II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

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                          (Eucaristía ofrecida por el eterno descanso de las víctimas mortales

   de la violencia terrorista y por el consuelo de sus familiares) 

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              Muy queridos hermanos: Hoy especialmente, quiero dirigir un saludo y un reconocimiento particular a cuantos habéis sufrido las heridas de la violencia terrorista.  También deseo expresar mi agradecimiento a todos los que habéis querido acompañarles en esta Eucaristía.

            La fecha que hemos elegido para la celebración de esta Eucaristía por el eterno descanso de las víctimas del terrorismo, no se ha decidido al azar… Acabamos de celebrar la Semana Santa, que lejos de concluir con el fracaso de Cristo, ha culminado con su victoria sobre la muerte. Pues bien, hoy la Iglesia celebra el Domingo de la Octava de Pascua, en el que resuena en nosotros el triunfo de Cristo sobre la muerte: la victoria de la esperanza sobre nuestro desaliento y nuestras tristezas; la victoria de la fe sobre nuestra desconfianza y nuestros temores; la victoria del amor sobre el odio y sobre el rencor; e incluso, la victoria de la comunión con nuestros seres queridos ausentes, por encima de nuestro sentimiento de soledad y desamparo…

            El Beato Juan Pablo II fue quien instituyó que en el Segundo Domingo de Pascua -que hoy celebramos- se conmemorase en la Iglesia la fiesta del “Domingo de la Divina Misericordia”. En el origen de la intuición del Pontífice estaba una joven religiosa polaca de principios del siglo XX, que murió con tan solo 33 años de edad: Santa Faustina Kowalska. Su vida transcurrió durante los años en los que Europa era azotada por la llamada Gran Guerra (la Primera Guerra Mundial), y falleció a las puertas de la Segunda Guerra Mundial. Su vocación religiosa parecía estar marcada por el dolor de la humanidad, hasta el punto de que su experiencia mística le llevó a ofrecerse a Dios como “víctima voluntaria” por la salvación del mundo, especialmente por tantas almas sufrientes de su tiempo y de toda la historia. Os recomiendo que os acerquéis a conocer su vida y su mensaje.

            Pero más allá de los hechos históricos que puedan estar relacionados con el origen de la fiesta litúrgica que hoy celebramos, el misterio de la MISERICORDIA se presenta como el mensaje central del cristianismo: Dios es AMOR y su relación con nosotros está fundada en la MISERICORDIA. Cuando conocemos y gustamos interiormente de este misterio, el horizonte de nuestra vida se llena de esperanza. Y por el contrario, cuando ignoramos o rechazamos la misericordia de Dios, inevitablemente, somos presa de la infelicidad. Nosotros creemos firmemente que en la misericordia de Dios el mundo encontrará la paz y el hombre, la felicidad.

            Queridos hermanos que habéis sido víctimas de la violencia, permitidme compartir con vosotros unas reflexiones. Las hago con profundo respeto y consciente de que estoy entrando en un terreno sagrado, como es el sufrimiento en vuestras vidas. Soy consciente de que solo con la actitud del amor misericordioso es posible acercarse a las víctimas para ayudarles a que se levanten y reanuden su camino. La fe cristiana nos permite barruntar que donde hay sufrimiento, allí hay un ‘suelo’ sagrado; y que, por lo tanto, debemos ‘descalzarnos’ antes de entrar en él…

            El misterio del mal puede tener dos efectos posibles en nosotros: El primero es el de hacernos sufrir como víctimas inocentes. Pero el segundo puede llegar a ser todavía más grave: lograr que la víctima llegue a contaminarse moral o espiritualmente con el mal que injustamente está padeciendo. En efecto, no nos extrañemos de que, después de haber padecido un daño físico ya irremediable, el Maligno pretenda incluso hacernos un profundo daño espiritual perdurable. Recuerdo unas palabras que escuché en cierta ocasión de labios de uno de vosotros, y que han sido una auténtica lección para mi vida de sacerdote: “Han matado a mi hijo, pero no conseguirán robarme la fe en Dios, ni la esperanza de santidad”.

             Este es el primer mensaje que quisiera transmitiros en el día de la Divina Misericordia: Que el sufrimiento que habéis padecido y que continuáis padeciendo, no os impida conocer y experimentar la bondad de Dios, la confianza en el prójimo y la esperanza en un futuro mejor. Sería especialmente triste que las heridas padecidas nos arrebatasen la experiencia del amor de Dios y del amor de los demás. Pido de una forma muy especial a la Virgen María, la Madre Dolorosa, que vuestro sufrimiento no os lleve nunca a cerraros al Amor, a la Fe y a la Esperanza; sino que al contrario, os permita descubrir que Jesucristo –el Crucificado y Resucitado- es el ‘amigo que nunca falla’, y el único capaz de llenar de paz nuestro corazón.

            Jesús nos habla en el Evangelio de la necesidad de ‘nacer de nuevo’ para poder entrar en el Reino de los Cielos (cf. Mt 18, 1-7),  y me atrevería a añadir que también para alcanzar la felicidad en esta vida. Su mensaje es absolutamente válido para todos nosotros. Nadie ha de ser ajeno a esta invitación a ‘nacer de nuevo’ que Cristo nos hace: ni los más criminales entre los criminales, ni el obispo que os habla, ni las monjas de clausura, ni ninguno de los aquí presentes…

            Quizás alguno se pregunte qué camino es el que hay que recorrer para poder nacer de nuevo. Pues bien, Jesús nos dice en el Evangelio de San Juan: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto -el que no nazca del agua y del espíritu- no puede entrar en el Reino de los Cielos” (cf. Jn 3, 3-5). Queridos hermanos, la clave para  ese nuevo nacimiento “de lo alto” que nos pide Jesús en el Evangelio es la “MISERICORDIA”. La misericordia no es otra cosa que el Amor que se prodiga en sanar las heridas de los que sufren. La misericordia es el “amor en acción”, el amor que se ‘despoja’ y se ‘arremanga’ para acercarse al misterio del dolor, llevando la esperanza de la Resurrección.

            Permitidme un comentario sobre el marco en el que hoy nos encontramos: como habéis podido observar, estamos celebrando la Eucaristía en esta Catedral de San Sebastián que durante todo el mes de abril acoge la preciosa exposición sobre la vida y el carisma de la Madre Teresa de Calcuta. Pienso que el mensaje de la MISERICORDIA reflejado en la Beata Teresa de Calcuta, es uno de los iconos más bellos que la Iglesia nos puede mostrar al predicarnos el mensaje de liberación del Evangelio…

            En efecto, las víctimas de la violencia terrorista están reflejadas en los pobres que Madre Teresa atendió y recogió en las calles de Calcuta. Pero las víctimas de la violencia terrorista también están reflejadas en el icono de las propias Misioneras de la Caridad, vestidas con sus saris indios, quienes olvidadas de sí mismas se convierten en ángeles de misericordia para los demás… Me explico:

a)      Por una parte, necesitamos abrirnos a la misericordia, y especialmente a la misericordia divina. O dicho de otra forma, tenemos que aprender a dejarnos amar por Dios, así como por los seres queridos que nos rodean: Solamente así podrán sanar nuestras heridas, esas heridas que la violencia terrorista ha generado en nuestros corazones… ¡Dejarse querer o dejarse amar, no es algo tan obvio ni tan fácil como podría parecer a simple vista! Cuando se ha padecido la crueldad de la violencia, con frecuencia ocurre que se sufren traumas, que dificultan la confianza en las personas del propio entorno, e incluso en el mismo ser humano.

      ¡Qué importante y necesaria puede llegar a ser en este camino de sanación una profunda experiencia de oración! En el Evangelio que hemos proclamado en este Domingo de la Divina Misericordia se ha narrado el episodio del Apóstol Tomás tocando las llagas de Jesús Resucitado, y sanando de esta forma su incredulidad. También nosotros necesitamos tocar a Jesús en la oración; o mejor aún, dejar que Él toque nuestras llagas, nuestras heridas, para que puedan ser sanadas.

b)      Pero, en segundo lugar, para poder acoger la misericordia que necesitamos, es preciso practicarla con los que la necesitan tanto o más que nosotros, e incluso con quienes la necesitan menos que nosotros. La mejor terapia para sanar nuestras heridas, es la práctica generosa de la misericordia con las personas que nos rodean. Ésta es una de las paradojas del mensaje de Cristo: para sanar nuestras heridas, es necesario que nos ofrezcamos como ‘sanadores’ del prójimo. Para poder ser ‘hijos de la misericordia’, tenemos que ser ‘padres de misericordia’. Porque dando se recibe; y olvidándonos de nosotros mismos, es como llegamos a encontrarnos… ¡Ésta es la lógica y la dinámica sanadora del Evangelio!: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7).

        Mis queridos hermanos, las heridas de la violencia terrorista sólo pueden ser sanadas por el bálsamo de la misericordia, que se recibe al mismo tiempo que se da, ya que la misericordia no es otra cosa que el amor gratuito que nace de Dios y que se prodiga de modo especial en aquellos que sufren. Como dijo Juan Pablo II al inaugurar el Santuario de la Divina Misericordia en Cracovia: “Fuera de la misericordia no existe otra fuente de esperanza para el hombre” (17 de agosto de 2002).

          Desde esta convicción, ‘con temblor y temor’, pero con la certeza que nos da el Evangelio de Jesús de Nazaret, me atrevo a proponeros en este Domingo de la Divina Misericordia, a todas las víctimas de la violencia que os sentís cristianos, que oréis con fe y esperanza por la conversión de quienes fueron vuestros verdugos. Será una oración heroica que contribuirá en gran medida a la sanación de vuestras heridas. Y, no lo dudéis, será una oración eficaz; si bien es cierto que siempre quedará condicionada al misterio de la respuesta de la libertad del hombre. Aun así, nuestra fe en la misericordia de Dios, nos lleva a cultivar la confianza en el hombre y en su capacidad de regeneración. Con la ayuda de la gracia, la libertad humana es capaz de reconducirse por el camino de la verdad y del bien.

        Queridos hermanos, podéis prescindir tranquilamente de las palabras que yo os he dirigido, para quedaros con estas que ahora voy a citar. Nuestro amado Juan Pablo II tenía preparada una alocución para el Domingo de la Divina Misericordia, que no pudo pronunciar, ya que falleció la víspera. Sin embargo, quiso que ese texto se leyera y publicara como su mensaje póstumo: «A la Humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece, como don, su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!».

     ¡Jesús, confío en ti, confiamos en ti!

 

San Sebastián 2012

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          Queridos hermanos concelebrantes, queridos devotos de nuestro Patrono San Sebastián, queridos donostiarras y queridas autoridades:  

           El Evangelio de San Juan que hemos proclamado presenta ante nosotros el ideal del martirio, no como algo excepcional, sino como una vocación común a todos los cristianos. Ciertamente, son pocos los cristianos que son llamados a testimoniar la fe mediante el martirio corporal o físico. Sin embargo, según leemos en el Evangelio, es connatural a la condición de los discípulos de Jesús, el no encontrar un fácil “encaje” en el espíritu de este mundo.

          En efecto, los cristianos estamos llamados a vivir en este mundo, pero sin ser de este mundo. La gran tentación que hoy en día podemos sufrir los creyentes es la de ser ‘arrastrados’ y ‘absorbidos’ por el espíritu mundano, de forma que terminemos por pensar, sentir y actuar, como si Dios no existiese. Es más, con frecuencia suele entenderse que un cristiano sólo puede ser moderno o progresista, cuando ha asumido íntegramente los postulados de la cultura secularizada. Ser cristiano así, en la práctica, implicaría perder la identidad que nos es propia, hasta el punto de resultar ‘fagocitados” por el ambiente.

          Pero obviamente, ése no es el verdadero progresismo, ni la auténtica modernidad. El sentido religioso de la existencia es perfectamente conciliable con los valores positivos que se derivan de un auténtico progreso. Algunos nos han hecho creer que el sentido religioso de la existencia es incompatible con la modernidad… ¡Nada más lejos de la realidad! Baste comprobar la evolución de algunas culturas de mayor tradición democrática que la nuestra, como por ejemplo, la sociedad norteamericana.

            Pero para ello, para alcanzar esa madurez necesaria, en la que se integran modernidad y religiosidad, necesitamos vivir sin complejos en la situación presente. En medio de un laicismo que lo va impregnando todo, derivado de una reacción pendular, es importante que sepamos ‘remar contracorriente’, sin perder la alegría ni la esperanza.

            Una cultura que vive como si Dios no existiera, de espaldas a las preguntas sobre el sentido de la vida y el sentido de la muerte, pierde inevitablemente densidad, porque está escamoteando la dimensión trascendente de la vida, que es esencial a la condición humana.

            En realidad, cuando damos la espalda a Dios, nos encontramos con nuestra propia sombra. Es decir, cuando rechazamos a Dios o nos olvidamos de Él, nuestra propia existencia resulta incomprensible. ¡Terminamos por convertirnos en un enigma irresoluble! Y es que, Cristo no sólo es quien revela el misterio de Dios, sino también quien ‘descubre el hombre al propio hombre’.

