Las décadas de los 70 y los 80 fueron terrible en Hispanoamérica. La lucha entre las guerrillas y las tropas de las distintas dictaduras militares convirtieron a los pueblos americanos en víctimas del combate entre unos radicales y otros.
La represión militar en Guatemala fue atroz. Hubo detenciones, torturas, desapariciones, asesinatos masivos de indígenas y se mataba por igual a sindicalistas y a catequistas con inquietud social. El pretexto de la lucha contra la subversión y el comunismo justiifcaba cualquier crimen vestido de uniforme.
Frente a estas barbaridades, se alzó la voz de los cristianos comprometidos con los que menos tenían; con los excluidos de la Historia y de toda esperanza. Animadores parroquiales, comunidades cristianas y catequistas denunciaron, pagando con sus vidas, los crímenes de Estado, las matanzas, las torturas, las desapariciones…
Entonces llegó un hombre que creía en la paz y en la palabra. Hablaba con la claridad y la firmeza de los hombres libres. Se llamaba Óscar Arnulfo Romero. Era el arzoobispo metropolitano de San Salvador. He aquí lo que decía en aquel tiempo de huelgas y pobreza, de crisis y de muerte, de sueños vanos y desesperaciones:
El gobierno no debe tomar al sacerdote que se pronuncia por la justicia social como un político o elemento subversivo, cuando éste está cumpliendo su misión en la política de bien común
Él no hablaba de política sino de paz, de compasión, de perdón y de justicia, sobre todo de justicia.
En nombre de Dios, alzó la voz por todos aquellos que no le tenían porque estaban en un grupo de teatro o en un sindicato; denunció al poder en nombre de todos aquellos muertos, desaparecidos, enterrados, torturados; en nombre de todas las violadas; en el nombre de todos los que no tenían nombre ni lugar en Guatemala.
Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.
Tal día como hoy lo mataron en 1980.
El que trate de salvar su vida la perderá y el que la pierda la conservará quienes creen en esto hacen prodigios. Nadie infunde tanto terror a los tiranos -antes y ahora- como quienes van por la vida dispuestos a sacrificar la vida y a perderla como Aquel que dijo esto.
Romero era uno de esos tipos dispuestos a jugárselo todo porque saben que, al final, la suya es la apuesta ganadora. El Evangelio me impulsa a hacerlo y en su nombre estoy dispuesto a ir a los tribunales, a la cárcel y a la muerte. Lo asesinaron hace 29 años mientras celebraba la Eucaristía. Imagínense la catadura moral de los asesinos.
No pudieron con él porque tenía, como dice Frossard, una Amistad que no era de este mundo. También las circunstancias desconocidas pueden ser afrontadas con la gracia de Dios. Él ha asistido a los mártires y, si es necesario, lo sentiré muy próximo, al confiarle mi último suspiro. Pero más todavía que al enfrentarme con la muerte, necesitamos coraje al entregar toda la vida y vivir para Él
Hoy lo recordamos y celebramos su memoria.