En la cima del mundo

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Como soy un salvaje, me gusta el boxeo. Como soy un pobre hombre, me gustan los libros.  Acaban de publicar en 451 el libro que Norman Mailer escribió sobre la pelea  entre Ali y Frazier, que en su día fue el mayor combate del mundo.
Admitámoslo: el boxeo tiene mala prensa. Es violento; es agresivo; es sangriento. No tiene el glamour del tenis ni el brillo del fútbol. Los boxeadores suelen acabar mal: los afortunados se retiran a tiempo; los otros pueden terminar adictos a las drogas, pobres o alquilando tiendas de campaña en un barrio de chabolas para que otros puedan drogarse.

Sin embargo, el combate tiene algo de épico. Dos hombres se golpean con ciertas reglas. A diferencia tantas esferas de la vida -donde impera la ley del más fuerte- en el ring el más fuerte puede ser derrotado por el más habíl.

Este combate fue estupendo, y Norman Mailer lo narra como nadie. Ojalá con él hubiese estado Homero. Ojalá los poetas griegos y romanos -que también conocieron la lucha y los campeones- hubieran presenciado este enfrentamiento entre dos colosos. El esforzado y el maestro; el perfecto y el perfeccionado.

Durante el rato que he leído este libro se ha producido ese misterioso milagro que se da cuando una página encuentra su lector: el milagro de la belleza. Borges lo sabía: la lectura depara una felicidad muy especial.

¿Se puede pedir más para la tarde de un sábado?

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