También él se ha ido…

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Ha muerto Benedetti. Desde luego hay semanas, que sería mejor borrar del calendario.

Se ha ido el compañero de tantas tardes de amor y sobre todo de tantas noches de desamores. Cada vez que el teléfono dejaba de sonar y había que desempolvar la agenda, ahí estaba él como un baluarte recordando que había que defender la alegría como una trinchera.

Cada vez que el amor volvía –saliendo al encuentro como si uno no lo buscara- aparecía él para pasar el test de la pareja: cuando codo a codo somos mucho más que dos. Si eso sucede, hay algo que hacer; si no, conviene dejar la agenda a mano.

Él tenía siempre la palabra precisa para esas relaciones que no saben definirse. Él sabe que una mujer desnuda y en lo oscuro puede ser, en realidad, luminosa. Como los grandes poetas, como los grandes textos de amor –entre ellos el Cantar de los Cantares- sabe que el cuerpo tiene algo mágico, sagrado, que la palabra no alcanza a nombrar. A eso sagrado, le temen los dictadores.

Se me ha ido el compañero de cuando decidí mirar al mundo desde un estrado, un aula o un micrófono. Ya no será lo mismo sabiendo que cada vez quedan menos poetas que hablen de eso, de nosotros, del mundo y las personas que lo habitan. Cada vez menos gente habla de los tirados, de los perdedores, de los jodidos, de los rejodidos, de los últimos, de esos que siempre pierden los trenes y se quedan solos. Alguien tendrá que escribir de los silenciosos, de los solitarios de los cafés, de los amantes que sólo aspiran a amarse sabiendo que eso es mucho; que tal vez eso sea demasiado para una sola vida. ¿Quién contará la historia de los que tienen muchas cosas pero no tienen a nadie y son pobrísimos por eso?

Se ha marchado el tipo que escribió para su hijo un poema de esos que no se olvidan; de esos que ponen el terror en los tiranos porque dice verdades que cruzan los barrotes y no pueden morir: Hombre preso que mira a su hijo.

Benedetti era –es- como un talismán o el tatuaje de una secta. Cuando voy en el Metro y veo a alguien que lee un libro suyo, sonrío con la complicidad del conjurado de una conspiración de besos personales y abrazos planetarios. Como quien lee a Aimée Cessaire o a Sedar Senghor, el lector de Benedetti sabe que todo el universo cabe en un regazo de mujer o… bueno, no sé dónde puede albergarlo un hombre pero seguro que algún poeta lo ha descubierto.

Estará por ahí este uruguayo, desmontando corazas de esas que nos ponemos para afrontar cada día y que nos quitamos –al llegar la noche- cuando estamos junto a los que amamos.

Estará por ahí, con Alfonsina, con Neruda, con César y Gabriela…

Estará caminando por la cintura cósmica del sur, que es infinito

… como sus versos.

¿Verdad?

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