            En nuestra Diócesis de San Sebastián, estos días nos disponemos a hacer un signo que expresa la centralidad de Jesús de Nazaret en nuestra vida: me refiero a la Adoración permanente del Santísimo Sacramento, que tendrá lugar en la Parroquia de San Martín, en el centro de nuestra ciudad, a partir del próximo Miércoles de Ceniza. Al comienzo de este nuevo quinquenio pastoral, queremos fundar sus cimientos sobre la ‘piedra angular’ que es Cristo. Este proyecto de Adoración Eucarística, parte de la conciencia que tenemos los cristianos de que nada somos sin la gracia de Dios. ¡Sin la gracia de Dios nuestros esfuerzos y nuestra pastoral resultarían estériles! Y por ello, queremos que este lugar de Adoración Eucarística se convierta en el corazón de la Diócesis; de forma que en él nos unamos ‘todos’ para orar por ‘todos’, especialmente por los más necesitados.

            Todos los fieles donostiarras estáis especialmente invitados a participar en esta iniciativa, a la que hemos denominado ‘ADORA’. Nuestro primer objetivo es poder contar con suficientes voluntarios para cubrir las horas de apertura del templo de San Martín, con un compromiso de una hora de oración semanal. Podréis encontrar una información más detallada en los programas que se repartirán a la salida de la Iglesia.

            Un año más pedimos a nuestro Santo Patrono, San Sebastián, por la paz definitiva en nuestro pueblo y de forma particular en nuestra ciudad. Queremos recordar muy especialmente a los ausentes, a aquellos que fueron asesinados, y que hoy no pueden estar entre nosotros. Las víctimas deben ocupar un lugar central en el camino hacia la paz y la reconciliación, de forma que no añadamos nuevas injusticias a las ya cometidas. Si su presencia nos resultase ahora ‘embarazosa’ y su palabra ‘extemporánea”, o si tuviésemos la tentación de ‘difuminar’ su memoria; entonces habría razones para poner en cuestión la autenticidad de nuestra apuesta por la paz y por la reconciliación…  Las víctimas han ejercitado una paciencia inmensa hasta el día de hoy. ¡Qué menos cabe esperar de toda la sociedad que, llegados al punto presente, obremos también nosotros sin precipitaciones, con transparencia y con cohesión…!

         Tras más de cincuenta años de terrorismo, este año vivimos la fiesta patronal de San Sebastián sin su amenaza explícita. ¡¡Alegres y esperanzados ‘sí’; pero ‘no’ desmemoriados ni insolidarios!!… ¡Que el Señor tenga en su gloria a cuantos fueron arrancados cruelmente de la vida, y alivie el dolor de sus familiares; moviéndonos a todos a la conversión!

            En medio de la crisis económica que padecemos, nos acordamos también de cuantos se han quedado este año sin trabajo, y especialmente de los parados de larga duración. Pido a Dios que dé a quienes tienen responsabilidades legislativas y sociales -sindicatos, empresarios y políticos- la clarividencia para buscar juntos un camino de solución del que nadie quede excluido. Y a todos vosotros, os pido que apoyemos a CÁRITAS con especial acento en el momento presente. Es el recurso para cuantos han agotado los demás recursos. ¡Que redoblen los tambores en San Sebastián, pero que redoble con más fuerza aún nuestra solidaridad! ¡Nuestra alegría será proporcional a nuestra entrega hacia los más necesitados de la sociedad!

            ¡Que Dios os bendiga!

 

Feliz sacerdocio

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Recientemente se publicaba en la revista Forbes, especializada en el mundo de los negocios y las finanzas, un estudio de investigación realizado por la Universidad de Chicago, en el que se daba a conocer que los sacerdotes conforman el colectivo de profesionales más felices de la sociedad norteamericana. Le seguían el colectivo de los bomberos, y otras profesiones con alto componente humanista y altruista.

Se agradece este dato “provocativo”, que nos da la oportunidad de testimoniar la salud de nuestra vocación sacerdotal, en medio de unas circunstancias más bien adversas. A lo largo de mi vida me han preguntado con frecuencia –y últimamente más- sobre el grado de satisfacción con el que he vivido como cura y ahora como obispo. Puedo decir en verdad que he sido, soy, y con la gracia de Dios espero seguir siendo, inmensamente feliz. Lo cual no implica que en mi vida no haya dolor y dificultades… Por eso mi respuesta ha sido siempre la misma: “Aunque sufro, soy muy feliz”. Sufro por mis propias miserias, pero también sufro en la misma medida en que amo; porque no puedo ser indiferente a los padecimientos de quienes me rodean, ni a la pérdida de sentido en la vida de tantos. Es más, no creo en otro tipo de felicidad en esta vida. La felicidad “rosa”, carente de problemas y de preocupaciones, no sólo no es cristiana sino que, simplemente, “no es”.

Es posible que resulte más fácil entender la felicidad sacerdotal en otro tipo de contextos sociales, como es el caso de los misioneros, quienes ordinariamente  pueden “tocar” los frutos de su entrega generosa. Pero, ¿cómo puede un sacerdote ser feliz en una sociedad secularizada y anticlerical? Me atrevo a decir que sería una tentación y un error identificar la felicidad con el éxito social. La Madre Teresa de Calcuta repetía con frecuencia: “A mí Dios no me ha pedido que tenga éxito; me ha pedido que sea fiel”. El camino de la felicidad, pasa necesariamente por el de la fidelidad. La felicidad sin fidelidad es un espejismo, una mentira. No existe felicidad sin fidelidad. Y no olvidemos que la fidelidad comporta pruebas, incomprensiones, purificaciones, persecuciones…

Escuché en unos Ejercicios Espirituales que nuestra felicidad es proporcional a la experiencia de Dios que podamos alcanzar en esta vida. (Por cierto, me atrevo a apostar que la Universidad de Chicago se olvidó de las monjas contemplativas en su estudio estadístico, porque de lo contrario ellas habrían alcanzado el primer puesto en el ranking de “felicidad”. ¡Y si alguno lo duda, que haga la experiencia de tocar la puerta de algún monasterio!).

En definitiva, sólo cuando somos conscientes de que venimos del Amor y de que al Amor volvemos, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con plena alegría. Y si tenemos en cuenta que la felicidad no es perfecta hasta que no se comparte, la segunda clave de la felicidad sacerdotal consiste en ser un instrumento de Dios para la vida del mundo. ¡Humilde instrumento de Dios!… ni más, pero tampoco menos.

Ni que decir tiene que la felicidad del sacerdote no es automática por el hecho de haber recibido las Órdenes Sagradas. Difícilmente podrá haber mayor desgracia que la vivencia del sacerdocio en abierta infidelidad. Recuerdo unas palabras del P. Arrupe, quien fue Prepósito General de la Compañía de Jesús: “Le pedí a Dios morir antes que serle infiel. Porque la muerte también es apostolado, mientras que la tibieza del sacerdote es la ruina de la cristiandad”. Desligar el sacerdocio de la búsqueda de la santidad, es tanto como divorciarlo de la felicidad.

            Nuestra Diócesis de San Sebastián necesita sacerdotes, y sacerdotes santos; es decir, sacerdotes felices. También el conjunto de la sociedad los necesita, porque una y otra vez estamos comprobando lo que decía Bernanos: “Un cura menos, cien brujos más”. Y el genial y provocativo Chesterton lo formulaba así: “Necesitamos curas que nos recuerden que vamos a morir, pero también necesitamos curas que nos recuerden que estamos vivos”.

            Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, celebramos en las diócesis vascas el Día del Seminario. En este curso hemos iniciado una nueva etapa en la andadura de nuestro Seminario Diocesano. Es obvio que la escasez de candidatos al sacerdocio que padecemos en estos momentos, puede llevar a un empobrecimiento en su convivencia y formación. Por ello, nuestros seminaristas están ahora integrados en el Seminario de Pamplona, donde, entre semana cursan sus estudios teológicos; mientras que los fines de semana realizan sus prácticas de pastoral en nuestras parroquias. Tenemos el deber de poner todos los medios posibles para que los jóvenes que han sentido la llamada al sacerdocio, puedan discernirla y formarse en el ambiente más enriquecedor posible.

            No tengo la menor duda de que el aumento de vocaciones sacerdotales dependerá en buena medida de nuestra perseverancia en la oración, de nuestra fidelidad y amor a la Iglesia de Cristo, y en especial, del testimonio de santidad y alegría de nosotros, los sacerdotes. ¡Que Santa María Inmaculada dé la gracia del “sí” a cuantos sean llamados al “feliz sacerdocio”!

Asignatura de Religión en la escuela y otros “telares”…

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 Esta conferencia puede ser escuchada y visualizada en youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=2wf6FCdEbog

          Mi intervención quiere versar sobre la asignatura de Religión en la escuela y sobre otros “telares” anexos…  Mi intención es aprovechar al máximo esta ocasión que se me brinda, para hacer un alegato en defensa de la asignatura de Religión en el sistema educativo. Quisiera realizarlo de forma directa e incisiva, con el propósito de hacerme entender con claridad, y sin el más mínimo deseo de herir a nadie.

            Las palabras que pronuncio no están pensadas ni expresadas en clave política, y no apuntan a ningún partido político concreto, sino que las dirijo a la conciencia de todos cuantos conformamos la sociedad vasca. Aunque, obviamente, soy consciente de que resultarán políticamente incorrectas, al chocar con una mentalidad laicista (con frecuencia, anticlerical) muy desarrollada en nuestro espacio socio cultural.

            Aún a riesgo de ser acusado de alarmista, creo que debo empezar por poner el dedo en la llaga desde el principio: ¡No es justo lo que está ocurriendo con la asignatura de Religión! ¡La asignatura de Religión está padeciendo una agresiva estrategia de acoso y derribo! ¡La libertad de enseñanza y la misma libertad de conciencia están en peligro!

                                                           ****

            Antes de abordar el tema de la asignatura de Religión de forma específica, me vais a permitir que describa brevemente esa mentalidad laicista a la que me he referido. Es preciso distinguir entre la laicidad positiva, y el “laicismo” que añade un componente excluyente y negativo con respecto a la sana laicidad. El problema radica en que se confunde laicidad con laicismo:

                + La laicidad del Estado y de las instituciones públicas, supone neutralidad ante las diversas creencias religiosas, y al mismo tiempo, colaboración con todas ellas en la medida en que contribuyan al bien común de la sociedad. El Estado debe reconocer el derecho a la libertad religiosa de los ciudadanos como un bien positivo para el individuo y para la sociedad; derecho que ha de ser protegido por los poderes públicos.

Por su parte, el Estado tiene el deber de discernir y colaborar, según el principio de subsidiariedad, con las iniciativas sociales impulsadas desde la sensibilidad religiosa o laica de los ciudadanos. En consecuencia, la laicidad rectamente entendida, es garantía de libertad, igualdad y convivencia.

            + Sin embargo, el laicismo, a diferencia de la laicidad, parte de unos supuestos bien distintos: el Estado laicista no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo para el individuo y para la sociedad, que deba ser protegido por los poderes públicos. Por el contrario, lo considera como una sensibilidad privada, solo tolerable en la medida en que no tenga pretensiones de impregnar la vida social o de influir en ella. Se da por supuesto que las religiones no pueden proporcionar un conjunto de convicciones morales comunes capaces de fundamentar la convivencia en una sociedad plural. Más bien, se parte del falso prejuicio de que las  religiones son fuente de intolerancia y de dificultades para la pacífica convivencia.

                 En consecuencia, el laicismo entiende que la religiosidad debe ser recluida a la vida privada, y que ha de ser sustituida en el ámbito público por un conjunto de valores a modo de “señas de identidad” del estado democrático, sin referencia religiosa alguna.

            De esta forma, una vez descartadas las convicciones religiosas en la vida pública, le correspondería al poder político configurar una nueva conciencia moral pública de los ciudadanos en sustitución de su conciencia religiosa.

            Es claro, que esos presupuestos laicistas están llenos de falsos prejuicios y que son deudores de algunas de las leyendas negras que se han vertido contra el cristianismo; además de que desconocen la riqueza de la doctrina social católica. En realidad, la convivencia en una sociedad plural, no debe “dejar en el banquillo” o “poner entre paréntesis” los propios ideales y las propias convicciones de sus ciudadanos, para acoger una “ética común de estado”, impuesta desde la misma enseñanza. Por el contrario, los ciudadanos están llamados a encontrar en su propia conciencia religiosa, o en su visión laica de la vida, los fundamentos eficaces para el respeto a la libertad de los demás, actitudes de colaboración en la búsqueda del bien común, etc.

            Citando a Mons. Fernando Sebastián, el futuro no puede estar en un “laicismo obligatorio”, sino en el diálogo honesto y sincero entre las religiones y con los sectores laicos. El cometido del Estado no es el de ser el formador de las conciencias de los ciudadanos, según un “mínimo común ético constitucional”.

                                                          ****

            Y bien, hecha la explicación de lo que entendemos por laicismo, y por laicidad positiva o sana laicidad, paso a abordar directamente el título de esta conferencia: “La asignatura de Religión en la escuela”. Tal vez alguno podría matizarme diciendo que lo que está en discusión no es la clase de Religión en sí misma, sino solamente su presencia en la escuela pública. Pero creo que quien piense tal cosa se está equivocando. Me explico:

              El laicismo anticristiano es astuto, y suele tener la “estrategia” de plantear sus objetivos por etapas: primero, despenalización del aborto en casos muy extremos y conmovedores; pasados unos años, cuando ya haya “madurado la conciencia social”, el aborto libre pasa a ser reconocido como un “derecho democrático”…; finalmente se termina por no respetar ni siquiera el derecho a la objeción de conciencia de quien no quiere ser copartícipe del aborto. He aquí un caso práctico del fenómeno que Benedicto XVI ha descrito con el término de “dictadura del relativismo”.

