Misa de acción de gracias.

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                                            Despedida de Palencia (3-I-2010)

            Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y consagrados; fieles y familias cristianas de Palencia; queridas autoridades y representantes del pueblo:

             Tengo todavía muy vivo el recuerdo de la Ordenación Episcopal que recibí en esta misma Catedral de Palencia. Fue una celebración inolvidable que me permitió asomarme, de forma novedosa para mí, a la impresionante riqueza espiritual y humana que se encierra en el misterio de la Iglesia. Han pasado ya tres años y cuatro meses desde aquel 10 de septiembre de 2006, y hoy tengo que dar gracias a Dios por la intensidad con la que hemos vivido esta etapa de nuestra vida diocesana. En este breve tiempo transcurrido, el Señor me ha permitido ser su instrumento para “acompañar”, “animar”, “confirmar”, “corregir” y “orientar” a los que la Iglesia me ha encomendado; al mismo tiempo que he sido testigo privilegiado de la obra de salvación que Dios ha llevado a cabo a través de todos vosotros: sacerdotes, religiosos y seglares. 

            Gratitud a la Diócesis

              + Mi gratitud, en primer lugar, a los sacerdotes. Como bien sabéis, estamos en el Año Jubilar Sacerdotal, promulgado por nuestro querido Papa, Benedicto XVI. En este contexto, me despido de este presbiterio palentino, con una profunda acción de gracias. Sé que no son tiempos fáciles para vosotros; y, precisamente por ello, os quiero recordar en nombre de Cristo, que no quedará sin recompensa cada “vaso de agua” que deis a beber a los sedientos de la Palabra de Dios. Algunos os lo agradecen y otros no…; pero al Señor de Cielos y Tierra, nada de vuestra vida le pasa inadvertido, ni le resulta indiferente. ¡Él es el más agradecido! Más aún, en realidad…, ¡Él es la mismísima acción de gracias!, a la cual me sumo yo para deciros: ¡Dios os pague vuestra entrega fiel y sacrificada!

           Os pido humildemente disculpas por todo aquello en lo que no haya sabido estar a la altura de las circunstancias. El nuevo Delegado del Clero, recientemente nombrado, os acompañará de una forma especial en lo que resta del Año Jubilar Sacerdotal. No dejéis de acoger sus invitaciones y de confiaros a él.

            + Mi gratitud también hacia los religiosos: Vuestra presencia en nuestra Diócesis es importantísima. Lo he podido comprobar, de forma concreta, en las visitas que he realizado a muchos centros católicos, bien sea de educación o asistenciales.

            Con respecto a los religiosos de vida contemplativa, puedo decir que los he sentido como el mayor apoyo y descanso del obispo. Su testimonio de entrega por toda la Iglesia es verdaderamente conmovedor.

            + ¿Y qué no diré de nuestros queridos laicos palentinos? A veces he pensado, y también lo he comentado con mis más estrechos colaboradores, que uno no sabe muy bien si son los bueyes los que tiran del carro, o es el carro el que tira de los bueyes (¡permitidme la broma!). ¡Cuántas veces he sido testigo de que vuestro entusiasmo nos precede, de forma que tenéis la capacidad de poner en marcha a los sacerdotes y al propio obispo!

            Gracias por vuestra participación activa y comprometida, como testigos de Cristo, tanto en la vida social palentina, como en la pastoral parroquial y diocesana. Entre todas vuestras contribuciones a la vida de la Iglesia, me atrevo a destacar una, en este momento de mi despedida: me refiero a la Adoración Perpetua, en la que muchísimos de vosotros participáis, haciendo de esta oración de intercesión ininterrumpida ante el Santísimo, el “corazón de la Diócesis”. Nada somos sin la gracia de Cristo, y por ello, hemos de responder a su llamada orando sin cesar… “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas” (Ps 126).

             Sede vacante   

               El próximo sábado se abre para esta Diócesis palentina un periodo de sede vacante. En la vida de la Iglesia, cuando se hace mención a la situación de “sede vacante”, se tiene la percepción de que se trata de algo perjudicial, y como es lógico, se hace votos para que sea un periodo lo más breve posible. Es obvio que es así; no vamos a negar ese sentido negativo. Pero, sin embargo, yo también quisiera referirme a la “sede vacante” como de un momento de gracia para la Diócesis.

               La Iglesia pone en marcha un proceso consultivo de cara a la elección del nuevo obispo (proceso que se realiza con tanta limpieza como discreción); al mismo tiempo que todos oramos y nos sacrificamos por quien será el nuevo Obispo de Palencia.

              Aún sin saber todavía quién será el elegido, confiamos plenamente en que el Espíritu Santo asistirá a su Iglesia en esa elección. Por ello, el periodo de “sede vacante” es un tiempo de gracia en la vida diocesana: desde ahora nos adherimos plenamente a la decisión final que tome el Papa, aun sin saber el nombre, la sensibilidad o la procedencia de quien será designado. Esta actitud de confianza en la Iglesia, nos preserva de esos peligros sobre los que el Apóstol San Pablo nos pone en guardia: “¿Cómo es que hay entre vosotros algunos que dicen, yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas? ¿Acaso está dividido Cristo?” (Cfr. 1 Co 1, 12). La adhesión de los católicos hacia su obispo es previa a haberle conocido… ¡Vais a salir ganando con el cambio, no lo dudéis! ¡El Señor va a bendecir con el ciento por uno vuestra generosidad!

                Sin embargo, tengamos en cuenta que nuestra actitud en este periodo de “sede vacante” ha de ser activa: ¡trabajemos responsablemente para que la labor pastoral de la Diócesis no se paralice en esta transición, al mismo tiempo que oramos por quien será elegido como nuevo sucesor de los Apóstoles! Es un momento apasionante. Para motivaros a ello, más si cabe, me permito recordaros un dato anecdótico: el próximo obispo elegido, hará el número “cien” en la sucesión apostólica de esta Diócesis palentina.

             Gratitud por el arropamiento recibido 

            Por último, mis queridos fieles palentinos, os quiero dar las gracias de todo corazón, por lo arropado que me he sentido por vosotros tras hacerse público mi nombramiento como Obispo de San Sebastián.

