de la Unión Europea que ha incrementado en los últimos diez años el número de abortos en un mayor porcentaje, con un 126%. A gran distancia le sigue Bélgica con el 36% de aumento y Holanda con un 26%. Mientras que Italia ha disminuido en un 9,71%, Alemania, en un 10,71%, y Polonia ha disminuido un 89,31%.           

          En consecuencia, no parece que puedan argüirse razones de política demográfica. España necesita urgentemente españoles, y la solución propuesta es… ¿¿otorgar el derecho de eliminarlos?? La única explicación para esta sinrazón es la puesta en práctica de un ideario de ingeniería social, donde el aborto es esgrimido como una bandera del feminismo… Y, sin embargo, cada vez constatamos con más frecuencia que la madre no es sino la segunda víctima del aborto. Más aún…, cuando el feto abortado es de sexo femenino, ¿dónde quedan los derechos feministas de esa “nueva mujer”?            

            Con la claridad y la transparencia que le caracterizaban, decía la Madre Teresa de Calcuta: “El más grande destructor de la paz es el aborto porque, si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos queda a nosotros, matarte a ti y tú matarme a mí? ¡No nos queda más que eso!”. Sus palabras han resultado proféticas, habida cuenta de que el incremento del número de abortos en España, ha ido en paralelo al aumento de los índices de criminalidad, como es el caso de la violencia doméstica.              

         El peor de los males            

         Pero no pensemos que el aborto mismo es el peor de los males, por mucho que se trate de la cruel eliminación de vidas inocentes. Todavía hay un mal que podría ser mucho más nefasto: me refiero al hecho de que la liberalización del aborto pudiera tener lugar sin resistencia social alguna;  sin que tal noticia tuviese la capacidad de sacarnos de nuestras preocupaciones cotidianas; sin que nuestra conciencia se sintiese conmovida. Si tal cosa sucediese, estaríamos ante la certificación de un mal inconmensurable: la muerte de la conciencia moral individual y colectiva, mucho más funesta que la misma muerte física.           

        Afortunadamente, tenemos noticia de que cuarenta asociaciones han reaccionado con presteza, convocando una gran manifestación para el día 17 de octubre en Madrid. El lema de la convocatoria es: “Por la Vida, la Mujer y la Maternidad”. La información necesaria podemos encontrarla en http://cadavidaimporta.org/. Confiamos en que esta iniciativa sea un signo del despertar moral de nuestra sociedad. No es hora de cruzarse de brazos, sino que tenemos el deber de actuar, de “dar la cara” en favor de la vida. ¿Si no lo hiciésemos por esta causa, por qué otra lo habríamos de hacer?

¡Benditos sacerdotes!

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(Test de “estima sacerdotal”)

El inicio del curso pastoral, es una buena ocasión para recordar que estamos ya avanzados en la celebración del Año Jubilar Sacerdotal, convocado por Benedicto XVI en el 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes.

Algunos han podido pensar equivocadamente que un Año Jubilar Sacerdotal es una cuestión interna del ámbito clerical. ¡Ni mucho menos! ¡Cuántas veces son los propios fieles los que nos recuerdan a nosotros, los sacerdotes, el don tan grande que hemos recibido! En realidad, cuando alguien se acerca a un sacerdote con verdadero deseo de encontrar a Dios, está contribuyendo, sin darse cuenta, a la fidelidad de ese sacerdote y a la promoción de las vocaciones sacerdotales.

¿Valoramos el sacerdocio y queremos a nuestros sacerdotes?… Recuerdo que hace unos años estuvo de moda un tipo de “test”, en el que se preguntaba sobre nuestras actitudes ante un determinado tema, ofreciendo finalmente una evaluación, según las respuestas emitidas. Con un poco de humor, vamos también nosotros a diseñar un “test de estima sacerdotal”, que nos sirva de autoevaluación:

1.- ¿Has rezado últimamente por tu párroco, por tu obispo o por el Papa?

a)      Ni siquiera sé cómo se llaman.

b)      En la Misa ya se suele pedir por ellos, y yo me sumo a esa petición.

c)      Lo hago todos los días en mi oración personal.