            Pero no se asusten, que no es mi intención hablar aquí del aborto. Lo he citado simplemente como ejemplo y como método –¡espero que eficaz!- para reclamar la atención de quienes pudiesen estar un poco distraídos en este desayuno del “Fórum Europa, Tribuna Euskadi”…

            En el caso de la clase de Religión, creo que está ocurriendo algo por el estilo: se empieza por poner todo tipo de “palitos” en las “ruedas” al estatus de la asignatura (evaluable o no evaluable; troncal o secundaria;  con asignatura alternativa o sin alternativa; en horario escolar o extraescolar; etc, etc, etc); se sigue por reivindicar su exclusión del sistema público de enseñanza, en nombre de una malentendido concepto de “escuela laica”; y se terminará -a medio plazo- por forzar su salida del curriculum de la misma enseñanza privada concertada. Como he dicho al principio, la asignatura de Religión está sometida a un verdadero acoso… Lo que está en juego no es ya su inserción en el sistema público, sino su misma razón de ser en la enseñanza reglada.

            Pero vamos a dejar de hablar por unos momentos de nuestros problemas. Ahora quiero expresar en positivo una serie de razones pedagógicas que fundamentan la necesidad y la razón de ser de la asignatura de Religión en el sistema de enseñanza:

              1ª.- La clase de Religión es un derecho, no un privilegio: A base de tanta polémica sobre esta asignatura, algunos católicos pueden estar arrastrando una especie de complejo, como si hubieran logrado hacerles creer que la presencia de la clase de Religión en la escuela, es una reminiscencia del antiguo régimen en esta sociedad democrática. Muy al contrario: se trata de un derecho, reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948): “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza –repito por si a alguno se le ha escapado el matiz: “¡por la enseñanza!”-, la práctica, el culto y la observancia”.

             Nuestro marco constitucional reconoce también este derecho, como luego desarrollaré. Y no estaría de más, conocer en detalle cómo la asignatura de Religión tiene, en la actualidad, un tratamiento bastante más relevante en la mayoría de los países europeos que en España. En aproximadamente la mitad de los países europeos, la asignatura de Religión es obligatoria en el sistema educativo; y en la otra mitad, es de libre elección. Como podemos comprobar, insertar la religión en el ámbito escolar es, entre otras muchas cosas, una forma de “converger con Europa”.

               Tampoco estará de más recordar que el dinero con el que se paga a esos profesores de Religión, al contrario de lo que parece desprenderse de algunas críticas contra la Iglesia, no sale del bolsillo particular de ningún gobierno, sino del de los propios padres de los alumnos, quienes pagan “religiosamente” los impuestos al Estado laico.

            2ª.- La clase de Religión no es equiparable ni sustituible por la Catequesis: La asignatura de Religión está destinada principalmente a una formación intelectual, aún con la peculiaridad de ser confesional; mientras que en la Catequesis se procura introducir al alumno en el seguimiento personal de Jesucristo. Aun a riesgo de simplificar la cuestión, podríamos decir que la clase de Religión y la Catequesis se diferencian y se asemejan, de forma similar a como lo hacen el “conocer” y el “amar”.

                  3ª.- La clase de Religión ayuda a entender la cultura que hemos heredado: Un joven no podrá entender la pintura, la música, la escultura, la arquitectura, la filosofía, la historia, la política, el folclore, las tradiciones… en definitiva, sus propias raíces; si no conoce en profundidad los fundamentos de la religión católica. Y lo mismo cabría decir, en un nivel más genérico, de una comprensión mínima de las demás religiones, para poder asomarnos a esta “aldea global” en la que vivimos. 

                  4ª.- La Religión ofrece una cosmovisión frente a la fragmentación del saber: Hoy en día existe una gran “parcelación” del saber humano, acompañada de una sobreacumulación de datos, tanto en las disciplinas científicas como en las humanísticas. Se trata de una fragmentación que ha contribuido notablemente al auge de una cierta crisis de identidad cultural, de valores, de certezas…

             Con frecuencia se recurre a la simple explicación de que esa fragmentación es fruto inevitable de la especialización en el saber, olvidando que la exclusión del hecho religioso también nos está dificultando la integración de todos estos conocimientos en una sabiduría global de la existencia.

            5ª.- La religión responde al sentido de la existencia: Una enseñanza global debe responder a las preguntas clave sobre el sentido de nuestra existencia. ¿De qué me sirve conocer la evolución del Universo, si nadie me explica por qué y para qué estamos en esta vida? ¿Cómo podemos fundamentar los derechos del ser humano sin dar razón de la diferencia esencial entre el animal irracional y el hombre racional? ¿Cabe hablar con optimismo de los avances científicos y de la sociedad del futuro, si no tenemos fundamentada nuestra esperanza en el más allá de la muerte?…

             6ª.- Diálogo interreligioso: Somos sobradamente conscientes del grave problema que para la paz mundial representan los fundamentalismos. Cada vez vemos con más claridad que la estabilidad internacional, e incluso nuestra convivencia con un buen número de inmigrantes, necesita estar sustentada en el diálogo interreligioso. Ahora bien, sólo puede dialogar quien tiene conciencia y conocimiento de su punto de partida. De lo contrario, más que a una “alianza de civilizaciones”, estamos abocados a la desaparición de la nuestra.

             7ª.- Educación moral: Está claro que una educación integral debe incluir la dimensión moral. De poco servirá la acumulación de conceptos en la enseñanza, si no existe un espacio específico en el que se eduque en comportamientos morales como la sinceridad, la solidaridad, la justicia, el respeto, la generosidad… He aquí otra dimensión esencial de la asignatura de Religión: la moral.

                                                              ****

            Permitidme ahora insistir en el primero de los siete puntos a los que he hecho referencia: Estamos oyendo, una y otra vez, la retórica de que la existencia de la clase de Religión está fundamentada en un Concordato Internacional entre el Estado español y la Santa Sede; Concordato que ya estaría caduco… Sin embargo, se calla lo principal: el fundamento jurídico determinante de la presencia de la asignatura de Religión en la escuela, está en el artículo 27.3 de la Constitución Española: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.  Es decir, nuestra legislación reconoce que los padres tienen derecho a marcar la orientación moral y religiosa de la formación de sus hijos, y las autoridades tienen el deber de poner los medios para que esto se lleve a cabo.

            El desarrollo plasmado en el Concordato del Estado español con la Santa Sede, sobre esta materia concreta de la asignatura de Religión, no hace sino vehicular el derecho reconocido por la Constitución Española. Tengo para mí, que una buena parte de quienes critican el Concordato de 1979 –obviamente, reconozco que también existirán posiciones críticas más matizadas-, tienen un problema de fondo inconfesable: se sienten incómodos con el artículo 27.3 de la Constitución, que reconoce el derecho de los padres a la educación moral y religiosa de sus hijos. ¡¡Cómo les gustaría poder derogarlo!! Da la impresión de que les falta la valentía suficiente para expresar abiertamente su ideología de partida: a medio camino entre el marxismo, el liberalismo y la ideología de género.

                 Hasta que tuvieron lugar las reformas educativas de la LODE y la LOGSE, la asignatura de Religión era evaluable y tenía la asignatura de Ética como alternativa de libre elección. La gran mayoría de los sectores sociales, entendían que aquélla era una solución pacífica y justa. Existía la posibilidad de elegir entre una enseñanza moral confesional o una ética aconfesional. La gran pregunta es: ¿Por qué se derogó algo tan razonable que funcionaba bien? Aquellas reformas hicieron que la enseñanza religiosa, abocara, en la práctica, a una lenta y progresiva agonía… Cada posterior retoque, ha supuesto otra vuelta de tuerca más, en orden a un progresivo arrinconamiento de dicha asignatura.

               A finales del pasado año, recibimos una buena noticia, como fue el traspaso al Gobierno Vasco de las competencias en lo referente al profesorado de Religión de Primaria. Pero paradójicamente, la mejora del estatus de estos profesores de Religión, coincide con una situación límite de la asignatura de Religión en las aulas.

            Hace pocas semanas los periódicos vascos publicaron diversos reportajes en los que algunos profesores de Religión, en un ejercicio de responsabilidad y valentía que quiero agradecer desde aquí, denunciaban las numerosas irregularidades que sufre la asignatura de Religión en el País Vasco: muchos centros ni siquiera la ofertan; se ejercen presiones sobre los padres que la han elegido; hay falta de seriedad en la asignatura alternativa a Religión; hay discriminación de los profesores de Religión en los centros, etc, etc. Recuerdo que todavía continuamos esperando la resolución definitiva del recurso judicial presentado por la Iglesia al “Decreto de Bachillerato de 2009 de la asignatura de Religión”, por el que se eliminó la asignatura alternativa a la Religión en la Comunidad Autónoma Vasca. Esto ha conllevado que la asignatura de Religión haya entrado en estado de coma en el Bachillerato…

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            Me parece de rigor concluir haciendo una referencia a la toma de postura de la llamada Federación de Asociaciones de Padres de Alumnos de Euskal Herria, contraria a que la asignatura de Religión pueda ofertarse en la escuela pública. La citada asociación ha realizado un sorprendente envío de cartas a los padres, pidiéndoles que no matriculen a sus hijos en la asignatura de Religión, de forma que esas horas puedan destinarse a otras materias obligatorias. Se trata de una presión para sacar la asignatura de Religión del horario escolar, y en definitiva, de la escuela pública. Al respecto quisiera hacer dos consideraciones:

                        En mi experiencia como obispo de Palencia, antes de ser destinado por el Santo Padre a la Diócesis de San Sebastián, fui testigo del siguiente fenómeno: En Castilla León la gran mayoría de los padres –el 80 % en Palencia- matriculaban a sus hijos en la asignatura de Religión, en la escuela pública; y sin embargo, las asociaciones de padres, al igual que en Euskadi, pedían públicamente la expulsión de la Religión de la escuela pública. ¿Cómo se explica esto? ¿Puede darse un dato más contradictorio?… Es obvio que tenemos que empezar por hacer una seria autocrítica: La tradicional pasividad de los católicos en el escenario de la vida pública, es corresponsable del avance del laicismo en nuestra sociedad. La participación de los católicos en la vida pública ha sido y es, notablemente inferior a la de los grupos laicistas… ¡Nosotros mismos hemos mordido el anzuelo de quienes han querido recluirnos al ámbito de las sacristías!

            Pero, en segundo lugar, fijémonos en la situación de la Comunidad Autónoma Vasca, y partamos de la suposición de que dicha asociación de padres fuese verdaderamente representativa de la voluntad de los padres cuyos hijos están integrados la escuela pública de Euskadi. (No tengo datos para ponerlo en duda, pero permitidme que me limite a exponerlo como hipótesis). El derecho de una supuesta mayoría de los padres a que sus hijos no reciban clase de Religión, no puede impedir a la supuesta minoría católica la educación de sus hijos conforme a sus convicciones. Existe un adagio que dice: “Cuando no se respetan los derechos de las minorías; en realidad, es que no se respetan los “derechos humanos”, sin más”.

                 Creo sinceramente que nuestra sociedad necesita, como agua de mayo, un movimiento reivindicativo por la auténtica laicidad; la laicidad positiva y no excluyente. Una reivindicación que puede y debe ser sostenida tanto por los católicos como por los miembros de otras religiones; más aún, que puede y debe ser sostenida también desde posiciones laicas y agnósticas. Está en juego la naturaleza de la escuela pública, que tiene que ser de todos y para todos, y en consecuencia, ha de dar cabida a todas las visiones de la vida, una de las cuales es la religiosa.

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                     La cuestión jurídica ha ocupado una buena parte de mi exposición; pero no me cabe la menor duda de que las violaciones de los derechos en el ámbito educativo, son la punta del iceberg de la crisis del proyecto educativo. Cuando partimos de no saber quién es el hombre, es lógico que demos palos de ciego en los planteamientos pedagógicos.

            Como signo muy positivo y esperanzador, me llama la atención la confluencia de diagnósticos entre personajes tan experimentados y tan complementarios como son Benedicto XVI y el dirigente de la Unión Europea Jacques Delors. El primero ha denunciado proféticamente en diversos foros la “emergencia educativa” en la que se encuentra Occidente. El segundo, plenamente consciente de esta realidad, elevó un informe educativo a la ONU en 2008, bajo el título “La Educación encierra un tesoro”, en el que habla de la importancia de superar la tensión entre lo material y lo espiritual.

             En el citado informe, Delors establece cuatro finalidades de la educación: aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser. La síntesis de la educación, en la que se condensa todo lo demás es “aprender a ser”; esto es, que la persona se realice como tal, que alcance su propia identidad, para lo cual obviamente, es necesaria una educación integral. “Aprender a ser” exige desarrollar todas las dimensiones y facetas constitutivas de la persona.

             Sólo cuando sabemos que venimos del amor y que volvemos a él, venciendo el sufrimiento y la muerte, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos con desinterés y alegría. ¡¡Por esto, reivindicamos la enseñanza religiosa!!