                El hecho de que haya saltado a los medios de comunicación la noticia de algunas reacciones negativas, ha podido sembrar tristeza en vuestros corazones. Es verdad que Jesús nos pidió que diésemos testimonio de nuestra unidad ante el mundo. Así lo dijo en el discurso de la Última Cena: “Padre, que todos sean uno, como Tú y yo somos uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado” (cfr. Jn 17, 21). Nuestras divisiones entristecen el Corazón de Cristo, y por ende, el nuestro. Sin embargo, los planes de Dios están por encima de nuestras propias miserias y pecados; y ya hemos empezado a percibir cómo su providencia es capaz de sacar bienes de los males. Estoy totalmente convencido de que si Dios ha permitido esas “turbulencias”, todo resultará para bien, en sus designios de amor. No me cabe duda de que todos (comenzando por quien os habla), aprenderemos de nuestros fallos; nos haremos más humildes; y al final, construiremos la Iglesia como discípulos de Cristo, en torno al sucesor de Pedro; siendo todos, tal y como Jesús nos pidió, un solo corazón y una sola alma.

            Por lo pronto, yo ya me siento un privilegiado por ser objeto de tanto apoyo, cariño y oración. Un hermano obispo, con el que tengo mucha confianza, me llamaba por teléfono hace unos días y me decía: “¡No sé si te has dado cuenta de la cantidad de gente que está rezando por ti…! ¡¡Como no seas santo, no tienes perdón de Dios!!

           Miremos a María 

            Queridos hijos de la Iglesia Católica: Lo más semejante a nuestra Madre Iglesia es la Virgen María. De Ella decimos, nada más y nada menos, que es “Madre de Dios”. ¿Cómo se puede ser “madre” de quien a la vez se es “hija”? ¿”Madre” e “hija” de Dios, al mismo tiempo?

            Pues, con la Iglesia, sucede igual que con María. Dios también ha puesto en las manos de la Iglesia una especie de “maternidad divina”, que convive con nuestra condición humana… Sin embargo, en nuestro caso, tenemos que hablar también de nuestra condición “pecadora”. “Llevamos el Tesoro en vasijas de barro” (cfr. 2 Co 4, 7)… y precisamente, por ello, hemos de fijar nuestra mirada en la santidad de María, cayendo en cuenta de que necesitamos una permanente conversión y reforma para poder ser “Iglesia fiel”.

              Mis últimas palabras quieren ser éstas: ¡Mirad a María! ¡Mirad su belleza, mirad su santidad! ¡Agarraos fuerte al Santo Rosario, llevadlo en vuestro bolsillo y rezadlo con frecuencia! Será un signo de que estamos “conectados en red”. Es la comunión en Cristo, a través de María.

            Con Ella, sólo con Ella, nos haremos “pequeños” para poder servir a los “pequeños”, a los más pequeños; es decir, a los pobres y a cuantos esperan nuestra caridad. Con Ella, sólo con Ella, podremos pronunciar con verdad y en plenitud: “In Te Confido”. ¡Confío en el plan providente de Dios Padre y confío en el Amor del Sagrado Corazón de su Hijo! ¡Que Dios os bendiga!

Sólo el amor es digno de fe

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            Las tecnologías modernas han disminuido, en no pequeña medida, el tradicional envío de tarjetas postales de felicitación de Navidad. Los “SMS”, los “emails”, diversos tipos de “chat”, etc., son hoy el género de comunicación en alza.

            Sabemos de sobra que lo importante es el mensaje, y que el medio utilizado es secundario. Por ejemplo, algunos de los “PPT” navideños que solemos recibir en nuestro correo electrónico, suelen transmitir un testimonio de fe incluso más profundo que el expresado en muchas de las tarjetas postales…

               Sin embargo, es un hecho incuestionable que la extensión de la secularización ha coincidido en el tiempo con la introducción de las nuevas tecnologías, aunque entre estos dos hechos no haya una relación de causa-efecto. Y cuando ambas cosas coinciden (la vaciedad del mensaje y la nueva tecnología), entonces, parece como si pudiésemos ser testigos, de una forma particularmente elocuente, de la pobreza espiritual de nuestra generación…

              Mientras que la tradicional felicitación navideña –independientemente del medio utilizado para transmitirla- nace de la necesidad de testimoniar y de comunicar la alegría de la fe de la que somos portadores; no pocos de esos “mensajes” que en estos días colapsan los terminales de la comunicación (y, de paso, llenan las arcas de las compañías telefónicas), son la expresión de las carencias afectivas que anidan en nuestra generación. En realidad, parece como si no supiésemos qué decir, pero a la vez, tenemos la necesidad de expresar que “estamos aquí”, y requerimos saber que no estamos solos…

             La mayor pobreza generada por nuestra cultura materialista, es un profundo sentimiento de soledad y de orfandad moral… Llenamos nuestras calles de luces de colores, en formas geométricas sin significado alguno; como expresión de una “llamada oculta” que nace de nuestra profunda soledad, y que no hace sino generarnos más sufrimiento, si cabe, al comprobar cómo esos sentimientos sinceros son manipulados desde la vorágine consumista… No lo dudemos, tras el compulsivo envío de millones de SMS en estos días, se encierra el deseo de ser “algo” para “alguien”…

             Paradójicamente, el mensaje cristiano al que la secularización da la espalda, transmite la gran noticia de que el hombre no está solo. Dios está con nosotros para siempre: es el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. Desde la encarnación en Nazaret y la natividad en Belén, Dios comparte su vida con nosotros, y nos bendice con su entrañable “presencia”. El rechazo de este mensaje de salvación, condena al hombre a padecer las duras consecuencias de una soledad existencial, incluso, óntica…

                Los cristianos tenemos una fe que nos rescata de la soledad, y con gozo y alegría damos testimonio de ello. Esta es la caridad más preciosa: el testimonio de la comunión con Dios y con el prójimo. Felicitar la Navidad es algo tan importante como necesario…

            Este año, he pensado felicitaros la Navidad de una forma especial. Quiero compartir con vosotros una felicitación que he seleccionado, de entre las muchas recibidas. Se trata de un mensaje de fe que me han hecho llegar a mí, y que yo también quiero extenderos a todos vosotros. Es la tarjeta navideña que me ha enviado –y, ahora, también a vosotros- D. Manuel Ureña, Arzobispo de Zaragoza. La transcribo literalmente:

            Sólo el amor es digno de fe; sólo el amor nos sacará de este túnel y de todos los túneles, también del túnel de la muerte y de la vida sin Dios y sin prójimo. Pero nos salvará no un amor cualquiera. ¡Hay tantas formas de amor que son indignas de ese nombre! Nos salvará el Amor en mayúscula, esto es, la caridad en la verdad y desde la verdad. Ese Amor no está a nuestro alcance. Pero nos ha sido entregado en Cristo por el Espíritu. Vayamos a Belén para ser encontrados por el Amor. ¡Feliz Navidad 2009!”