2.- ¿Has abierto tu conciencia a un sacerdote, confiando en que pueda ayudarte en tus problemas?

a)      Cada uno tiene que solucionar sus problemas.

b)      “Cuatro ojos ven más que dos”… Siempre es conveniente escuchar y acoger los consejos de quien pueda ayudarnos.

c)      La mayor ayuda que he recibido de un sacerdote ha sido cuando sus consejos venían unidos al perdón de Dios en el sacramento de la Confesión.

3.- Cuando entre tus amistades escuchas comentarios anticlericales…

a)      He seguido la corriente, para no quedar mal.

b)      Me he hecho el sordo, como si estuviese a otra cosa.

c)      He dicho lo que pensaba, dando testimonio de mi fe.

4.- En un sacerdote veo…

a)      Una “reliquia” del pasado.

b)      Un “profesional” de la religión.

c)      Un ministro de Dios; “otro Cristo” entre nosotros.

5.- ¿Cuántas veces has invitado al párroco a tu casa?

a)      Al cura se le llama sólo cuando ha muerto alguien.

b)      Cuando está la abuela con nosotros, suele traer la Comunión.

c)      Varias veces… Me encantó cuando nos relató en una sobremesa la historia de

      su vocación.

6.-  Cuando oyes a un sacerdote predicar…

a)      Le atiendo dependiendo de sus cualidades oratorias.

b)      Le escucho si el tema del que habla me resulta interesante.

c)      Veo en él un instrumento por el que Dios me habla.

7.- Cuando se hace una colecta en favor de los seminarios…

a)      “Los curas” están siempre pidiendo.

b)      ¡Se pide para tantas cosas! ¡Una más!

c)      Colaboro gustosamente, porque pienso que ninguna vocación debería frustrarse por falta de medios económicos.

8.- Cuando veo un sacerdote anciano en la Iglesia o por la calle…

a)      Me viene a la cabeza que la Iglesia está de capa caída.

b)      Lo importante es que diga la Misa rapidito.

c)      Doy gracias a Dios por su fidelidad y por todo el bien que haya podido hacer.

9.- Cuando veo un sacerdote joven en el altar…

a)      Desconfío de su inexperiencia. ¿Qué me va a decir a mí?

b)      Le observo a ver cómo lo hace, y le “califico”.

c)      Doy gloria a Dios por su vocación y le encomiendo intensamente.

10.- ¿Cómo reaccionarías si tu hijo te dijese que quiere ser sacerdote?

a)      Le preguntaría a ver si se ha vuelto loco, y le recordaría que tenemos que conservar el apellido.

b)      Le pediría que se lo pensase bien y que primero haga una carrera universitaria.

c)      Me llevaría una de las alegrías más grandes de mi vida, y le apoyaría plenamente.

11.- ¿Le has planteado a algún niño, adolescente, o joven, la posibilidad de ser sacerdote el día de mañana?

a)      Yo no me meto en líos. Allá cada uno con su vida.

b)      Soy de la opinión de que hay que valorar todas las vocaciones, aunque sean diferentes a la nuestra.

c)      Sí que me he fijado en alguien concreto, y rezo por él… Un día de estos se lo “dejaré caer”.

12.- ¿Qué piensas de la expresión del Santo Cura de Ars: “El sacerdote es el amor del Corazón de Jesús”?

a)      Me parece un espiritualismo desencarnado.

b)      Pienso que eso sólo se podría decir de algún cura santo.

c)      Creo que es exactamente así, aunque “lleven este tesoro en vasijas de barro” (2 Co 4, 7).

Evaluemos qué tal te ha ido:

            Si la letra “a” aparece en la mayoría de tus respuestas…, me sorprende que este test haya llegado a tus manos; pero le doy gracias a Dios de que así haya sido, para poder decirte como sacerdote que soy, que Dios te quiere con locura y que espera de ti una respuesta de amor.

Si a la mayoría de las preguntas has respondido con la “b”, me gustaría decirte que no estás disfrutando de los tesoros que Dios te ofrece por medio del sacerdocio.

Pero, si la letra “c” es la tuya… entonces te digo que no dejes de rogar a Dios por la santificación de los sacerdotes y por el aumento de vocaciones sacerdotales, porque estoy segurísimo, de que, a ti, Dios te va a escuchar.

La sabiduría de la Cruz

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              El 14 de septiembre conmemoramos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. Se trata de una de las celebraciones de origen más ancestral, que se inicia con el hallazgo que Santa Elena, la madre de Constantino, hizo de la Cruz de Cristo, allá por el año 320, en Jerusalén.           