Juan Pablo, testigo de la misericordia

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              A los seis años de su muerte, celebramos la beatificación de Juan Pablo II. Su proceso de beatificación ha sido rápido, ciertamente, pero no ha tenido más privilegio que la dispensa de los cinco años exigidos tras la muerte para el inicio de la causa, tal y como ocurrió en el caso de la Madre Teresa de Calcuta. Benedicto XVI juzgó que el clamor popular en los funerales de Juan Pablo II (“¡Santo Subito!”), había que dirigirlo con prudencia. Su consigna fue: “Trabajad rápido, pero sobre todo… ¡trabajad bien!”.

            No pretendo hacer una semblanza neutral de la figura de Juan Pablo II, desde el momento en que me considero un hijo espiritual de su prolongado pontificado de más de 26 años. Me limito a subrayar las declaraciones de Slawomir Oder, postulador de la causa de beatificación; un hombre por cuyas manos habrán pasado muchos miles de folios que recopilan los testimonios de quienes le conocieron: «Una de las cosas que más me ha sorprendido es que no me ha sorprendido casi nada. Es decir, Juan Pablo II era transparente. Tal y como lo veíamos, así era. No existió un “Wojtyla mediático” y un “Wojtyla privado”». Más aún, se conserva documentación de los Servicios Secretos de la Polonia comunista, en la que se advertía de la peligrosidad que la figura de Karol Wojtyla suponía para el régimen, precisamente porque entre las abundantes cualidades que le otorgaban un gran liderazgo, no habían descubierto ningún episodio que lo hiciese vulnerable moralmente. ¡Juan Pablo II fue, antes que nada, alguien transparente y auténtico!

            En mi opinión, la gran aportación del pontificado de Juan Pablo II nace de la integración de dos intuiciones que nuestra cultura ha solido contraponer equivocadamente: el humanismo y la apertura a la misericordia de Dios. Su carisma estaba lleno de frescura, alegría, proximidad, diálogo, cariño, optimismo…; pero sin caer en el error de olvidar la profunda herida que el pecado ha infligido en la naturaleza humana y en las estructuras sociales. El pontificado de Juan Pablo II afrontó el riesgo de ruptura por los dos extremos: el integrismo lefevrista y la teología de la liberación secularizada. Sus convicciones eran muy claras: La Iglesia no ha de limitarse a proclamar el depósito de la fe, sino que al mismo tiempo tiene que hacer un esfuerzo de diálogo con el mundo. Pero, por otra parte, el verdadero humanismo no debe caer nunca en la ingenuidad de ensalzar la autonomía del hombre, hasta el punto de hacer innecesaria la gracia de Dios. ¡No podemos alcanzar la felicidad ni la salvación sin la gracia de Jesucristo! (cfr. Jn 15, 5).

            La fecha elegida para la beatificación de Juan Pablo II es muy ilustrativa: el segundo domingo de Pascua, solemnidad de la Divina Misericordia. Se trata de la fiesta litúrgica instituida por él mismo, y en cuya víspera falleció.

            Entender a Juan Pablo II, es adentrarse en su convicción de la necesidad que tiene el ser humano de misericordia. Karol Wojtyla había experimentado los horrores de la Segunda Guerra Mundial y había comprobado los límites a los que puede llegar el pecado del hombre, y también su santidad. Por ello, en los años de la recuperación económica y del progreso fácil, no pudo por menos de levantar su voz contra el olvido de Dios en las sociedades del bienestar, así como contra la riqueza acumulada sobre la pobreza de los más débiles.

            Insisto, la palabra clave es MISERICORDIA. Cercano ya el “atardecer” de su vida, Wojtyla no dudo en hacer el siguiente balance: «El mensaje de la Divina Misericordia ha formado la imagen de mi pontificado». El humanismo de Juan Pablo II –que irradia vitalismo- transmite a su vez la convicción de que el hombre moderno sigue siendo “mendigo de misericordia”.

El broche de oro en la vida de Juan Pablo II fue el testimonio de su vejez y de su muerte, vividas ante los ojos del mundo. Aquello formó parte de la “escuela” de la misericordia: “…porque cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Co 12, 10). Juan Pablo II ganó más almas y más corazones viviendo su debilidad y su decrepitud en pleno abandono en las manos de Dios, que con todos los esfuerzos que realizó en sus años de plenitud.

            Cuenta el postulador de la causa de beatificación, que entre la multitud de cartas recibidas en su oficina, le llamó la atención la de un niño que sólo había puesto en la dirección: “Juan Pablo II, Paraíso”. Esto quiere decir dos cosas: que el servicio de correos italiano es muy eficaz; y en segundo lugar, que desde la inocencia ya sabíamos que Juan Pablo II continúa siendo nuestro padre y pastor desde el Cielo.

SIETE CLAVES DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA CRISTIANA

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                           Mons.  José Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián.

Transcripción de la charla impartida en los diversos Encuentros Arciprestales con  las familias de la Diócesis de San Sebastián (Enero-Marzo 2011).

Buenos días a todos. Quisiera hacer una exposición sencilla y humilde, que no pretende abordar sistemáticamente el tema de la familia, sino sólo ofrecer una serie de intuiciones que me gustaría compartir con vosotros. Posteriormente, en un clima de plena confianza, me gustaría que tuviésemos tiempo para hablar, y para que podáis presentar a vuestro obispo las dudas y otras cuestiones que os parezcan pertinentes.

Más allá de este encuentro de pastoral familiar, por lo que a mí respecta, también es importante presentarme como obispo. Soy consciente de que en la Iglesia cargamos sobre nuestros hombros muchas imágenes distorsionadas y antipáticas; y la única forma que se me ocurre de poder sanarlas, es tener encuentros como éste en el que estamos ahora mismo; escucharnos mutuamente, hablar con sencillez y libertad, comprobar que no tenemos “cuernos”, e ir avanzado en la vida de la Iglesia. Yo quisiera que tuviéramos esa santa confianza de comunicación y que nadie piense que el plantear ciertas cuestiones pueda ser inoportuno. Estamos en familia y, precisamente, vamos a hablar de la familia.

Mi punto de partida es la afirmación de que la Iglesia tiene una preocupación muy especial por la familia. Muchas veces hemos expresado la convicción compartida de que difícilmente vamos a poder transmitir la fe a las nuevas generaciones, a los niños, a los jóvenes, si no contamos con la familia, como el lugar “natural” para la evangelización. Es imposible transmitir la fe a una tercera generación, teniendo que pasar por encima de la segunda. ¡Muy difícil! En torno a la familia nos jugamos el futuro de la Iglesia y hasta de la misma sociedad. Más aún, como decía Juan Pablo II: “En torno a la familia y a la vida se libra el principal combate por la dignidad del hombre”.

Es verdad que, afortunadamente, la familia es una institución muy valorada. Cuando se hacen por ahí encuestas, la gran mayoría afirma valorar mucho la familia; pero al mismo tiempo se va derivando hacia un concepto de familia “difuso”. La familia ha pasado a ser para muchos el lugar en que recibimos una acogida confortable, cómoda, el “txoko” en el que sentirse afectivamente a gusto… Sin embargo, queda en el olvido, o muy en segundo lugar, el hecho de que la familia es también el lugar de transmisión de los valores y de la educación moral.  Se produce esta paradoja: la familia es muy valorada, pero al mismo tiempo está inmersa en una gran crisis moral. Este riesgo existe.

No creo que os descubro el Mediterráneo,  si digo que en nuestra cultura lo que prima, lo que está en alza, es la concepción autónoma del hombre; un hombre libre, independiente, que piensa: “a mí, que nadie me diga lo que tengo que hacer”; con una concepción de “liberación” en la que parece que el hombre más maduro es aquel que no depende de nadie. Se trata de una concepción de “autonomía” y de “libertad” que no se compagina fácilmente con la vocación de la familia. Nosotros creemos que el valor supremo no es tanto la independencia del hombre, cuanto su “comunión”. El hombre maduro no es el más independiente o el más aislado frente a los demás, sino todo lo contrario.

Por lo demás, recordemos que nosotros, los creyentes, creemos en un Dios que es Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios no es un ser individual, sino que Dios es familia. Y esto no es algo baladí. El hecho de que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo quiere decir que a los hombres nos ha creado con el sello de la familia; nos ha creado con una vocación a la comunión. Dicho de otra manera: no es que Dios nos crease como individuos y luego se nos ocurrió juntarnos en familias. Eso de unirse en familias no es una construcción cultural, como dicen algunos, o una invención de las religiones, sino que, muy al contrario, está inserto en nuestro ser, en nuestra personalidad; es inherente a nosotros, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de un Dios que es familia. Éste es el punto de partida, y desde aquí  quiero comenzar: nosotros, por creación, no somos “individuos” sino “personas” en comunión.

Desde este punto de partida, os quiero ofrecer siete claves, tal vez un poco desordenadas, que no pretenden otra cosa que hacernos reflexionar, de forma que nos ayuden a examinar la “salud” de nuestra vivencia familiar. 

 1. Primera clave: el sacramento del Matrimonio es un camino para la unión con Dios.

Se trata de recordar y revivir este principio básico: El matrimonio es una vocación para la unión con Dios. Obviamente, también lo es para la unión del hombre y la mujer… Pero es que resulta que en nuestro subconsciente, está presente el concepto de que el sacerdocio o la vida religiosa, son el camino para la unión con Dios (el sacramento “religioso”); mientras que el sacramento del matrimonio sería algo así como el sacramento “no religioso”, el sacramento –digamos- “mundano”. Los religiosos y los sacerdotes serían aquellos que apuestan por la unión con Dios, mientras que en el sacramento del matrimonio la apuesta sería distinta, no explícitamente para la unión con Dios. Partimos así de una imagen equivocada que hemos de purificar. Porque, en realidad, subamos a un monte por una ladera o por otra –hay muchas laderas para subir al monte-, al final llegamos al mismo pico, a la misma cumbre. Y de esto tenemos que convencernos: el sacerdocio, la vida religiosa y el matrimonio suben a la misma meta, y son caminos de una vocación a la unión plena con Dios.

Ocurre quizás que en el matrimonio, en la vida de familia, existe un innegable riesgo de quedar absorbido por muchos problemas a lo largo del “camino”: los agobios, la hipoteca, los niños, enfermedades, colegios, trabajo, etc. El riesgo del matrimonio y de la familia es quedarse inmerso en estas preocupaciones, olvidándose de la “meta” a la que nos dirigimos. Por el contrario, el riesgo más inmediato del sacerdocio o de la vida religiosa, no es tanto el de olvidar la meta a la que nos dirigimos… (¡Tendría delito!, como se dice popularmente, que los sacerdotes y religiosos nos olvidásemos de que Dios es nuestra meta). El peligro principal, en nuestro caso, suele ser el de configurar nuestra vida como si fuésemos unos “solterones”. (Que me perdonen los solteros, porque utilizo la expresión en un sentido negativo). Me refiero al riesgo de buscar un estatus de vida acomodada, a no entregar plenamente la vida, a no vivir enamorados de la vocación que Dios nos ha dado; a ser una especie de “funcionarios acomodados” (¡y que me perdonen también los funcionarios!).

Pongo un ejemplo para iluminar lo anterior: Cuando los sacerdotes visitamos a las familias, -a mí siempre me ha gustado mucho en mi vida sacerdotal visitar a las familias- te invitan un día a cenar, y ves lo que es una familia con todos sus niños. Y ves que en una familia hay una entrega plena, y no hay “tregua”, los niños lo piden todo, y los padres no tienen nada para sí, ni un metro cuadrado ni un minuto para sí mismos, no se poseen en propiedad, son totalmente para darse entre ellos y para darse a los niños. Y, ¡cómo no!, te llama profundamente la atención esa experiencia que comparten contigo. Uno sale de esa visita admirado de cómo ellos han entregado su vida totalmente, y cuestionándose si nosotros, los sacerdotes, actuamos con la misma generosidad: ¿Voy a poner límites a mi servicio sacerdotal, reduciéndolo a unas horas de despacho, o a unas circunstancias o momentos limitados? Obviamente, los sacerdotes y religiosos tenemos el riesgo de plantearnos la vida como un solterón; y, por ello, la vida de plena entrega en el seno de la familia, es un estímulo muy grande para recordar que Dios también nos ha pedido y nos ha  ofrecido, a través del celibato, un corazón esponsal de plena entrega.

Y al revés, un sacerdote, un religioso, le recuerdan a la familia que su camino es camino de unión con Dios, que no están únicamente para solucionar los problemas de esta vida, que son muchos; sino, que en medio de todo eso, están caminando, están peregrinando hacia la misma meta que el sacerdote y el religioso: Dios. Quiero decir con esto que nuestras vocaciones, todas ellas, se complementan y se iluminan unas a otras. Mi primera consideración es ésta: recordad que el matrimonio, la familia, es una vocación para llegar a Dios, para llegar al Cielo.