            Con el deseo de que durante esta Navidad, este Amor sea una realidad en cada una de nuestras familias, con cariño os envío mi bendición,

        + José Ignacio Munilla

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”

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                ¡Mis queridos y muy amados fieles de Palencia! No hace falta que os diga que me hubiese gustado estar más tiempo entre vosotros. ¡Lo sabéis de sobra! Más aún, estoy seguro de que también éste hubiera sido el deseo de nuestro Papa Benedicto XVI, ya que es evidente la conveniencia de que el “pastor” permanezca, entre los que le han sido encomendados, un tiempo suficiente (¡difícil de cuantificar!), de forma que puedan darse las condiciones para que madure la siembra…

            Sin embargo, ahora que el Santo Padre me ha pedido responder a su llamada a ser pastor de la Diócesis de San Sebastián, creo que todos debemos tener la altura de miras necesaria, para comprender las responsabilidades que tiene el Papa en su tarea de gobierno de la Iglesia. Por eso, me atrevo a pediros a todos, que os unáis conmigo en la respuesta afirmativa que le he dado.

            Nuestro amor por la Iglesia no se circunscribe ni se agota en nuestro terruño. ¡Somos hijos de la Iglesia Católica, que es universal! ¡Qué os voy a decir yo a vosotros, cuando tantísimos hijos de estas tierras de Castilla están esparcidos por los lugares más recónditos de las misiones católicas!

             No somos dueños 

            Una de tantas cosas buenas que tiene la obediencia que practicamos en el seno de la Iglesia Católica, es que nos ayuda a entender que no somos dueños de la parcela, ni de la tarea que Dios nos ha encomendado… ¡No somos imprescindibles!

            No podemos olvidar las palabras del Señor: “Uno es el sembrador, y otro el segador” (Jn 4, 37). De la misma forma que a mí me ha tocado “cosechar” tantos frutos sembrados por quienes me han precedido, también confío en que otros harán lo propio con la labor desarrollada en estos tres años…

            Como solía decir mi paisano San Ignacio, a nosotros nos toca hacer las cosas con plena entrega y dedicación, “como si sólo estuviesen en nuestras manos”; aunque al mismo tiempo hemos de esperar y confiar, “como si sólo dependiesen de Dios”.

            El Señor dirige su Iglesia. La ama muchísimo más que nosotros. Sabe mejor que nadie lo que necesita en cada momento, y no la abandona; es más, “la cuida como el esposo hace con su esposa” (cfr. Ef 5, 25).

            Por todo ello, el primer sentimiento que quiero compartir con vosotros es éste: ¡¡Confianza plena en Dios!! Él me trajo a vosotros, Él me lleva. Lo primero fue providencial, y lo segundo también. ¡Que no nos quede ninguna duda de ello!

             ¡Gloria a Dios! 

            En este momento, quiero dar gracias a Dios por estos tres años. ¡Ha sido para mí un “regalazo” el haber podido iniciar el ministerio episcopal entre vosotros, queridos palentinos! Verdaderamente, sois “gente de buena masa”, como dijo nuestra querida Santa Teresa de Jesús. No es una frase hecha. Lo he podido comprobar.

            De igual modo que me despedí de Zumárraga diciendo que allí aprendí a ser sacerdote, no olvidaré nunca que en Palencia he aprendido a ser obispo. Vuestra ayuda y colaboración ha sido encomiable. Os doy las gracias de todo corazón.

            Por encima de todo, en este momento quiero glorificar a Dios por todas sus “obras”, y porque me ha permitido ser su “albañil” en la construcción del Reino.

           No olvidemos que la misma belleza de nuestra preciosa Catedral palentina, palidece y se esfuma, si la comparamos con la belleza infinitamente superior de la obra de la gracia que Dios está realizando en nosotros. Hoy también me toca recordaros, y, si cabe, de una forma especial, que sólo Dios es la fuente de nuestra felicidad. He aquí el resumen de todo cuanto os he querido transmitir en estos tres años: Os invito a enamoraros de “Aquél” que está locamente enamorado de cada uno de nosotros.

             Bajo el “cayado” de nuestra Madre 

            Pero mi marcha de Palencia no será inmediata. Os prometo poner todo mi interés en que la transición sea lo más ágil y eficaz posible.

           La Virgen María, nuestra Madre, a la que veneramos en esta querida tierra palentina con tantas advocaciones, nos va a acompañar en este proceso. La “Divina Pastora”, será la encargada de darnos un pastor conforme al Corazón de su Hijo. ¡Que Dios os bendiga!

El aborto tiene muchos “cómplices”

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                Buscar titulares de impacto, suele tener el riesgo de la simplificación caricaturesca. Lo hemos comprobado en el modo en que nos fue servida la noticia de las declaraciones del Secretario de la Conferencia Episcopal Española, referente a la responsabilidad de los políticos católicos en la votación de la Ley del Aborto. Esa misma sensación la he tenido yo al leer en un titular, las siguientes palabras puestas en mis labios: “Quien apruebe la Ley del Aborto estará en situación de complicidad de asesinato”. Ciertamente…, es así… Pero, las afirmaciones tienen un contexto explicativo que no puede ser ignorado.