            ¿Qué tiene la Cruz de Cristo que ante ella nadie permanece indiferente? ¿Por qué algunos la veneran emocionados, mientras los endemoniados se revuelven ante su sola presencia? ¿Qué misterio y qué sabiduría es ésa que se manifiesta y se esconde, tras un signo tan sencillo?                       

              La Cruz es acontecimiento salvífico y signo de amor           

         La Cruz de Cristo es, mucho antes que un símbolo, un acontecimiento. En realidad, deberíamos decir que en la Crucifixión tiene lugar, al mismo tiempo, un doble acontecimiento: En el orden natural, la injusticia de los hombres conduce a Cristo a la Cruz; mientras que en el orden sobrenatural, es Cristo mismo quien se entrega a la Cruz para hacernos “justos”. La Cruz es, simultáneamente, la consecuencia del pecado y su remedio.           

         He aquí el gran acontecimiento salvífico: Dios Padre nos ama y nos ha abrazado a todos en la Cruz y en la Resurrección de su Hijo. La Cruz de Cristo es, en consecuencia, la prueba y el signo del amor de Dios.           

       En la entrevista que Vittorio Messori realizó a Juan Pablo II, en el libro “Cruzando el umbral de la esperanza”, le preguntaba sobre el sentido del silencio de Dios ante el sufrimiento humano. La respuesta del Papa queda para nuestra meditación: “Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar”.             

        La Cruz es “forma” del cristiano           

        Es cierto que la Cruz es, en cierto sentido, una especie de “ley de vida”. Forma parte de nuestra naturaleza limitada y contingente, que en la actual situación, es inseparable del sufrimiento. Alguien afirmó, con un punto de humor, que el problema del transporte de las cruces está resuelto, porque se fabrican a domicilio…           

       Sin embargo, lo propio y lo específico del cristianismo es el estilo y la manera de aceptar y vivir esta realidad inexorable: La fe nos permite superar el miedo a la Cruz, en la confianza de que las cruces de la vida están pesadas en la balanza del amor. Santa Teresa de Jesús se atrevía a afirmar: “Quien amare mucho a Dios, verá que puede padecer mucho por Él; el que amare poco, poco. Tengo yo para mí que la medida del poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor” (Camino de Perfección 32,7).           

           La experiencia de la vida cristiana nos enseña que cuando la Cruz es “abrazada”, pesa mucho menos que cuando es “arrastrada”. Los discípulos de Jesucristo estamos llamados a experimentar que las cosas más amargas pueden llegar a ser dulces a la luz del misterio de la Cruz.            

         La Cruz es misterio fecundo           

        La Cruz es fruto del amor solidario de Cristo. Jesús la abrazó identificándose con nuestra condición y con nuestro destino. De aquí sacamos la consecuencia de que la fe cristiana no nos ha de llevar a la pasividad: No podemos caer en la tentación de cruzar nuestros brazos, quienes somos seguidores de Aquel que murió con los brazos abiertos.           

           Ahora bien, el plan de Dios no se ha limitado a participar del dolor humano, sino que también ha querido que ese dolor pueda llegar a ser “redentor”. Ésa es la sabiduría de la Cruz que han entendido los hombres de Dios. La fecundidad no está en la eficacia de nuestras obras, sino en la unión de nuestra pequeñez e impotencia al misterio de la Cruz de Cristo. Así por ejemplo, el cardenal vietnamita Van Thuan escribía sobre la experiencia de sus largos años vividos en prisión, en los que tuvo la tentación de pensar que se estaban desperdiciando los mejores años de su vida: “Viendo la inutilidad “práctica” de mi vida, pensaba en Jesús en la Cruz: también Él estaba inmovilizado y no podía hacer lo que hizo en su vida pública… y, sin embargo, desde allí hizo lo más grande, redimirnos a los pecadores”.           

            Por todo ello, que a nadie le extrañe que “exaltemos” la Santa Cruz. Honramos y ensalzamos la Cruz de Cristo y, más aún, estamos “exultantes” de gozo por el misterio que en ella se ha revelado: el AMOR.

¡Fiestas, sí; “pan y circo”, no!