 2. Segunda clave: el amor de Jesucristo.

No olvidéis que en el momento de vuestra unión matrimonial, la Iglesia os recordó que el amor de Cristo ha de ser vuestro modelo de amor. El matrimonio cristiano es amarse en Cristo. Se dijo en la celebración del sacramento: “Juan, ¿te entregas a Carmen como Cristo se entregó a su Iglesia?”, Y lo mismo a la esposa: “¿Te entregas a tu esposo como Cristo se entregó a su Iglesia; como la Iglesia se dejó amar por Cristo?” Por lo tanto, nuestro modelo de amor es Jesucristo, y esto no es ninguna consideración poética: uno ama dependiendo de qué modelos, de qué referencias tenga. Nuestra “referencia” y nuestra “fuente” es Jesucristo, su estilo de amor, de entrega, de donación, de “amor crucificado”. Y esto nos debe ayudar para sanar el concepto de amor meramente “romántico” que existe en nuestra cultura.

Ya sé que algunos podríais replicarme que nuestra cultura no es precisamente muy romántica. ¡Es verdad! Muy al contrario, existe una falta de finura y delicadeza muy patente. Pero sí creo que nuestra cultura es “romántica” en cuanto a su concepción del amor, reducido a mera emotividad, confundido con los impulsos y sentimientos más superficiales. ¡El amor es reducido fácilmente a lo emocional! Y para justificar la infidelidad en el amor, se aduce con frecuencia que tenemos que ser sinceros con nuestros sentimientos, con nuestras emociones; y que el amor es “cambiante”. Con el paso de los años, se afirma que se ha perdido la “chispa” del amor, y que, en consecuencia, hay que buscar “la química” en otro lado…

Por desgracia, este concepto “romántico” de amor está muy extendido; y si no, basta fijarse con un poco de detalle en las letras de las canciones de moda, o en los modelos que se presentan en las series de televisión, en el cine… El amor se reduce fácilmente a lo emotivo. Pero claro ¿qué ocurre? ¡Que eso no se corresponde con la verdad antropológica del hombre y de la mujer! Es verdad que el amor afecta a lo emocional, pero lo supera…

Por cierto, esto es aplicable a todas las vocaciones, también a los sacerdotes y a los religiosos. No penséis que un sacerdote cuando celebra la Misa lo hace siempre con la máxima emoción y sentimiento. Hay mañanas en que te tienes que pellizcar un poco para no dormirte; en las que no estás, precisamente, lleno de devoción… Las personas consagradas a Dios también tenemos muchos momentos en los que vivimos nuestra relación con Dios en “sequedad”. Algunos días no sentimos nada en la oración; pero en otros momentos Dios nos puede conceder una gran intimidad y un gran gozo en la relación con él… Es decir, no es lo mismo la fe, que el sentimiento de la fe: uno puede tener una fe muy firme, llena de afectos y emociones; pero también puede ser muy firme su fe, a pesar de que no sienta nada y carezca de afectos.

En lo que respecta al amor de pareja “romántico” (en el sentido al que me refería antes) me atrevería a afirmar que detrás de él se esconde la inmadurez: En vez de ser la razón y la voluntad las que gobiernan nuestra vida, son más bien los sentimientos y las emociones los que se acaban imponiendo y nos acaban arrastrando… La madurez se da cuando es la razón la que ilumina la voluntad, y ésta ilumina los afectos. Por el contrario, la inmadurez es patente cuando dejamos que las emociones se impongan a la voluntad, y la voluntad a la razón.

Por ejemplo, puede ocurrir con facilidad que a lo largo de nuestra vida matrimonial o de nuestra vida consagrada, nos sobrevengan sentimientos y emociones hacia otras personas, contradictorios con nuestro compromiso de vida. ¿Y cómo deberemos actuar en ese caso? Pues obviamente, tendremos que saber decir: “Oye, para el carro, que esto que se me ha pasado por el corazón es totalmente contradictorio con la fidelidad a mi matrimonio, o con la fidelidad al sacerdocio”. Ya sé que lo que he dicho entra en contradicción con la cultura “romántica” que da vía libre a las emociones, pero es que sólo el hombre y la mujer maduros, son capaces de ordenar sus afectos. Y esto no es “reprimir” nuestro mundo afectivo, como muchos dirían; sino más bien “gobernarlo”.

Dicho de otra manera, amar no es sólo sentir; amar es “querer querer”. Ya sé que esto que digo es un tanto “políticamente incorrecto”, pero es así: ¡amar no es sólo sentir, amar es querer querer! No es sólo el amor el que hace durar el matrimonio, sino que también es el matrimonio el que hace durar el amor. El hecho de estar casado, de haber tomado una “determinada determinación” de entregar la vida en el matrimonio, obviamente, preserva el amor, en medio de muchas fluctuaciones o crisis que podamos tener a lo largo de nuestra vida. Y es que, a pesar de que la vida es corta, a su vez, es lo suficientemente larga como para que en ella tengamos que acometer numerosas crisis y pruebas. No conozco a ningún matrimonio que nunca haya tenido momentos de crisis… La vida es corta pero, ¡da para mucho!

Supongo que os sonará la expresión que dice: “Hay que quemar las naves”. Pues bien, tiene su origen en un episodio histórico. Allá por el año 335 a.C., Alejandro Magno se disponía a conquistar Fenicia. En cuanto él y sus hombres  llegaron a las playas, desembarcaron y se encontraron con que Fenicia estaba perfectamente defendida, con unas murallas que parecían inexpugnables, con muchos más defensores que atacantes. Y, claro, los capitanes de Alejandro Magno le dijeron: “Vámonos de aquí, que no hay nada que hacer. Ya volveremos en otro momento”. Entonces fue cuando Alejandro Magno pronunció la famosa orden: “Quemad las naves”… Y, ante el estupor de los soldados, las quemaron. De esta forma, se encontraron entre la playa y las murallas de Fenicia, sin posibilidad de volver atrás: “Ahora, o conquistamos Fenicia, o aquí terminan nuestros días”. Y, claro, ¡conquistaron Fenicia! No cabe duda de que la conquista fue posible porque las naves habían sido quemadas; de lo contrario, en el fragor de la lucha, fácilmente hubiesen caído en la tentación de retroceder y de huir… Algo de esto pasa también en la vida matrimonial cuando uno es consciente de que amar no solo es sentir emociones; sino que también es “querer querer”. De esta forma, los problemas se cogen por los cuernos, sin huir ni escapar de ellos.

Soy plenamente consciente de que el amor matrimonial maduro no está desligado de los afectos y sentimientos. Por el contrario, la afectividad y la sexualidad han de estar educadas e integradas en la vocación al amor. Pero claro, las crisis sobrevienen, y especialmente, en esos momentos es fundamental nuestro modelo y referencia de amor: Jesucristo. Ésta es la clave de los cristianos: el amor crucificado.

 3. Tercera clave: la comunicación.

Nos referimos a la comunicación fluida y profunda dentro del matrimonio. Con frecuencia ocurre que, a pesar de que nos queremos mucho, sin embargo, no sabemos expresarlo; más aún, a veces ocurre que nos queremos mal, de una forma equivocada. ¡No es lo mismo quererse mucho que quererse bien!

Los sacerdotes solemos escuchar frecuentemente las lamentaciones de quienes sienten un sufrimiento grande tras la muerte de un ser querido, por el remordimiento de no haber sabido expresarle suficientemente cuánto le querían: “Yo quería profundamente a mi madre, a mi abuelo, etc, pero nunca se lo he dicho explícitamente, sino que siempre hemos vivido como el perro y el gato, haciéndonos sufrir. No sé muy bien por qué, pero siempre he tenido una dificultad de comunicación en el hogar. Es como si hubiese reservado lo más amargo de mi carácter para los de casa”. Es una paradoja bien conocida: reservamos nuestro lado más insufrible para los seres queridos, y en la calle vamos conquistando a la gente, haciéndonos los simpáticos. Como suponemos que los de casa ya están conquistados, ahí no nos esforzamos nada. ¡Es una de esas contradicciones que más nos pueden hacer sufrir!

Hace poco estaba visitando a un enfermo en el hospital, que estaba muy mal, y su mujer me decía que su esposo enfermo no solía querer que nadie se quedase a su lado, excepto su propia mujer. Me decía lo siguiente: “El caso es que a mí me trata a patadas, pero quiere que esté yo junto a él, porque no se va a atrever a tratar así a otro”…  ¡Somos un misterio difícil de expresar! Pero el mismo refranero refleja esta paradoja: “Donde hay confianza da asco”. A pesar de que nos queramos mucho, tenemos dificultades para querernos bien, además de para saber expresarnos lo que sentimos. ¡Saber expresarse bien es todo un arte!

Recuerdo que en el Seminario, entre la filosofía y la teología, se nos invitó a los seminaristas a hacer libremente un curso de espiritualidad. Y dentro de ese curso se abordó algo tan delicado como el aprender a expresar lo que pensábamos unos de los otros, intentando decirlo sin ofendernos, con plena objetividad y con el deseo de ayudarnos. El experimento era muy arriesgado, porque si no se abordaba de forma adecuada, podía hacer más mal que bien. Sin embargo, lo recuerdo como uno de los pasos más importantes en mi vida: fue una verdadera educación en la comunicación y en el aprendizaje de la expresión de nuestros sentimientos y convicciones. Pues bien, en este terreno también existe una gran dificultad en la vida familiar, hasta el punto de ser una de las principales causas de las crisis y de las rupturas: la dificultad en la comunicación.

Esta dificultad, combinada con el orgullo, resulta ser una especie de “bomba”, porque el orgullo dificulta mucho más las cosas. ¡El orgullo es la tumba de muchos matrimonios! En nuestra Diócesis tenemos el Centro de Orientación Familiar que trata a muchas parejas. Tiene una gran demanda, -gracias a Dios, hay parejas que quieren afrontar los problemas, sin limitarse a padecerlos- y la mayor parte de los casos que se atienden son por dificultades en la comunicación.

Por lo tanto, no sólo tenemos que querernos mucho, sino querernos bien. Que no se diga de nosotros lo que afirma el refrán vasco: “Kalean uso eta etxean otso” (“En la calle soy paloma y en casa soy un lobo”). Tengamos en cuenta que la familia no sólo es la “escuela de todas las virtudes”, sino también, “el escaparate de todos los defectos”. 

Por ello, el mayor regalo que podemos hacer a la familia es la propia conversión. Es el mayor regalo que le puede hacer un padre a un hijo, un esposo a una esposa, unos hijos a una madre, etc. ¡He aquí el mayor regalo!: Ofrecer por la familia la firme decisión y el empeño de la conversión personal.

 4. Cuarta clave: la donación dentro de la familia.

La familia está pensada como un instrumento privilegiado para llevar a cabo esa llamada que Dios nos ha dirigido a todos los seres humanos, de emplear “a tope” los talentos que cada uno hemos recibido, sin enterrarlos ni esconderlos. Jesús dice en el Evangelio: “El que busque su vida para sí la perderá, y el que la pierda por mí la encontrará”. Pues bien, el matrimonio y la familia son un camino privilegiado para vivir esta palabra de Cristo.

Ahora bien, está claro que el nivel de donación, dentro de la familia, puede ser más grande o más pequeño. El motor puede estar a más o a menos revoluciones. Y por ello conviene hacer una revisión de la “salud” y de la “calidad” de este “motor de la vida”.

Por ejemplo –y lo digo para todos los casados, que estáis aquí- suponeos que no os hubieseis casado… ¿Qué sería de vosotros si no hubieseis formado una familia, si vuestro proyecto de vida fuese solitario? Soy consciente de que la pregunta tiene algo de ciencia ficción, pero me atrevería a deciros que habría muchas posibilidades de que fueseis más egoístas y menos santos de lo que sois actualmente. Existiría un notable riesgo de que todo girase en torno al bienestar personal, a la llamada “calidad de vida”, a sentirse cómodos…

Pues bien, la vocación familiar es muy sanadora del egocentrismo. Tiene una capacidad muy grande de hacer de nuestra vida una donación generosa para los demás. Y, además, de una forma en la que uno ni tan siquiera se percata de su propia generosidad. En la familia, uno es capaz de hacer cosas heroicas, que si tuviera que hacerlas para los de fuera de casa, sería considerado como un “santo de canonizar”… Por ejemplo, sería incuantificable si hubiese que “facturar” las horas extras, nocturnidad, riesgos, etc, que se dedican a lo largo de un año, en el seno de la familia. ¡Nos enfrentaríamos ante una factura imposible de abonar! Y, sin embargo, esto tiene lugar dentro de la familia de una forma cuasi espontánea –aunque a veces hay que reconocer que también cuesta-. Dios nos da el don de hacerlo como si no nos estuviese costando. Aquí también se cumple de alguna forma la frase evangélica: “Que no sepa tu mano derecha lo que hace la izquierda”. La vocación matrimonial nos preserva en gran medida de los egocentrismos, de estar toda nuestra existencia mirándonos al ombligo; nos da una gran capacidad de sacrificio, y nos empuja a dar lo mejor de nosotros mismos. Se trata de la mejor terapia para la sanación del narcisismo, tanto para los mayores como para los pequeños. De hecho, los hijos que crecen con la experiencia de vivir y compartirlo todo en familia (de forma especial cuando ésta es numerosa), son fácilmente preservados del egocentrismo.