             La mujer no es la única responsable 

             La doctrina moral católica aborda la cuestión de la responsabilidad moral en los actos en que hay una cooperación con el mal. La culpabilidad no recae exclusivamente en quien realiza materialmente el mal, sino también, en mayor o menor grado, en aquellos que han cooperado con él. En el caso del aborto: aquellos que han incitado, o incluso, presionado para que la mujer aborte; el médico y el personal sanitario que realiza la operación; el dueño de la clínica abortista que se enriquece con el “negocio”; la clase política que ha dado amparo legal a la eliminación de la vida inocente…

              La responsabilidad moral del político 

             La vocación política tiene la finalidad de buscar el bien común, poniendo un especial énfasis en la defensa de los más débiles. Como es obvio, cualquier legislación proabortista es totalmente contradictoria con esta vocación política. Es un absurdo que existan más respaldos legales para acabar con la vida humana, que para ayudar a sacarla adelante.

             Así se entienden las declaraciones que hemos realizado los obispos: Los políticos católicos que voten a favor de una ley del aborto, se colocan en una situación de total y abierta contradicción con su fe (además de legislar contra natura, esto es, de forma contraria a su propia vocación política).

             Tampoco estará de más recordar que existe una complicidad por “omisión”, es decir, por dejación de las responsabilidades políticas. Me refiero al caso de aquellos que, aunque no voten a favor de una ley del aborto, no cumplen con su obligación moral de derogarla cuando posteriormente alcanzan el poder.

             Acordémonos de Mandela

           Sorprende comprobar las reacciones producidas ante este posicionamiento de la Iglesia. Parece como si el problema estribase en una agresión de la Iglesia hacia la clase política… Sin embargo, lo único cierto es que los agredidos son los niños a los que no se les permite ver la luz, por la única razón de que no son “deseados”.

            No olvidemos que Mandela pasó veintisiete años en la cárcel porque pensaba (y no se callaba) que los negros son iguales que los blancos. Nosotros afirmamos que los niños que están en el seno de sus madres, tienen la misma dignidad que los que están fuera… No sé si tendrán que pasar otros veintisiete años para que una afirmación tan “atrevida” pueda ser expresada públicamente, sin caer por ello en el ostracismo…

            ¡¡Cómo nos duele a todos que nos recuerden nuestras responsabilidades morales!! Sin embargo, como dijo Jesucristo: “La Verdad nos hace libres”. Y yo añado: “¡aunque escueza!”.

Iglesia Diocesana: Arrimando el hombro

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                                           Pides ¿”más que los curas”?             

              El próximo domingo celebramos el Día de la Iglesia Diocesana. Habría muchos temas que tratar sobre este motivo; pero en esta ocasión me voy a centrar en el que suele resultarnos más “antipático”: pedir dinero.

            Soy consciente de la fama que tradicionalmente se nos ha “adjudicado”: “¡Pides más que un cura!”. Sin embargo, en honor a la verdad, me atrevo a denunciar la falsedad del dicho popular, por muy recurrente que sea.

           Las cosas no son lo que aparentan: hay algunos que “parece que piden, cuando en realidad están dando”; mientras que hay otros muchos que, “parece que dan, cuando lo cierto es que están pidiendo”. No quiero poner ejemplos concretos, porque a nadie le gusta buscarse enemigos…; pero estoy seguro de que los lectores tienen la agudeza suficiente para concretar este principio en casos prácticos…

            “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades” 

             No sé si lo recordaremos… pero éste es el quinto y último de los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”. La razón es obvia: la Palabra de Dios no tiene precio, pero su predicación tiene unos costes… La ayuda que prestamos a la labor evangelizadora de la Iglesia, es proporcional a nuestra estima de la vida de la gracia que a través de ella recibimos.

            Recientemente, un misionero africano que pasaba unos días de merecido descanso entre nosotros, me decía lo siguiente: “Cuando vengo a mi pueblo, y pido a mis conocidos ayuda económica para excavar un pozo de agua, encuentro una respuesta pronta y generosa. Sin embargo, si pido colaboración para construir una capilla o para hacer unas aulas para la catequesis, la respuesta es mucho más limitada”.

            ¿Será acaso que todavía no hemos descubierto que la Eucaristía sacia la sed del hombre, y que la Palabra de Dios es lámpara que ilumina nuestro camino?

             La “X” en la Declaración de la Renta, y el óbolo de la viuda 

            Nuestra aportación a la Iglesia a través del IRPF de la Declaración de la Renta es un capítulo importante para el sostenimiento de la Iglesia, aunque el apartado principal es otro: los donativos directos de sus fieles. Por ello, nos estaríamos engañando si pensásemos que con rellenar la casilla de la “X” hemos “cumplido” ya con el compromiso de sostener económicamente nuestra Iglesia.

            No olvidemos que esa “X” no añade nada a nuestro desembolso, sino que simplemente canaliza una parte de nuestros impuestos: la Iglesia recibirá una ayuda, pero nosotros pagaremos lo mismo. Dicho a las claras: con la contribución a la Iglesia a través del IRPF, no nos estamos “rascando el bolsillo”.

            Las palabras de Jesús sobre aquella viuda a la que vio echar dos pequeñas monedas en el óbolo del templo, son muy significativas: “…los demás han echado de lo que les sobraba, mientras que ella ha echado de lo que necesitaba” (Lc 21, 4). El desprendimiento de aquella mujer conmovió a Jesucristo, porque era proporcional a su amor.

             Predicando con el ejemplo: el caso de los anglicanos 

            El sostenimiento económico de nuestra Iglesia no sólo es posible por nuestras contribuciones, sino también por una administración muy austera; de forma que los recursos que son puestos en manos de la Iglesia “cunden mucho”.

            Frente a todos los sambenitos y frases hechas, me atrevo a decir que, en materia de pobreza, en la Iglesia se predica con el ejemplo.           

             No creo que exista otra institución en la que el sueldo de sus máximos responsables sea tan parejo al de los trabajadores más humildes. Tampoco creo que exista otra entidad en la que se haga ¡tanto con tan poco dinero!

            En las últimas semanas hemos vivido una noticia que, tal vez, haya podido pasar inadvertida. Me refiero a que cerca de medio millón de cristianos anglicanos han solicitado su ingreso en la Iglesia Católica. Entre ellos se incluyen unos mil clérigos y varias decenas de obispos.