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              No tengo nada en contra de las fiestas… Es más, le doy gracias a Dios porque hayamos podido celebrar las fiestas patronales palentinas, recién concluidas, en buena armonía, alegría y paz. Es obvio que el equilibrio personal y las buenas relaciones sociales, necesitan del disfrute justo de la faceta lúdica de la vida, y que no todo van a ser debates sobre problemas acuciantes y temas trascendentes…

            Sin embargo, hecha esta matización, me permito recordar cómo el Imperio Romano sometía a sus súbditos, con la conocida estrategia del “pan y circo”, de forma que la táctica de contentar a los ciudadanos romanos con un calendario en el que los días festivos igualaban a los laborables, resultaba ser más eficaz para evitar las sublevaciones, que las mismas medidas represivas de las legiones del César…

               Los espectáculos llenos de violencia en el circo, la promiscuidad sexual en las termas romanas, los interminables banquetes en los que se usaba del “vomitorium” para poder seguir comiendo y bebiendo después de haber “desalojado”, resultaron ser el camino más sencillo y eficaz para conseguir que la ciudadanía perdiese toda capacidad crítica y se “abandonase” a la clase dirigente, renunciando a ejercer su derecho-deber de presencia en la vida pública.

            Dos milenios después, las cosas no han cambiado tanto… Algunos han llegado a afirmar que uno de los motivos de la caída de las dictaduras comunistas del otro lado del Telón de Acero, fue precisamente su falta de inversión en la estrategia “pan y circo”. El capitalismo occidental, por su parte, se ha caracterizado precisamente por lo contrario: el ocio desenfrenado del fin de semana se ha convertido en el icono de la juventud; el consumo de alcohol y de drogas se confunde con la diversión; la música se ofrece como un “mundo alternativo”, capaz de aislar a sus adictos de la vida real…

            Recuerdo haber escuchado a quien fuera Cardenal de París, Monseñor Lustiger (converso del judaísmo), la siguiente expresión: “Una buena parte de la población acampa fuera de la ciudad”. En efecto, hoy es perfectamente posible que un ciudadano viva aislado de la “urbe” o de la “polis”, inmerso en la “burbuja” de su cadena musical  -en la que ni tan siquiera escucha las noticias-, visionando una y otra vez partidos de fútbol o películas, enganchado a los “realitys” de la telebasura, y totalmente ajeno a los grandes retos y debates de la sociedad.

            Mientras tanto… ¡mientras que nosotros estamos de fiesta!, pasan inadvertidas infinidad de noticias que nos deberían de abrir los ojos a la estrategia de la que estamos siendo objeto… Noticias muy graves, no pocas veces, que no llegan a ocupar ni el más mínimo espacio en las páginas de los periódicos, y, menos aún, en los espacios televisivos… La estrategia del “pan y circo” tiene una gran capacidad de adormecernos, hasta el punto de sumirnos en la ignorancia y en la insensibilidad.

            Señalo un ejemplo que me ha impulsado a escribir estas líneas: El pasado 27 de agosto, la ONU dio a conocer oficialmente la “Guía de Educación Sexual para el Empoderamiento de los Jóvenes”, que tiene el subtítulo de “Directrices Internacionales para la Educación Sexual”. El documento está elaborado por la UNESCO, con el asesoramiento de, entre otros organismos, la UNICEF, la OMS y el Fondo para la Población de las Naciones Unidas (FNUAP-UNFPA).

            En cuanto a los contenidos del documento, existen aspectos perfectamente asumibles desde una ética natural, e incluso desde una antropología cristiana; pero, desgraciadamente, se entremezclan en ella indicaciones sobre la iniciación a la masturbación a partir de los cinco años, así como, la mentalización en “los roles de género y en los estereotipos de género”, es decir, se introduce desde la más tierna infancia en la enseñanza la ideología de género abogada por el homosexualismo y el pansexualismo. Para los jóvenes, a partir de quince años, se propugna explícitamente la promoción del “derecho al acceso al aborto seguro”.

            El mero título de “Directrices Internacionales para la Educación Sexual”, nos hace caer en la cuenta de que mientras que en occidente –¡el “nuevo Imperio Romano”!- vivimos en una permanente fiesta, está en marcha todo un plan estratégico, perfectamente diseñado, para cambiar los valores de nuestra civilización. Como alguien afirmaba con una gráfica expresión: “¡Están cambiando el agua de la pecera sin que se enteren los peces!”