Ocurre que en la medida en que ha avanzado la crisis de la secularización, también se ha relajado en el seno de la familia el nivel de la entrega generosa. Pongamos otro ejemplo: con frecuencia se oye a quienes deciden casarse: “Nosotros ahora queremos disfrutar de la vida, más adelante ya tendremos hijos”… Les escuchas y piensas en tu interior: “Madre mía, ¿posponer los hijos para disfrutar de la vida?”… Si yo fuera su hijo, todavía en el seno de Dios, les gritaría diciendo, “Aita, ama, no me traigáis al mundo, que no quiero amargaros la vida”. En fin, permitidme esta ironía… Nosotros hemos conocido unos padres en los que el concepto de felicidad casi se identificaba con el de entrega: absolutamente olvidados de sí mismos y absolutamente felices; y más felices cuanto más olvidados.

Por eso la secularización ha conllevado una menor generosidad de entrega en el matrimonio, de entrega a los hijos. La crisis de natalidad que tiene Occidente, es una crisis muy compleja, ciertamente, con muchos factores. Pero no sólo tiene factores y motivos coyunturales. También tiene razones morales y espirituales. La crisis de natalidad, el hecho de que Guipuzcoa tenga un índice de natalidad de 1,1 –lejísimos del 2,3-2,4 necesario para el relevo generacional-, obviamente, tiene también raíces morales y espirituales. Claro que puede haber factores externos en la disminución de la natalidad como las crisis económicas, pero paradójicamente, cuando la economía ha sido pujante, el índice de natalidad ha subido poquísimo, incluso a veces hasta ha bajado. Se trata pues, de una crisis espiritual en nuestra cultura. Es obvio que la paternidad y la maternidad lo piden todo de nosotros y eso choca frontalmente con la menor capacidad de entrega, así como la menor capacidad del olvido de nosotros mismos.

 5. Quinta clave: la familia extensa.

Me quiero referir ahora a los bienes espirituales y morales que se derivan de la familia extensa, contrapuesta a la familia nuclear (que es la reducida al matrimonio y los hijos –si los tienen-). Según ha avanzado la secularización, todos somos conscientes de que, salvo honrosas excepciones, las familias se han ido aislando en su núcleo. Si antes la familia se relacionaba de una forma mucho más amplia (tíos, primos, abuelos, etc), y eran muy frecuentes entre nosotros los grandes encuentros familiares, actualmente, nos hemos ido reduciendo a un concepto de familia mucho más nuclear, lo cual conlleva una gran pobreza y está muy en la línea de esa cultura individualista de la que hablaba al principio. Más todavía, la reducción a la familia nuclear, está muy ligada a un concepto de amor “carnal” (en el sentido de nuestra propia “carne y sangre”): por los propios hijos hacemos lo que sea necesario, pero nos sentimos ajenos a los que no han nacido de nuestra carne y sangre.

Y, fijaos bien, no hay una prueba más auténtica de amor en el matrimonio y en la familia que -por ejemplo- la capacidad de amar a la madre de su cónyuge (la suegra), como si fuese la propia madre. Es decir, el amor espiritual hace que mi suegra sea querida y tratada como mi propia madre. ¡¡Es difícil que el esposo/a perciba una prueba de amor superior a ésta por parte de su cónyuge!! (Lo mismo podríamos decir de las demás relaciones familiares extensas: que la cuñada sea como una hermana para mí, etc., etc.). Dicho de otro modo, cuando el matrimonio goza de una buena salud, los vínculos del amor superan la carne y la sangre, y espiritualizan las relaciones de la familia extensa.

Por desgracia, nos encontramos con muchos matrimonios que viven las relaciones familiares en un nivel muy “carnal”: “El mes pasado fuimos a casa de tu madre, ahora ya nos toca con mi familia”, etc…  Cuando se producen este tipo de discusiones y forcejeos en el seno del matrimonio, es señal de que el amor matrimonial se está viviendo de una forma muy egoísta (desde la propia carne y sangre). Es una señal de que algo está fallando; de forma que, en el mejor de los casos, suele optarse por un “pacto de egoísmos”, en el que se reducen las relaciones con la familia extensa, o se reparten entre “los míos” y “los tuyos”.

El reto de espiritualizar el amor matrimonial, abriéndose y enriqueciéndose con la familia extensa, no deja de ser un cumplimiento de aquellas palabras del Génesis: “Ya no serán dos, sino una sola carne”. Solamente en esa unión de corazones se puede vivir la familia extensa como un gran regalo: “Tu padre es también el mío, mi madre es la tuya, y tu hermano es el mío”.

Con respecto a los abuelos, quisiera hacer una mención aparte, por el gran apoyo que están suponiendo en este momento a las familias. En mi opinión existen dos riesgos opuestos: Por una parte, el riesgo de que el apoyo que se pide a los abuelos sea excesivo; un “escaquearse” de lo que nosotros debiéramos aportar a los hijos. Por ejemplo, cuando la formación religiosa se apoya exclusivamente en los abuelos, aunque al principio parezca algo sin consecuencias, al cabo de un tiempo suscitará la crisis en los niños, quienes terminarán por decir: “Esto de la fe debe ser cosa de viejos, porque el aita y la ama se dedican a las cosas verdaderas de la vida: ganar dinero, etc”. Los ojos de los niños son una auténtica cámara grabadora que todo lo capta. Por el contrario, también se da el peligro de signo contrario: cuando existen malas relaciones con la familia extensa, los niños suelen estar condenados a perder la riqueza educacional de los abuelos. No hace mucho, me decía una abuela que había ido a visitar a su nieto mientras la nuera estaba trabajando; y que la nuera le había dicho a su hijo: “Dile a tu madre que aquí no entra si nosotros no estamos, y además nos tiene que avisar de que va a venir”.  Me lo decía llorando.

 6. Sexta clave: el liderazgo de la maternidad espiritual y de la paternidad espiritual.

No me estoy refiriendo aquí, a la polémica absurda de si en el matrimonio manda el hombre o la mujer. Me refiero a que exista un liderazgo espiritual coherente y coordinado entre el padre y la madre.

¿Qué quiero expresar con el término “liderazgo espiritual de la madre”? Es obvio que el amor carnal nos suele llevar a entregarnos de una forma muy instintiva: “Yo por mis hijos hago lo que sea, si hace falta doy la vida, voy donde sea…”. Sí, pero puede ocurrir que esto se compagine con la indiferencia o la omisión hacia los hijos del prójimo, “porque esos ya no son míos”. A veces diferenciamos tanto el amor a nuestros hijos del resto de los mortales, que hasta parece que los estamos contraponiendo. De este grave error se suelen desprender muchas consecuencias negativas: El amor a los hijos es posesivo. Se les consiente en exceso. Se les saca la cara siempre y de forma incondicional. Se intenta evitar a cualquier precio el sufrimiento y la experiencia de la cruz…  Se trata de un “amor maternal muy carnal” que hace mucho daño, porque no ama bien. ¡Qué gran lección puede dar una madre a su hijo cuando le enseña a compartir su amor con el prójimo! ¡Es la mejor lección de justicia que podemos recibir desde pequeños!

Recuerdo haber tenido que llamar la atención a algún niño en la catequesis, en Zumárraga, y encontrarme con la paradoja de que los padres me mirasen con mala cara. Vino la madre a hablar conmigo, y durante la conversación, no terminaba de aceptar que su hijo mereciese ninguna corrección. Hubo un momento en que le dije a la madre: “Oiga, usted y yo estamos en el mismo bando, los dos queremos educar al niño”. Pero, por desgracia, el concepto carnal del amor hace que cualquier corrección se perciba como un ataque.

También existe una crisis de “paternidad espiritual”. Creo que nuestra cultura, en su reacción contra el machismo, ha pasado de éste a la actitud “acomplejada”. La figura del padre está todavía más en crisis que la de la madre. A la madre se le cuestiona mucho menos, pues se caracteriza por sacarnos siempre las “castañas del fuego”. Pero claro, el padre se pregunta: “¿Y yo, qué posición tengo en la educación de los hijos?” Existe una crisis de liderazgo espiritual paterna, de transmisión de valores, con el riesgo de que el padre se ausente y delegue totalmente en la mujer la educación de los hijos. De hecho, uno de los modelos que más se repiten es el de una madre súper protectora, con un amor muy posesivo hacia sus hijos, combinado con un padre más bien ausente, lo cual suele derivar en grandes crisis de identidad en los hijos.

 7. Séptima clave: Educación Cristocéntrica.

En el modelo educativo que transmitimos a los hijos en la familia cristiana, en la parroquia, y en la escuela, existe el riesgo de no poner al mismo Jesucristo como clave central de la educación cristiana. O también puede ocurrir que, en vez de dar la máxima importancia al conocimiento y al amor a Dios, reduzcamos la educación cristiana a una serie de valores morales: buenos modales, solidaridad, sinceridad, etc.

Por ejemplo, llama la atención que a pesar del abandono de la práctica religiosa de muchas familias, sin embargo, no ha disminuido el número de los alumnos matriculados en la escuela católica. Incluso muchos padres no creyentes, matriculan a sus hijos en la escuela católica. ¿Por qué? Obviamente, porque existe una comprensión de la educación muy reducida a una dimensión moral o técnica de la misma, y no tanto religiosa.  Se busca en la educación cristiana una especie de “campana de cristal” que proteja a nuestros hijos de los males. Son aquellos padres que dicen: “Vamos a llevar a nuestros hijos a los frailes para que les eduquen. Mientras estén con ellos no aprenderán cosas malas…  Tú, hijo, vete al colegio de frailes, y coge lo bueno. Luego, el día de mañana, si no tienes fe, no pasa nada, pues lo importante es que hayas aprendido algo y seas buena persona”. Más o menos, esto es lo que está en el ambiente; se utiliza la Iglesia como un simple medio de protección frente a los males morales, sin acoger su mensaje de fe.

Se trata de una manipulación que pretende reducir la religión católica a su dimensión ética, olvidando que se trata del camino para el encuentro con Jesucristo.  Y eso, con todos mis respetos, además de ser una manipulación, no funciona, ni puede funcionar. Los hijos difícilmente se identificarán con unos valores morales cristianos, si no han conocido y se han enamorado de la persona de Jesucristo.

Recuerdo haber escuchado un relato, para explicar esto, referida a la caza del zorro, que practican en Inglaterra y que allí es un deporte nacional. Preparan una jauría numerosa de perros (unos veinte o treinta), los cazadores van a caballo, y se suelta el zorro. En ese momento, todos empiezan a perseguirlo. La cacería se prolonga, los perros se van cansando, pasan las horas y se van descolgando. Al final, sólo unos pocos perros (tres o cuatro) son los que alcanzan al zorro. Uno se pregunta: ¿por qué estos perros han resistido más que los que han abandonado? ¿Eran más jóvenes? ¿Estaban mejor alimentados? ¿Habían sido mejor entrenados? La respuesta es otra: Esos perros han alcanzado al zorro porque lo habían visto al principio; los demás no habían llegado a verlo. La jauría corría porque veía correr, ladraba porque veía ladrar, saltaba porque saltaban los demás. Pero conforme se alarga la carrera, uno se va cansando y se dice: “Oye, que yo no he visto nada. ¿Tú has visto algo? Pues yo tampoco… Pues dejemos ya de correr”. Está claro que pegarse una carrera larga sin haber visto nada, es muy costoso. Y algo así pasa  en la vida cristiana.

No puede ser que a nuestros hijos pretendamos darles una educación moral cristiana, diciéndoles lo que deben y lo que no deben hacer, sin que al mismo tiempo les conduzcamos a la relación personal e íntima con Jesucristo, o sin conocer y amar a María, su Madre. Llegará un momento en que dirán: “Oye tú, que es más fácil dejarse llevar en la vida, es más fácil entrar por la puerta ancha que por la puesta estrecha”. La educación no puede ser de corte moralista, es decir, no meramente centrada en la moral, sino centrada en Jesucristo, haciendo de Él el centro y el modelo de vida.

Aunque en teoría es obvio que el centro del cristianismo es Jesucristo, muchas veces comprobamos lo contrario. Por ejemplo, tú les preguntas a muchos jóvenes, supuestamente cristianos, qué es el cristianismo y te responden: “¿El cristianismo? Pues eso: compartir, ser una buena persona, etc”. Es decir, han recibido un concepto de cristianismo reducido a un barniz ético; pero, en realidad, no tienen una experiencia de lo que es la relación con Cristo, ni de su amor.

Concluyo con la última de las siete claves: la centralidad de Jesucristo: su persona, su vida, su Redención y su entrega por nosotros. ¡Cristo bendijo el matrimonio y la familia con su presencia en las bodas de Caná, y esto nos permite fortalecer y santificar nuestra vocación matrimonial!

Arrepentimiento y perdón

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En este tiempo de Cuaresma la Iglesia reitera la llamada de Jesucristo en el inicio de su ministerio en Galilea: “Convertíos y creed en el Evangelio” (cf. Mc 1, 15). Afortunadamente, en nuestros días el concepto de “conversión” goza de una notable salud, en la medida en que es entendido como una reorientación positiva de nuestras opciones personales. Por el contrario, existe una indisimulada alergia hacia el concepto de “arrepentimiento”, por cuanto la autoinculpación suele ser percibida como un retroceso al pasado, contradictorio con la mirada al futuro, incluso como una humillación.