            Pues bien, esos clérigos conversos, al hacerse católicos, verán reducido su sueldo a un tercio de la cantidad que cobraban anteriormente como clérigos anglicanos. Al abrazar la fe católica, eran conscientes de que la “riqueza en la fe” iría de la mano de la “pobreza en lo material”. ¿No es éste un impresionante testimonio de fe y de pobreza evangélica?

              ¡El que tenga ojos para ver, que vea! ¡Arrimemos el hombro como expresión del amor a nuestra Iglesia Diocesana!

De Londres a Roma, sin dejar el Támesis

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                                            (Enseñanzas para los de casa)

                    La Santa Sede hizo pública el 20 de octubre, la constitución de una fórmula eclesial especial para acoger a todos los anglicanos que han solicitado recientemente su ingreso en la Iglesia Católica. Se trata de unos cuatrocientos mil fieles anglicanos, acompañados de unos mil sacerdotes y de varias decenas de sus obispos.
                 No es la primera vez que acontece un fenómeno masivo de conversiones al catolicismo procedentes de la Iglesia Anglicana. Sin embargo, en el caso presente, la novedad estriba en la forma con la que la Santa Sede ha decidido acoger a estos conversos, permitiendo que conserven buena parte de sus tradiciones eclesiales y litúrgicas, y creando para ello una estructura canónica que facilitará el camino a cuantos puedan solicitar en el futuro su “retorno a casa”.

               El valor de la Tradición

             Cuando el Sínodo General de la Iglesia Anglicana autorizó en el año 1992 el sacerdocio femenino, se suscitó un debate dentro algunos sectores de nuestra propia Iglesia, en el que algunos juzgaban como excesivamente rigorista el principio católico de la transmisión íntegra de la Tradición: ¿No se estaba exagerando al afirmar que no tenemos autoridad para cambiar nada de la Tradición recibida de Cristo? ¿No era excesiva la sospecha de que la modificación de algún aspecto puntual, habría de terminar por adulterar el depósito de la fe?
                 Han pasado diecisiete años desde entonces, y en el Sínodo General de la Iglesia Anglicana celebrado este año, se ha terminado por asumir, en la práctica, la ideología de género, al aceptar la ordenación de clérigos abiertamente homosexuales, que viven en pareja. Es de suponer, que pronto se realizará la “acomodación” del matrimonio a la “ideología de moda”.
                ¡Cuántas enseñanzas nos ofrece la historia! En estos tiempos de secularización, los católicos deberíamos aprender algo muy importante de estos conversos que hoy llaman a las puertas de nuestra Iglesia: el valor del depósito de la Tradición. Sin la Tradición –cuya estima compartimos con la Iglesia Ortodoxa- la fe termina por disolverse en las ideologías del momento.

                 La estima y el valor del celibato

               Cerca de mil clérigos anglicanos van a recibir el sacramento del Orden Sacerdotal, integrándose en nuestra Iglesia Católica a través de un “Ordinariato personal”, gobernado por alguno de sus clérigos u obispos. Los clérigos que estaban casados, seguirán viviendo su compromiso matrimonial, adquirido con anterioridad a su conversión, al mismo tiempo que ahora ejercerán el sacerdocio católico.
                 Asimismo, los nuevos candidatos al sacerdocio que ingresen en sus seminarios a partir de ahora, asumirán el celibato, como el resto de los presbíteros católicos de rito occidental. En este primer momento, la elección de los obispos responsables de estos Ordinariatos, se realizará entre los clérigos u obispos célibes provenientes del anglicanismo.
                   Se trata de una solución muy razonable que, al mismo tiempo que se muestra respetuosa y responsable con la situación de partida de estos clérigos casados, también demuestra la gran estima de los conversos por el celibato. Una actitud tan positiva, debería cuestionar a quienes entre nosotros habían llegado a pensar que el celibato no tenía futuro. Sin embargo, es notorio que el celibato es un don de Dios que reafirma en gran medida el sentido vocacional del sacerdocio. ¡Cuánto nos ayuda el “desposorio con Cristo” para poder vivir el ministerio sacerdotal como un auténtico “desposorio con la Iglesia”!

                  El verdadero ecumenismo

                 ¿Cómo puede afectar todo este proceso al diálogo ecuménico? ¿No podría ser interpretado, tal vez, como una estrategia proselitista de la Iglesia Católica, que se aprovecha de la grave crisis que padece la Iglesia Anglicana, para “robarle” sus fieles?
Lo cierto es que, el Arzobispo anglicano Primado de la Iglesia de Inglaterra, Rowan Williams, y el Arzobispo católico de Westminster, Gerard Nichols, ofrecieron el mismo día que se hizo pública, una rueda de prensa conjunta, en la que elogiaron este camino emprendido. Sus palabras fueron muy esclarecedoras: “Se trata de un reconocimiento de la sustancial convergencia en la fe, doctrina y espiritualidad entre la Iglesia católica y la tradición anglicana”. “Sin los diálogos de los pasados 40 años este reconocimiento no habría sido posible”.
                  En resumen, este “paso de gigante” al que estamos asistiendo, ha dejado patente que el concepto de “ecumenismo” no es antagónico al de “conversión”. Muy al contrario, el verdadero ecumenismo es el que posibilita que las conversiones no sean puestas sistemáticamente bajo la sospecha de proselitismo, sino que sean reconocidas como la culminación del proceso del diálogo ecuménico.
                Esperamos expectantes la beatificación del Cardenal John Henry Newman (1801-1890), que tendrá lugar en mayo de 2010. Su figura es un estímulo para todos aquellos que buscan con pasión la Verdad, y están dispuestos a abrazarla con todas las consecuencias, una vez encontrada. Suya es la siguiente expresión, que ojalá pudiéramos hacer nuestra: “En mi vida no he pecado nunca contra la luz”.