            Por ello, aún a riesgo de ser percibido por algunos como un aguafiestas, me atrevo a insistir: ¡Fiestas, sí; “pan y circo”, no! Y es que… la auténtica fiesta no es una evasión de la realidad, sino todo lo contrario, es la capacidad de mirar la existencia con esperanza. Lo difícil no es organizar una fiesta, sino encontrar quien sea capaz de vivirla con verdadera alegría.

   

Un año más, San Antolín

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(Homilía en la Catedral de Palencia con motivo de  la Solemnidad de San Antolín, patrono de la Diócesis)

             El Señor nos concede la gracia de celebrar un año más nuestras fiestas patronales. De nuevo, nos reunimos en este marco incomparable de la Catedral palentina, para honrar como se merece a San Antolín, nuestro querido Patrono.

             Permitidme iniciar mis palabras con una breve reflexión sobre la etimología y el significado de la palabra “patrono”. “Patrono” viene de “padre”. Si consultamos en el diccionario, descubriremos que el significado de este término hace referencia siempre a la “paternidad”. Así por ejemplo: Se dice “patrono”, del defensor o bienhechor; Amo o Ama; Santo o Santa elegido como protector de un pueblo o institución. 

            En otras palabras, el concepto de “patrono” está relacionado, en última instancia, con la “paternidad” divina, de la cual el “patrono” no es sino un reflejo… Dios es nuestro Padre, que cuida amorosamente de cada uno de nosotros, además de que acompaña y conduce los destinos de nuestro pueblo… Afirmar que tenemos “patrono”, es tanto como reconocer que no deambulamos como “ovejas sin pastor”, que acogemos de forma agradecida un principio de autoridad moral sobre nuestras vidas, que hemos descubierto un modelo del que sentirnos orgullosos y al que imitar…

            Más aún, la afirmación consciente y consecuente del “patronazgo”, supone por nuestra parte una resistencia a pactar con el relativismo que padece nuestra cultura, así como un buen antídoto frente a la orfandad moral en la que nos vemos sumergidos… En efecto, una de las causas de la actual crisis moral y espiritual tiene su origen en la absurda suposición de que el ejercicio de nuestra libertad es incompatible con la aceptación de cualquier autoridad sobre nosotros. Nos han hecho creer que la madurez del hombre se conseguiría al precio de romper con todos los vínculos a los que debemos reconocimiento. ¡¡Qué gran error!!

        Hoy estamos siendo testigos de cómo la crisis de autoridad, en la propia familia, en la escuela y en tantos otros ámbitos de la sociedad, genera profundas heridas y graves males. Ciertamente, cuando rompemos con las ataduras que nos oprimen, nos liberamos… Pero, sin embargo, cuando cortamos con nuestras raíces y con nuestras tradiciones cristianas, estamos abocados a un debilitamiento moral, generador de todo tipo de esclavitudes…

         Tenemos acumulada suficiente experiencia como para afirmar que cuando negamos a Dios como valor supremo de nuestra existencia, más que en “ateos”, nos convertimos en “idólatras”, cautivos de multitud de miserias morales que nos atenazan y que nos impiden vivir la libertad de los hijos de Dios.

            Por ello… ¡¡sentiros orgullosos del patronazgo de San Antolín!! ¡Que por su medio crezca nuestra confianza en la providencia de Dios!

            En el comienzo de este curso 2009-2010, le encomendamos a nuestro Patrono que nos guíe en el ejercicio de nuestras responsabilidades. Para ello, y a modo de ayuda, permitidme recomendaros a todos, pero muy especialmente a vosotros, los que habéis elegido el camino de la política para servir a nuestro pueblo, la lectura de la encíclica Caritas in Veritate; recién publicada por el Papa.

        Se trata de un luminoso documento del Magisterio Social de la Iglesia, publicado en el contexto de esta crisis económica que padecemos, en el que se nos recuerda que la virtud de la justicia solamente es posible cuando va acompañada de la caridad. La justicia sin el amor termina por resultar una meta utópica. Escribe así Benedicto XVI: “La caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones (las amistades, la familia, el pequeño grupo), sino también de las macro-relaciones (las relaciones sociales, económicas y políticas)” (n. 2). Dicho de otro modo: solamente cuando se ama al prójimo, está asegurada la justicia. En consecuencia… ¡qué necesario es el cultivo de la espiritualidad para la consecución de la justicia! ¡Qué importante será que los gobiernos respeten el ejercicio de la libertad religiosa, para la consecución del bien común!