Ahora bien, ¿es posible la “conversión” sin el “arrepentimiento” del mal cometido? La pregunta podría parecer superflua, ya que la respuesta negativa es obvia. Sin embargo, cuando la Iglesia ha predicado la importancia del arrepentimiento por la violencia generada en nuestro pasado reciente, hemos escuchado con perplejidad algunas voces que afirman que en el Evangelio, el perdón de Jesucristo en ningún caso está condicionado al arrepentimiento del pecador. Se trata de una devaluada interpretación del Evangelio, según la cual el anuncio del amor de Dios a todos -buenos y malos-, así como el mandamiento de Cristo de perdonar a nuestros enemigos, habría que entenderlos en el sentido de una declaración de indulto colectivo, independiente de todo posible arrepentimiento o cambio de vida.

En primer lugar, es muy importante leer el Evangelio en su integridad, sin caer en la tentación de seleccionar las palabras de Jesucristo según nuestra conveniencia. En efecto, el mismo Jesús que dijo “amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44), afirmó igualmente: “Si no os convertís, todos pereceréis” (Lc 13, 3). La parábola de la higuera estéril, en la que se plantea la cuestión de si se debe arrancar la higuera que no da fruto, concluye integrando la misericordia y la justicia de Dios: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás” (Lc 13, 8-9).

Por lo tanto, no es cierto que el perdón no esté condicionado al arrepentimiento. Una cosa es el amor incondicional de Dios anunciado por Cristo; y otra muy distinta, que ese amor sea acogido o rechazado por cada uno de nosotros, según la propia conversión u obstinación. Dicho de otra forma: el arrepentimiento es la apertura del hombre al perdón de Dios. Por el contrario, la falta de arrepentimiento es el rechazo del perdón de Dios.

La presentación del amor incondicional de Dios, a modo de un indulto general indiscriminado, no solamente choca con los abundantes pasajes evangélicos que hablan de la posibilidad real de la perdición del hombre (cf. Mt 25, 31ss); sino que tampoco se compagina con la imagen de un Dios que respeta la libertad y la dignidad del hombre. Decía San Agustín: “El que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Es decir, siendo cierto que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven, sin embargo, para ello es necesario que cada uno coopere libremente, abriéndose a la gracia de la conversión. No olvidemos que Cristo crucificado ofrece su perdón incondicional a los dos ladrones que compartían su suplicio; pero mientras uno de ellos acoge su misericordia con un profundo arrepentimiento, el otro la rechaza reafirmándose en su obstinación, (bien entendido que a nosotros no nos corresponde juzgar el destino eterno de aquel ladrón).

El error teológico del que estamos tratando, tiene a mi juicio una cierta influencia protestante. Mientras que Lutero subrayaba que la salvación se alcanzaba por la “sola fides” (es decir, exclusivamente a través de la fe), el Concilio de Trento le respondía afirmando que la justificación del hombre requiere de la fe y de las buenas obras. Es muy ilustrativo el ejemplo que utilizó Lutero para explicar la justificación del hombre ante Dios: “De la misma forma en que la nieve cubre de blanco el montón de estiércol que está en medio del campo, así también la misericordia de Dios cubre la muchedumbre de nuestros pecados con su manto…”. Sin embargo, los católicos creemos que la gracia de Dios no se limita a “tapar” el estiércol, sino que produce el milagro de la sanación y santificación de nuestra condición pecadora. (Cabe matizar que en los últimos años se han dado grandes avances en esta cuestión, dentro del diálogo ecuménico con los protestantes).

Pero vamos a ser claros, porque todos somos conscientes de que si hoy estamos debatiendo esta cuestión, desgraciadamente no es porque hayamos entrado en la Cuaresma, sino por la aplicación política que se pretende extraer de la disociación entre perdón y arrepentimiento. La Iglesia no tiene ninguna intención de entrar en el terreno reservado a la legítima pluralidad política; pero tampoco puede permanecer callada cuando el Evangelio es deformado y puesto al servicio de las diferentes ideologías.

Me limito a añadir que la llamada al arrepentimiento para poder acoger el perdón, no es solamente una doctrina específica de los cristianos, sino que también está fundada en una ética natural, aplicable a todo ser humano. La práctica totalidad de los sistema judiciales, supeditan la aplicación de determinadas medidas de gracia a las muestras de arrepentimiento de los delincuentes. Lo contrario no sería ni justo, ni evangélico. De hecho, cuando aceptamos que las penas privativas de la libertad en un estado de derecho no deben tener una finalidad meramente punitiva, sino que también han de estar orientadas a la reeducación y a la reinserción social, estamos reconociendo implícitamente este principio.

Tampoco debemos olvidar que aunque la conversión cristiana requiere del arrepentimiento, lo supera ampliamente: La conversión conlleva la apertura al don de la misericordia, la cual nos permite amar a todos –incluso a nuestros enemigos- con el mismo amor de Cristo. ¡Qué gran ocasión tenemos esta Cuaresma de abrirnos a la gracia de la conversión en el sacramento de la Penitencia! Es ahí donde recibimos el don de “nacer de nuevo” (cf. Jn 3).

“De dioses y hombres”

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                                                     (Por la libertad religiosa)

            A estas alturas ya nadie duda de que el cine no es, ni puede serlo, un arte aséptico en lo que se refiere a los valores o contravalores que transmite. La proliferación de películas de marcado acento anticatólico ha sido muy notoria en los últimos años, pero gracias a Dios, cada vez son más los que, poniendo en práctica el conocido refrán “más vale encender una luz que maldecir las tinieblas”, tienen la osadía de realizar un cine de marcada inspiración cristiana. Se trata de producciones generalmente modestas en su presupuesto, pero que tienen el acierto de trasladar a la pantalla, con notable éxito, testimonios reales y concretos, que contrastan con la abundancia de leyendas negras difundidas en la filmografía sobre la vida e historia de la Iglesia.

            Pues bien, entre la amplia oferta que la cartelera cinematográfica nos ofrece en estos días, podemos disfrutar de la producción francesa “De dioses y hombres” del director Xavier Beauvois. En ella se narra lo acontecido en el monasterio cisterciense del Monte Atlas (Argelia) a mediados de 1996, cuando siete monjes fueron secuestrados y finalmente decapitados por la facción radical del GIA (Grupo Islámico Armado). El guión de esta película recoge con fidelidad la buena armonía de estos monjes cristianos con los pobladores musulmanes de aquella región, al mismo tiempo que la irrupción repentina del fundamentalismo islámico, que cambia por completo el escenario de pacífica convivencia. Lejos de ser una película que tome pie del fundamentalismo para satanizar al conjunto del Islam, refleja de forma sobresaliente el ideal del diálogo interreligioso propugnado por la Iglesia en el Concilio Vaticano II.

            Este filme alcanza especial relevancia y actualidad, por el hecho de que su llegada a España ha coincidido con un momento de notable recrudecimiento de la persecución y el exterminio de las minorías cristianas de tradición milenaria, en países de mayoría musulmana e hindú. El destino de estos cristianos, tanto en Oriente Medio como en Oriente, se torna cada vez más dramático e incierto, a raíz de la confluencia de tres circunstancias: el resurgimiento de los fundamentalismos, el error y fracaso de la guerra de Irak, y el olvido de las raíces cristianas en Occidente. Los cristianos árabes se encuentran en medio de un peligroso “sandwich”: sospechosos de complicidad con Estados Unidos, por el mero hecho de ser cristianos; y al mismo tiempo ignorados por un Occidente laicista que se avergüenza de sus raíces.

            Recientemente, el sociólogo Massimo Introvigne denunciaba que el fundamentalismo islámico y el laicismo, son dos caras de la misma moneda. Sin pretender comparar lo que ocurre en Oriente y en Occidente, es un hecho que la libertad religiosa no es respetada ni por unos ni por otros. En el fondo se trata de un desequilibrio entre fe y razón: El laicismo de Occidente difunde un racionalismo antirreligioso, mientras que los fundamentalismos de Oriente impulsan una religiosidad irracional. En Occidente existe una dictadura del relativismo, mientras que desde Oriente emergen los fanatismos intolerantes.

            El desarrollo de los acontecimientos está demostrando que, en nuestros días, el diálogo interreligioso entre una cultura cristiana y otra musulmana o hindú es perfectamente viable. El verdadero choque de trenes se produce en el encuentro del laicismo, por un lado, y el fundamentalismo, por el otro, que se retroalimentan, hasta el exterminio. Lo malo es que, como dice el refrán, “cuando dos elefantes pelean, sufre la hierba”. Y en este caso, los principales perjudicados de esta situación están siendo las minorías cristianas en países de mayoría musulmana e hindú. Tanto en Occidente como en Oriente, el antisemitismo del siglo XX está siendo sustituido en el siglo XXI por un modo de cristianofobia.

            El Papa Benedicto XVI dirigió un mensaje al mundo el primer día de este año, Jornada de la Paz, con el título de “La Libertad religiosa, camino par la paz”, en el que recordaba aquellas palabras del Concilio Vaticano II: “La libertad religiosa es condición para la búsqueda de la verdad. La verdad no se impone con la violencia sino por la fuerza de la misma verdad” (Dignitatis Humanae 1).

            Como conclusión y ejemplo práctico, es emocionante escuchar en la escena final de esta bella película “De dioses y hombres”, el testamento que el superior de aquella abadía cisterciense dejaba escrito antes de su martirio: « He vivido lo suficiente como para saberme cómplice del mal que parece prevalecer en el mundo; incluso del que podría golpearme ciegamente. (…) Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los habitantes de este país tratándolos globalmente. Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo (…) Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado de ingenuo o de idealista. Pero estos deben saber que, por fin, seré liberado de mi más punzante curiosidad, y que podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre, para contemplar con Él a sus hijos del Islam, tal como Él los ve. En este “gracias” en el que está dicho todo sobre mi vida, os incluyo, por supuesto, a amigos de ayer y de hoy… Y a ti también, “amigo del último instante”, que no habrás sabido lo que hacías. ¡Sí!, para ti también quiero este “gracias” y este “a-Dios”, en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. Amén. ¡Inshalá! ».

San Sebastián, mártir de paz

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             Queridos sacerdotes concelebrantes; queridos donostiarras y devotos de San Sebastián; estimadas autoridades, ¡y un saludo muy especial a todos los que habéis querido retornar a vuestro “txoko” natal con motivo de las fiestas!:

             Celebramos un año más la fiesta del Santo Patrono de nuestra ciudad, que a su vez es el titular de la Diócesis de San Sebastián. Hoy es un día de alegría y de encuentro entre todos los donostiarras, sin que eso suponga que la invocación a nuestro Patrono, haya de ser entendida como un mero marco, al que acudimos como excusa introductoria de nuestras fiestas. La dimensión lúdica de la fiesta patronal es una expresión de la dimensión cultural de nuestro pueblo. Y a su vez, esa cultura está fundada y entroncada en una tradición religiosa. Decía nuestro querido Juan Pablo II, cuya beatificación ha sido recientemente anunciada para el próximo 1 de mayo, que “una fe que no se hace cultura, es una fe no suficientemente acogida”.            

         Fijamos nuestra mirada en San Sebastián, porque somos conscientes de que nuestra cultura tiene unas profundas raíces cristianas, y también porque en la figura de los mártires descubrimos una llamada a purificar los ideales que orientan nuestra vida.

            En efecto, los mártires son el mejor antídoto contra la tibieza y la mediocridad. Decía la Madre Teresa de Calcuta que la “indiferencia” es el mayor de los males. Pues bien, la entrega que los mártires han hecho de su vida, testimonia que existen ideales demasiado grandes como para regatearles el precio. El hecho de que San Sebastián prefiriese la muerte, antes que renunciar a su fe, proclama ante el mundo no sólo la grandeza de Dios, sino también la dignidad del ser humano.

            La espiritualidad martirial es inseparable de la esperanza. De hecho, aunque todos soñamos con la construcción de un mundo más justo, sin embargo, solamente seremos capaces de transformar el mundo, en la medida en que no nos dejemos arrastrar por él. Dicho de otro modo, sin la determinación y la fortaleza de los mártires, no existe auténtica esperanza.

             Queridos donostiarras, con motivo de nuestras fiestas patronales, hemos solido elevar nuestras plegarias a Dios, por intercesión de San Sebastián y de la Virgen del Coro, pidiendo el “don de la paz”. Este año estamos celebrando a nuestro Patrono San Sebastián, a los pocos días de que la organización terrorista ETA haya hecho pública una declaración de tregua, y cuando aún la sociedad vasca reflexiona y debate en torno a esta cuestión. Nuestra sociedad ha experimentado unos sentimientos ambivalentes ante ese anuncio: la alegría y la esperanza por el alto de la violencia, pero también la decepción por la oportunidad perdida, cuando muchos esperaban la desaparición definitiva del terrorismo.

            Todos nosotros, sin excepción, tenemos que hacer nuestra contribución a la paz: La clase política, las fuerzas de seguridad, el sistema judicial y penitenciario, los medios de comunicación, la Iglesia… y todos los ciudadanos. El mayor aporte que podemos hacer cada uno de nosotros a la causa de la paz, es vivir con intensidad y fidelidad, al servicio de la sociedad, la vocación que Dios nos ha dado a cada uno: Los políticos, en la búsqueda del bien común; los magistrados discerniendo con independencia y conforme a criterios de justicia y equidad; los cuerpos y fuerzas de seguridad, luchando honesta y eficazmente contra el crimen; el régimen penitenciario, caminando hacia una justicia restaurativa; los medios de comunicación, informando con objetividad y espíritu constructivo… ¿Y la Iglesia? ¿Qué cabe esperar de la Iglesia en el momento presente? ¿Cuál es su contribución principal en un proceso de pacificación y de reconciliación?