La sabiduría de la inocencia

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“Si no os hacéis como niños…” 

             Cada niño que nace en el mundo es una señal inequívoca de que Dios mantiene la esperanza en los hombres… La virtud de saber transmitir a los niños nuestra experiencia, es proporcional a nuestra disposición para aprender de su inocencia… ¡Qué atractiva, y a la vez, qué sorprendente nos resulta la sencillez de los niños!  ¡Y qué vileza tan grande, el tomar excusa de su educación para violentar la inocencia de los pequeños! Nuestra cultura necesita urgentemente de los niños, porque pocas cosas hay tan falsas como una alegría sin inocencia…

            Con frecuencia, los adultos no somos felices, a causa de nuestra excesiva complejidad. Necesitamos de la inocencia de los niños para conocernos a nosotros mismos, e incluso para llegar a conocer a Dios. Como decía San Bernardo: “El desconocimiento propio genera soberbia; pero el desconocimiento de Dios genera desesperación”. Los niños son un buen espejo del Corazón de Dios, así como del corazón del hombre.

           Me venían a la cabeza todos estos pensamientos, después de leer un “ppt” que llegaba a la “bandeja de entrada” de mi correo electrónico. (En medio de tantas frivolidades como circulan por Internet, solemos recibir también algunas perlas, de esas que ensanchan nuestro corazón y elevan nuestros horizontes). Se trataba de una conocida colección de cartas dirigidas a Jesús, que un profesor italiano había recogido de sus alumnos de Primaria. La forma de expresarse de estos niños destila sinceridad y pureza. Con ingenuidad y simpatía, nos aportan una dimensión más auténtica y profunda de la realidad.

           ¡Benditos sean esos maestros que llevan a los niños a descubrir en Jesucristo, a su mejor amigo! ¡Benditos sean esos niños que, en su inocencia, nos enseñan a los mayores a descubrir la sabiduría de la vida!

             Ojos puros para reconocer la belleza: “Querido Niño Jesús: Yo creía que el naranja no pegaba con el morado. Pero luego he visto el atardecer que hiciste el martes. ¡Es genial!” (Eugenio)           

             Intuición para descubrir la fuente de la sabiduría: “Querido Jesús: Hemos estudiado que Tomás Edison descubrió la luz. Pero en la catequesis dicen que fuiste tú. Yo creo que te robó la idea”. (Daria)           

               Ser niño para bucear en el Corazón de Dios: “Querido Niño Jesús: Seguro que para ti es dificilísimo querer a todos en todo el mundo. En mi familia sólo somos cuatro y yo no lo consigo”. (Violeta)           

              Inocencia que cuestiona nuestros fundamentos:    “Querido Jesús: ¿El Padre Mario es amigo tuyo, o sólo es un compañero del trabajo?” (Antonio)            

               La coherencia de los sencillos: “Querido Jesús: Ya no me he vuelto a sentir sola desde que he descubierto que existes”. (Nora)            

              La gratuidad de la amistad: “Querido Jesús: No creo que pueda haber un Dios mejor que tú. Bueno, quería que lo supieras… Pero no creas que te lo digo porque eres Dios, ¿eh?” (Valerio) 

            Afortunadamente, la iniciativa social ha conseguido que en España se comience a abordar el debate en torno a la cultura de la vida frente a la cultura de la muerte. Los cristianos podemos y debemos contribuir con nuestro mensaje de fe en la vida, acompañado del compromiso solidario en las situaciones más difíciles. No en vano la “causa de la vida” es la “causa de Jesús”. Él no sólo nos invitó a amar a los niños, sino también a aprender de ellos: “Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios.  Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él ».  Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos” (Mc 10, 14-16). ¿Será por esto que se congregaron tantas familias y niños en la manifestación por la vida del 17-O en Madrid?

Con Rafael, ahuyentando “diablillos”

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           ¡Felicidades Palencia! Ha llegado el anhelado 11 de octubre: la Canonización de nuestro muy querido Hermano Rafael Arnáiz.

            Rafael es, antes de nada, nuestro “amigo”; consecuencia lógica que se desprende de ser “santo”, es decir, “amigo de Dios”… No dudemos de que él puede ayudarnos a “acertar” en el camino de la vida. Su historia, sus ansias de felicidad y sus luchas interiores, se asemejan a las nuestras, mucho más de lo que nos imaginamos… Las circunstancias de nuestra vida serán muy distintas, pero las batallas que nos presentan las tentaciones y los medios que tenemos para poder vencerlas, son básicamente los mismos. Aunque hayan pasado más de setenta años, y aunque el estrés y el ruido que nos envuelven, contrasten con la paz y el silencio del claustro monacal, estamos básicamente ante los mismos retos.

            Para demostrarlo, me quiero servir de un texto extraído de las cartas del Hermano Rafael; un pasaje entrañable y emblemático, en el que nuestro santo comparte con nosotros su lucha contra el hastío y la falta de sentido de la existencia:

 «Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre. Es la hora del trabajo, y como hoy es sábado y hace mucho frío, no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde se limpian las lentejas, se pelan patatas, se trituran las berzas, etc. (…) La tarde que hoy padezco es turbia, y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio, y parece que unos diablillos, están empeñados en hacerme rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos… En mis manos han puesto una navaja, y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes… y tan fríos… ¡Qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.El tiempo pasa lento, y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados. Los diablillos me siguen dando guerra. ¡¡Que haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos, con esa seriedad de magistrado de luto.Un demonio pequeñito y muy sutil, se me escurre muy adentro y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas, patatas, berzas y nabos.(…) Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra en mi alma… Una luz divina, cosa de un momento… Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa! ¡Qué pregunta! Pelar nabos…, ¡pelar nabos!… ¿Para qué?… Y el corazón dando un brinco contesta medio alocado: “Pelo nabos por amor…, por amor a Jesucristo”». 

            La batalla de Rafael con esos “diablillos” que pretendían robarle la paz, la alegría y hasta la misma esperanza, es también la nuestra. Nuestra vida puede resultarnos monótona, tediosa e insufrible, o por el contrario, gozosa e ilusionante, dependiendo de la clave de sentido que mueva nuestra existencia.

            Frente a quienes piensan que el motor del mundo es el dinero, el poder o el placer; los santos nos recuerdan que el verdadero motor, y el único capaz de darnos la capacidad de ahuyentar a “los diablillos”, al mismo tiempo que nos revela el sentido de nuestra existencia, es el amor: el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús.

