Tengo un amigo que a sus más de 30 años se ha echado novia. Como no sé si hacer una fiesta o enviarlo a un presidio en África por la tardanza, escribo estas líneas. Mi amigo es un valiente porque apuesta por el futuro y sigue creyendo en el amor cuando ya ha descubierto el mileurismo. Como no puede ni soñar con una casa, pasa largas noches de cine con su novia. Sin duda, salen ganando: mejor pasarla a oscuras ante la gran pantalla que viendo la tele porque el banco no te deja para otra cosa. Cuando imagino a mi amigo cogido de la mano con su novia, pienso en lo que suponen de opción por la esperanza: vale la pena jugársela aunque uno pueda sufrir; aunque llegue el día en que uno tendrá que despedir al otro porque así es la condición humana y todos tenemos fecha de caducidad. No le he preguntado por la boda ni falta que hace: cada uno tiene su ritmo y ya saben cómo son los caminos del Señor. Si le sale el tema de los hijos, hay una desbandada general que tal vez me incluya. Mi amigo va proclamando que está enamorado de su novia. A algunos, ya ven, Cupido no les da un flechazo sino una pedrada. Bueno, alabado sea, ya era hora de que alguien usara un verbo que -como amar- se está quedando más viejo que la casaca de Churruca. Hay que hablar de gustarse o de estar juntos, pero no de enamorarse. A cierta edad, a algunos ya les da pereza ese torbellino hormonal que nos asalta a traición. Llega un momento, en que el miedo al fracaso o al sufrimiento pueden más que los besos. Con jornadas laborales de 14 horas, muchos no están para la lírica ni, por supuesto, para la épica. Por eso, mi amigo es un crack, buen, por eso y porque es mi amigo, ¡qué demonio! Tengo otro colega a quien hay que colocar: busca pareja con aspecto de persona estudiosa, no necesariamente simpática (la simpatía la pone él) e inteligente (ojo: no confundir con alguien listo, que de esos en España hay un montón). Cuando él la encuentre, nos iremos a brindar por el tiempo que pasamos -y que veces fueron muchos años- esperando a quien llegó para quedarse.