Celebración de Robert Capa
Se han publicado en España recientemente dos libros sobre el gran Robert Capa. Casi se diría que su vida encierra un resumen de la del sglo XX. Conoció la guerra Civil Española y la II Guerra Mundial y en la primera perdió al gran amor de su vida Gerda Taro. Un hombre que deja a quien ama en esta tierra bien merecería un monumento entre nosotros. ¿No os parece?
El caso es que hoy me ha dado por investigar si Robert Capa, cuyo verdadero nombre era Andrei Friedman. En cuanto lo leí lo empece a creer: este tipo es judío. Después, leyendo su vida, lo confirmé. Hay en ella ese dolor que el judío europeo comparte con toda la humanidad que sufre; esa tristeza vencida con la risa de la música klezmer y la luz del shabat. Robert Capa vino a España a contar historias de dolor y lucha contra el fascismo y -junto a su amada- nos dejó las caras que hemos visto tantas veces, décadas después, abriendo los informativos: las miradas perdidas de los niños sin padres, el llanto de las madres huérfanas de hijos y de vida, el miedo de los soldados… Sí, en cuanto leí sobre él y Gerda los imaginé en la Europa antisemita de los años 30, con los fascismo paseándose por los bulevares y creo saber cómo se sintieron porque yo a menudo siento lo mismo: esa necesidad de hacer frente al mal que avanza tenga el color de Le Pen o el de Fidel Castro; esa necesidad de ser un valladar contra la exclusión, la injusticia, la opresión de tantos que solo tienen la humillación para rumiar a solar.
En las fotos de Capa hay un canto a la vida que late bajo la piel de sus imágenes. Con algunas, me entran ganar de brindar diciendo ¨Lehaim¨! como con mi amigo Álex, última encarnación del espíritu de Weimar entre nosotros. Muchos de los que critican -con justificación- las reformas del gobierno en materia de aborto y eutanasia callan sin embargo ante otras agresiones a la vida. Callan ante la humillación y la explotación de los extranjeros en España; ante la precariedad de miles de jóvenes que no tienen más horizonte que enlazar contratos temporales de miseria; ante el deterioro ambiental que convierte las ciudades en laberintos de hormigón; ante la discriminación por razón de sexo o de etnia.
Robert Capa, hoy, hubiera fotografiado a los obreros polacos, rumanos, bolivianos y ecuatorianos que levantaron España en la última década; hubiera sacado a las extranjeras que cuidan ancianos y a las que tantos españoles tratan con desprecio. Sí, él hubiera retratado la tristeza de los becarios permanentes, de los explotados con jornadas de doce horas por salarios ridículos; hubiera fotografiado la soledad de los pequeños empresarios asfixiados a impuestos, tasas, multas, cánones.
Por todo eso, hoy recuerdo a Robert Capa, el judío Capa, el hombre libre Capa, el que vino a España y dejo a la que amaba entre nosotros.
Insisto, ¿no merecería al menos una placa de recuerdo?