            El rostro de Cristo tiene la virtud de hacerse presente y de cautivarnos a través de los santos, y ahora, en concreto, a través de quien será venerado como San Rafael Arnáiz. Porque, como dice nuestro Papa Benedicto XVI, con una expresión certera, “los santos son la estela luminosa con la que Dios ha atravesado la historia”.

            El Hermano Rafael está acompañado de otros cuatro santos más, en esta ceremonia de Canonización: Zygmunt Szcęsny Feliński, polaco, obispo y fundador de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Familia de María; Francisco Coll i Guitart, español, sacerdote dominico y fundador de la Congregación de las Hermanas Dominicas de la Anunciación; Jozef Damian de Veuster, holandés, sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones (muy conocido por su entrega heroica a los leprosos, relatada en la película “Molokai”); y Marie de la Croix, francesa, fundadora de la Congregación de las Hermanitas de los Pobres.

            Ciertamente, estamos ante grandes figuras que han destacado por su fecundidad apostólica y por la estela que han dejado tras ellos. Entre estos, el Hermano Rafael llama la atención, porque no fundó nada, ni tuvo ningún puesto relevante, ni destacó externamente ante los demás; es más, hubo de conformarse con ser un simple “oblato”, ya que su salud no le permitió abrazar íntegramente la regla trapense… Rafael no hizo cosas grandes, ¡¡sólo fue santo!!

            Esto nos recuerda que no debemos confundir la santidad, con unos modelos determinados de liderazgo que nos resultan inalcanzables para el común de los mortales… La santidad no sólo debe ser admirada, sino sobre todo deseada, trabajada y suplicada a Dios. De forma similar a como el destino natural del niño es hacerse hombre, así también el fin del cristiano es ser santo. Es la meta lógica de quien ha sido redimido por Cristo…; lo contrario sería una frustración. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: “La santidad no es el lujo de unos pocos, es un simple deber para cada uno de nosotros”. Por ello, el escritor converso León Bloy escribía: “Sólo existe una tristeza: no ser santo“.

 

San Rafael Arnáiz: la glorificación del “frustrado”

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            La próxima canonización del Hermano Rafael ha puesto a nuestra Diócesis de fiesta… El domingo 11 de octubre, una numerosa peregrinación palentina se dará cita en el incomparable marco de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, dando gloria a Dios por la obra buena que ha realizado en cinco nuevos santos, entre los que se encuentra quien desde ese día será invocado como San Rafael Arnáiz.

                 Soy consciente de que existe el riesgo de participar en este acontecimiento, sin conocer en profundidad la figura y el mensaje de este joven trapense, que la Iglesia nos propone como modelo de santidad. Por ello, más que adentrarme en una explicación sistemática de su espiritualidad, mi intención en estas breves líneas es suscitar el deseo de acceder a la lectura de la vida y los escritos del Hermano Rafael, ¡una auténtica joya de la espiritualidad católica! Los escritos del Hermano Rafael ya están publicados en la mayoría de las lenguas modernas, y están siendo traducidos a numerosas lenguas orientales. El Hermano Rafael tiene la virtud de expresar la más honda vivencia mística, con una frescura y cercanía de lenguaje, que la hace fácilmente trasladable y aplicable a nuestra propia vida.

              Pues bien, la “historia” del Hermano Rafael, así como el “modelo” de vida cristiana que nos ofrece, están condicionados en gran medida por una grave enfermedad (la diabetes sacarina), que “frustró” en gran manera sus planes y sus proyectos. Su salud no le permitió asumir la vida ordinaria del monje trapense, teniendo que resignarse a llevar un régimen de vida distinto, a tener que abandonar con frecuencia el monasterio, a ser una carga para sus compañeros e, incluso, al sufrimiento ante la posibilidad de que la enfermedad fuera un impedimento para su propia vocación.

           Entresaco de sus escritos, un pasaje muy significativo, en el que el Hermano Rafael nos abre su alma:

 “Había una vez un «tonto de circo» que cada vez que entraba en la «pista» se caía…, iba de aquí para allá, arrastrando sus enormes zapatos y con grandes esfuerzos lograba arreglar la esquina de la alfombra. Cuando ya creía que estaba bien, tropezaba en ella…, la volvía a arrugar y se caía…; sudaba…; su trabajo consistía en sacar una silla… Para ello se remangaba, se secaba el sudor de la frente con un enorme pañuelo, y como si arrastrara un enorme peso, sacaba a la pista la silla y, por último, se sentaba en ella. Todos se reían de él al ver lo orgulloso que se retiraba, creyendo que había ayudado a los demás a preparar los aparatos, alfombras y demás enseres que los artistas necesitaban para su trabajo.Yo conozco a un trapense que en la Trapa hace igual que el «tonto del circo», toda su actuación se reduce a un «hacer que hacemos», arrastrando los pies y secándose el sudor. Este pobre hombre hace reír a los ángeles que contemplan desde el cielo el espectáculo del mundo y, aunque no hace los arriesgados trabajos de los demás artistas, ni da «saltos mortales», ni ejercicios de fuerza, o «volteretas en el trapecio»…, ¿qué más da? ¡Si no sabe más que desarrugar las alfombras y con ello se gana los aplausos de los ángeles!…”.            

            Santidad no es perfeccionismo 

            Una de las grandes enseñanzas de la vida del Hermano Rafael es ésta: la santidad no debe de confundirse con el perfeccionismo. Este último, el perfeccionismo, se caracteriza por centrar todos los esfuerzos en la materialidad de nuestras obras, de forma que las podamos culminar correctamente, sin error ni fallo alguno… Sin embargo, la santidad no consiste tanto en la perfección material, cuanto en la aceptación y en el ofrecimiento, por amor de Dios, de nuestros esfuerzos y de nuestros pequeños “logros”, así como de nuestras limitaciones y errores.

            A lo largo de los escasos años en los que el joven Rafael permaneció en la Trapa de Dueñas, tuvo que ir desprendiéndose -en un claro ejercicio de purificación pasiva- de sus planes, proyectos, propósitos… Rafael soñó al ingresar en la Trapa con llegar a ser un monje perfecto; pero, finalmente, Dios le concedió ser… ¡un monje santo!