            Sin duda alguna, la mayor contribución de la Iglesia a la paz, es la llamada a la conversión, que incluye el arrepentimiento y la petición de perdón. Es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, alcanzar la deseada paz, sin un verdadero arrepentimiento por la violencia y los daños causados. La paz no tendría unas bases firmes si estuviese fundada en meros cálculos estratégicos de efectividad. No podemos aceptar el pensamiento de quienes afirman que la violencia tuvo su razón de ser en otro contexto, pero que en el momento presente ha dejado de tenerlo. Quienes así sienten y piensan, no sólo corrompen el mismo concepto de la paz, sino que la fundan sobre bases inestables.

            Por el contrario, si la violencia no tiene razón de ser hoy, ¡es que no la ha tenido nunca! Es necesario empezar por purificar todas las imágenes “idealizadas” o “románticas” que hemos elaborado en la historia de la humanidad en torno a episodios violentos. Así lo enfatizaba el polaco Adam Michnik, en su lucha no violenta contra el régimen soviético: “Quienes empiezan asaltando bastillas acaban construyendo otras. La no violencia no es una cuestión de táctica, sino de principios“. La violencia nada tiene que ver con la valentía y el arrojo, sino con la cobardía y el recelo. En el fondo, tenemos que llegar a entender que la violencia es el miedo a las ideas de los demás, combinado con la poca fe en las propias.

            Para entender la gravedad de la violencia, es básico tener la capacidad de ponernos en el lugar de quienes la padecen. La máxima evangélica que nos dice “compórtate con los demás, como quisieras que se comportasen contigo” (Mt 7, 12), es un fiel reflejo de la llamada a juzgar nuestras propias actuaciones desde la perspectiva de quienes se ven afectados por ellas.

            Soy consciente de que algunos juzgarán que esta aportación que hace la Iglesia, es equiparable, en términos populares, a un “empezar la casa por el tejado”. Sin embargo, creemos que el arrepentimiento, lejos de ser un sobreañadido en el tejado, forma parte de los cimientos de la paz. Mientras no cambiemos nuestra prontitud para ver la paja en el ojo ajeno, y seamos incapaces de ver la viga en el nuestro (cfr. Mt 7, 3), los esfuerzos para construir la paz, no serán otra cosa que un falso equilibrio estratégico de egoísmos.

            Evocando nuevamente al Siervo de Dios Juan Pablo II, creemos que “la espiral de la violencia sólo se frena con el milagro del perdón”:

+ Por ello, y en primer lugar, no podemos pedir generosidad a las víctimas, sin mostrarles previamente un arrepentimiento sincero y coherente, acompañado de una petición humilde de perdón. Las víctimas del terrorismo no deberían ser percibidas jamás como una presencia embarazosa en un proceso de pacificación; sino que, al contrario, su necesaria participación está llamada a ser una garantía de la verdadera paz.

+ En segundo lugar, el perdón de las víctimas a sus agresores, sólo es posible desde la misericordia del Corazón de Cristo, que nos dio el mandamiento del amor al prójimo; el cual incluye también el amor a nuestros enemigos. Ahora bien, Jesús no predicó el perdón como un mero “mandato”, sino que previamente nos lo ofreció como un don, como muestra de su amor gratuito. ¡Cómo no recordar las palabras de Cristo en la Cruz, pronunciadas en favor de todos y cada uno de nosotros: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”!

             Queridos hermanos, he aquí la contribución principal de la Iglesia Católica a la paz: la proclamación de la misericordia de Dios Padre, manifestada en el perdón de Jesucristo, que nos llama a nuestra conversión personal. Los instrumentos que proponemos para este camino son múltiples: la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el examen de conciencia, la apertura a la corrección, la sensibilidad reparadora, las obras de caridad… y, por supuesto, la celebración del Sacramento del Perdón de los pecados.

            Soy consciente de que estamos en una sociedad que compagina sus raíces religiosas con una fuerte secularización. Una parte de la sociedad afirma sentirse extraña al cristianismo; si bien es cierto que los cristianos no nos sentimos extraños a la sociedad. Es obvio que la predicación de la Iglesia no se impone a todos, sino que se propone a cuantos libremente quieran acogerla… Sin embargo, creemos sinceramente que las bases en las que el Evangelio funda la paz, son válidas y necesarias para el conjunto de la sociedad, más allá incluso de nuestro credo religioso.

            Concluyo invocando a nuestro Patrono, San Sebastián, quien a pesar de ser un profesional de las armas, prefirió morir que matar, prefirió la fe en Dios a la gloria de los hombres, prefirió el amor al triunfo humano… Nuestras calles están hoy llenas de niños, que desfilan tocando la tradicional tamborrada. Ellos necesitan, más que nadie, de modelos y referencias morales y espirituales, que les ayuden a encaminarse por sendas de paz y de justicia. Propongámosles a San Sebastián, como modelo de aquel soldado en el que se cumplen las palabras del profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 4-5).

Homilía en la Fiesta del Bautismo del Señor

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                                           (Primer aniversario en la Diócesis)

          Excelentísimo Mons. Miguel Irízar (obispo de Callao, Perú), queridos sacerdotes, queridos fieles, queridos “hijos de Dios”:            He aquí el mayor de los “títulos” y de las “dignidades” que jamás hayan podido referirse a un ser humano: “hijo de Dios”. Es justo que hoy hayamos comenzado con este saludo -¡Queridos hijos de Dios!-, ya que la celebración del Bautismo de Jesús en el río Jordán es ocasión para que recordemos y renovemos la gracia bautismal que un día recibimos.

            El hecho de que el tiempo de Navidad concluya con esta fiesta, no deja de ser altamente significativo: Dios hizo suya nuestra condición humana, para que los hombres podamos participar de su condición divina: Él se hace hijo de María y José, para que nosotros podamos ser “hijos de Dios”. Si fuésemos conscientes de lo que esto supone, si viviésemos nuestra filiación divina con plena coherencia, nuestra felicidad estaría asegurada para la vida presente, sin esperar a la vida eterna. Recuerdo una sencilla y a la vez profunda oración que aprendíamos de niños: “Dios es mi Padre, qué feliz soy; soy hijo suyo, hijo de Dios”.

            Pero, en muchas ocasiones, no disfrutamos de la condición divina que un día recibimos, por motivo de nuestra indiferencia y del apego a los bienes materiales. Fácilmente nos entretenemos en miserias y bagatelas. Fundamos nuestra dicha en “alcanzar la luna” –como popularmente se dice-, olvidando que la auténtica felicidad se basa en disfrutar de lo que somos por el bautismo: ¡¡hijos de Dios!! ¡Tenemos el tesoro en casa, mientras que paradójicamente mendigamos calderilla por las calles!

            La crisis de desesperanza de nuestra cultura occidental, no está ligada a unas carencias materiales o coyunturales determinadas, sino a una crisis de identidad y de sentido. Nuestra carencia principal no está en el tener, sino en el ser.

            Decía Robert Louis, poeta y novelista británico, que no existe deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices. ¡Qué paradoja que nos autoexcluyamos de la FELICIDAD con mayúsculas, cuando en realidad la estamos buscando ansiosamente! Bien podríamos decir que damos palos de ciego, buscando donde no hay, teniendo al alcance de nuestra mano la fuente… Si me permitís una imagen con un punto de humor, se cuenta que cuando Pilato le preguntó a Jesús: “¿Y qué es la verdad?”, escuchó de labios de Jesús una respuesta sorprendente: “¡Si es un perro, te muerde!”…

            Pues bien, en el Evangelio hemos escuchado que tras abrirse los cielos, se escucharon las siguientes palabras en el río Jordán: “¡Éste es mi Hijo amado!…” Acogiendo esa palabra del Padre, que nos invita a centrarnos en su Hijo Jesucristo,  mirémoslo, admirémoslo, convirtámonos, disfrutemos, seamos felices… porque por voluntad del Padre, Jesucristo ha compartido su condición de Hijo con cada uno de nosotros… Recordemos aquel texto impresionante de la Primera Carta del apóstol San Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a Él.  Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es.” (1 Jn 3, 1-2)

               Decía un psicólogo infantil, con un punto de ironía, pero con mucha sabiduría, que el secreto de la felicidad está en haber elegido bien a los padres… Amoldando sus palabras a nuestro discurso teológico, bien podríamos afirmar: “El secreto de nuestra felicidad está en que es el Padre del Cielo quien nos ha elegido como hijos”. Tenemos costumbre de preguntar a los niños: ¿Qué quieres ser de mayor?… En realidad, la felicidad en la vida no consiste en ser lo que queramos; sino en querer aquello que somos: hijos de Dios.

             Todas estas afirmaciones que hacemos con motivo del Bautismo de Jesús en el río Jordán, no son el refugio de un falso misticismo, que nos alejan de la realidad de la vida, como algunos podrían pensar. Por el contrario, nuestra relación con el prójimo y el mismo conjunto de las relaciones sociales están totalmente condicionados por este punto de partida. El mandamiento del amor al prójimo que Jesús nos dejó, es explicitado con las siguientes palabras: “como yo os he amado”. Es decir, el prójimo no es un mero “otro”, sino que es también hijo de Dios, por la gracia de Cristo. ¿Cómo no vamos a acoger y amar a quienes son adoptados como hijos por Dios? ¿Podría haber una contradicción mayor en un creyente?

                   En este día, 9 de enero, se cumple un año de la ceremonia de mi Toma de Posesión como obispo de esta Diócesis de San Sebastián. Quiero dar públicamente gracias a Dios y a cada uno de vosotros, por el apoyo que me habéis brindado a lo largo de estos doce primeros meses. La oración que tantos de vosotros dirigís a Dios, a favor del Papa y vuestro obispo, tiene un poder de intercesión impresionante.

                Y también quiero agradecer especialmente a todos aquellos que juzgaron negativamente mi elección como obispo de San Sebastián, y que han hecho un serio esfuerzo por el trabajo en comunión con su nuevo obispo. Entre todos continuaremos una labor que permita dar respuesta a los grandes retos de nuestro tiempo y lugar. También quiero aprovechar este momento para agradecer al resto de la sociedad guipuzcoana y a las instituciones en particular, el buen clima de colaboración y cooperación del que disfrutamos.

                 En fechas recientes hemos concluido la elección y puesta en marcha de nuestro Consejo Presbiteral, y estamos comenzando el proceso de la elección del Consejo Pastoral Diocesano. Terminada ésta, ya habremos completado la renovación de los órganos gestores de la Diócesis, y comenzaremos la elaboración del Plan Pastoral para los próximos años. Os pido a todos vuestra oración y vuestra colaboración, para que acertemos en los pasos a dar. De una forma especial, como reiteradamente me habéis escuchado ya en otras ocasiones, por la Pastoral Juvenil y Vocacional os pido vuestra oración y colaboración. Aquí tenemos ante nosotros un gran reto.

              Volvamos otra vez a esas palabras escuchadas en la teofanía del río Jordán: “Éste es mi Hijo amado, mi predilecto”…  El Padre nos pide que acojamos la revelación de su Hijo, que permanezcamos atentos a la Palabra de Cristo, a la Tradición y al Magisterio eclesial, al testimonio de los santos, a los signos de los tiempos… para colaborar en la construcción del Reino de Dios, necesaria en tantos campos:

               + Nos preocupa de una forma especial la falta de libertad religiosa que padecen y sufren los cristianos que viven en minoría en países de mayoría musulmana o hindú. Los cristianos sufren cruel persecución en muchos lugares, mientras Occidente guarda silencio… Acaso esto último sea debido a que también se percibe entre nosotros un clima de agresividad y laicismo extremo contra la Iglesia Católica, al que quizás nos estemos ya acostumbrando, pero que resulta muy llamativo para quienes nos visitan de otros países.

                + Nos preocupa también el reto de la paz. Anhelamos que llegue el momento de la definitiva disolución de ETA y de la reconciliación y sanación de tantas heridas generadas por la violencia. Continuaremos ofreciendo en todo momento la luz del Evangelio, como instrumento indispensable para la pacificación y la reconciliación de nuestro pueblo.

                  + Nos preocupa la violencia machista presente en nuestra sociedad, que tiene a la mujer como víctima, y que lejos de desaparecer sigue extendiéndose en nuestros días. Continuaremos predicando las virtudes de la humildad, paciencia, respeto y de la castidad, porque estamos convencidos de que son indispensables para que no se animalice la relación del hombre con la mujer.

               + Nos preocupan las consecuencias de la crisis económica, de una forma especial en quienes carecen del apoyo familiar, en los jóvenes que no han accedido siquiera a su primer empleo, en los inmigrantes… Continuaremos proponiendo los retos de la solidaridad y de la caridad a nuestras comunidades parroquiales.

              Todas estas tareas y preocupaciones son una responsabilidad para nosotros, queridos hermanos… Pero la gracia de Dios actúa de una forma muy especial a través de aquellos que viven con coherencia la filiación divina. Porque –no lo olvidemos- ¡¡somos hijos de Dios en Jesucristo!!

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