          Y, correlativamente, el Papa nos recuerda en su encíclica que la caridad no puede ser entendida como un sentimiento subjetivo y arbitrario. Muy al contrario, la defensa de la verdad es un ejercicio insustituible de la práctica de la caridad. Así lo dice el Papa: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos” (n. 3).

             En  referencia a la necesidad de respetar el orden moral objetivo, Benedicto XVI nos recuerda en su encíclica que la cuestión social se está convirtiendo en nuestros días, para bien y para mal, en una cuestión antropológica… Ciertamente, hay que dignificar al máximo la vocación política, consistente en administrar y ordenar la vida social; pero, al mismo tiempo, hemos de hablar claro y con fortaleza ante la tentación que pretende redefinir desde la acción política el mismo concepto de “vida”, de “muerte”, de “matrimonio”, de “familia”, de “educación”, de “virtud”… que son bienes morales prepolíticos, y que deben ser reconocidos, tutelados y promovidos por todos en la vida social.

           Me atrevo a pedir a San Antolín un bien que considero prioritario en este momento de la vida de España: ¿Y si dejásemos de cuestionar desde los idearios políticos estos bienes morales fundamentales? ¡Qué gran servicio podríamos hacer a la vida social española, si entendiésemos que determinados valores, tales como el respeto a la vida, la tutela de la familia y de sus derechos, están radicalmente por encima de esas sensibilidades, a las que designamos como de “derechas” o de “izquierdas”; “conservador” o “progresista”!

            La convivencia social difícilmente será estable, mientras estemos sumergidos en una permanente crisis de valores en la que se cuestiona lo más básico y fundamental. Si ignoramos o despreciamos los cimientos de nuestra civilización, difícilmente conseguiremos un consenso en la elección de los caminos a seguir…

            Por esto es tan importante la objetividad de las verdades morales, porque las dictaduras de nuestros días tienen sus raíces en los relativismos. Tenemos la experiencia de que cuando no se reconoce la dignidad trascendente de la persona humana, termina por triunfar la lógica del poder arbitrario (cfr Veritatis Splendor nº 99).

            No quiero concluir esta homilía en el día de nuestro Patrono, sin hacer referencia a la próxima elevación a los altares del Hermano Rafael Arnáiz, monje trapense de la Abadía Cisterciense de Dueñas, que será canonizado en Roma el próximo 11 de octubre. Afortunadamente, entre los santos no existen ni celos ni envidia alguna, y San Antolín estará encantado de que su fiesta sea el marco para que comprendamos que la santidad de los primeros siglos de la Iglesia, representada en nuestro Patrono, ha sido encarnada por otros muchísimos seguidores de Cristo, llegando hasta el siglo XX, como es el caso del joven Rafael Arnáiz; y hasta el siglo XXI, como se espera de cada uno de nosotros.

            Un grupo de siete obispos hemos publicado una Carta Pastoral Conjunta, especialmente –aunque no exclusivamente- dirigida a los jóvenes, con el título “Buscad el rostro de Dios”. Os invito a todos a leerla, para que nos empapemos de la profunda experiencia de Dios de este monje trapense. ¡Que los de casa no seamos los últimos en descubrir los tesoros que muchos forasteros se acercan a conocer a nuestra tierra!

            A los que podáis participar en la peregrinación diocesana a Roma el 11 de octubre, os animo a ello, para que seamos muchos los palentinos que estemos presentes en un momento tan trascendente. No obstante, al regreso convocaremos en esta Catedral una Eucaristía en acción de gracias por la elevación a los altares del Hermano Rafael.

             Concluyo con una breve cita entresacada de sus cartas, en la que nos cautiva al recordarnos que la santidad está al alcance de todos:           

            “El camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez que complicando con cosas nuevas (…) No hace falta para ser grandes santos grandes cosas, basta el hacer grandes las cosas pequeñas. Dios me puede hacer tan santo pelando patatas que gobernando un imperio” (n. 790)

           ¡Ojalá nos sintamos atraídos por la lectura de sus escritos, traducidos ya a multitud de idiomas!

           Bajo la protección de San Antolín y del Hermano Rafael, os pongo a todas las familias palentinas al inicio de este nuevo curso. ¡Que a lo largo del camino, ellos nos ayuden a mantener firme nuestra Esperanza! Amén.

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