            El santo humor del hermano Rafael 

            Otro aspecto muy característico de la espiritualidad del Hermano Rafael, es su sentido del humor, vivido incluso en momentos trágicos de su vida, como expresión de una admirable confianza y abandono en las manos del “sólo Dios”. La experiencia de Rafael nos enseña que cuando nos empapamos del amor infinito de Dios, entonces somos capaces de reírnos de nuestros agobios, de nuestras preocupaciones y, en definitiva, de nuestro propio “yo”, que tanto nos ocupa y nos preocupa.

            Pero no olvidemos que la alegría del Hermano Rafael, aún naciendo de su confianza en Dios, requiere de un ejercicio ascético constante y firme. Mantener el sentido del humor en medio de las cruces de la vida, tiene el precio de mortificar nuestras melancolías, relativizar nuestras decepciones, pasar por alto los desprecios que podamos sufrir, y elevar nuestros corazones. La alegría y el sentido del humor del Hermano Rafael, son la penitencia más agradable a los ojos de Dios.

            Para todos aquellos que no puedan acudir a Roma, el sábado 24 de octubre, celebraremos en nuestra Diócesis de Palencia un día de acción de gracias con motivo de la Canonización. Por la mañana, a las 12.00, tendrá lugar en la Trapa de Dueñas una solemne Eucaristía; mientras que, por la tarde, a las 18.00, la Santa Misa será en la Catedral. Daremos gracias a Dios por la elevación a los altares de quien escribió: “Dios no nos exige más que sencillez por fuera y amor por dentro”.

El mundo del revés: ¡Matar es un derecho!

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               El jueves 24, fiesta de la Virgen de la Merced, tuve la gracia de visitar el Centro Penitenciario de Dueñas (Palencia), donde celebré la Eucaristía con un numeroso grupo de cientos de presos, en honor a su Patrona. Uno de ellos, de nombre Manuel, compartía conmigo la dura experiencia de su vida, en presencia de otros reclusos. No olvidaré su rostro ni sus palabras: “Mire usted, a mí me pasó una cosa muy simple: Empecé por matar a Dios, borrándolo de mi conciencia; para luego continuar agrediendo a mi familia, a mis amigos y a todos los que se cruzaban en mi camino, y ya no me detuve ni ante el respeto debido a la vida misma”.           

            ¡Me sentiría yo mucho más seguro en una nación gobernada por Manuel, que por alguien que sostenga que matar a una criatura en el seno materno, es un “derecho”! ¡Me fío mucho más de quien ha tocado fondo en la vida, por muy bajo que haya caído, y que ha hecho la experiencia humilde del retorno a la sensatez; que de aquel otro que se cree que va a reinventar una nueva civilización, y se muestra seguro en la soberbia de su ideología!            

           Oídos sordos a la razón            

             En la sesión extraordinaria del Consejo de Ministros realizada el sábado, día 26, se ha aprobado el Proyecto de reforma de la Ley del Aborto, en el que se propone una mayor liberalización de este crimen, llegando a la aberración de considerarlo como un “derecho”. Se trata de pasar de la actual “despenalización” de un mal, a su consideración como un bien.           

             La razón de ser de esta iniciativa es doble: una es la puramente ideológica (tengamos en cuenta que en España ya padecemos, en la práctica, el aborto libre); y, la otra, la tutela de las clínicas abortistas, para que el fraude generalizado que cometen actualmente, pueda tener amparo legal.           

             ¿Qué otras razones podrían esgrimirse para justificar esta decisión política? Es conocido que en España estamos ante un auténtico invierno demográfico, y que el aborto es la principal causa de mortalidad. Más aún, España es el país de la Unión Europea que ha incrementado en los últimos diez años el número de abortos en un mayor porcentaje, con un 126%. A gran distancia le sigue Bélgica con el 36% de aumento y Holanda con un 26%. Mientras que Italia ha disminuido en un 9,71%, Alemania, en un 10,71%, y Polonia ha disminuido un 89,31%.           

          En consecuencia, no parece que puedan argüirse razones de política demográfica. España necesita urgentemente españoles, y la solución propuesta es… ¿¿otorgar el derecho de eliminarlos?? La única explicación para esta sinrazón es la puesta en práctica de un ideario de ingeniería social, donde el aborto es esgrimido como una bandera del feminismo… Y, sin embargo, cada vez constatamos con más frecuencia que la madre no es sino la segunda víctima del aborto. Más aún…, cuando el feto abortado es de sexo femenino, ¿dónde quedan los derechos feministas de esa “nueva mujer”?            

            Con la claridad y la transparencia que le caracterizaban, decía la Madre Teresa de Calcuta: “El más grande destructor de la paz es el aborto porque, si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué nos queda a nosotros, matarte a ti y tú matarme a mí? ¡No nos queda más que eso!”. Sus palabras han resultado proféticas, habida cuenta de que el incremento del número de abortos en España, ha ido en paralelo al aumento de los índices de criminalidad, como es el caso de la violencia doméstica.              

         El peor de los males            

         Pero no pensemos que el aborto mismo es el peor de los males, por mucho que se trate de la cruel eliminación de vidas inocentes. Todavía hay un mal que podría ser mucho más nefasto: me refiero al hecho de que la liberalización del aborto pudiera tener lugar sin resistencia social alguna;  sin que tal noticia tuviese la capacidad de sacarnos de nuestras preocupaciones cotidianas; sin que nuestra conciencia se sintiese conmovida. Si tal cosa sucediese, estaríamos ante la certificación de un mal inconmensurable: la muerte de la conciencia moral individual y colectiva, mucho más funesta que la misma muerte física.           

        Afortunadamente, tenemos noticia de que cuarenta asociaciones han reaccionado con presteza, convocando una gran manifestación para el día 17 de octubre en Madrid. El lema de la convocatoria es: “Por la Vida, la Mujer y la Maternidad”. La información necesaria podemos encontrarla en http://cadavidaimporta.org/. Confiamos en que esta iniciativa sea un signo del despertar moral de nuestra sociedad. No es hora de cruzarse de brazos, sino que tenemos el deber de actuar, de “dar la cara” en favor de la vida. ¿Si no lo hiciésemos por esta causa, por qué otra lo habríamos de hacer?

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