Historia de un hombre libre

Educación, Iglesia, Movimientos, Sacerdocio, Vida Religiosa, amor 1 Comentario

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 De la mano de un gran periodista y escritor como es Gil de Muro, ayer se presentó el libro “José Kentenich, historia de un hombre libre. Fundador del  Movimiento de Shöenstatt. El Padre Kentenich fue, sobre todo, un gran educador: del mismo modo irradiaba esperanza entre sus compañeros del campo de concentración de Dachau, que hacía sentirse a sus alumnos importantes y libres. A unos y a otros los educaba como una madre a sus hijos, porque la educación es sobre todo amor. 
Nació en Gymnich, Colonia, en 1885. Fue ordenado sacerdote en el año 1910. En el año 1912 fue nombrado director espiritual de la Casa de estudios de los Padres Palotinos en Schoenstatt, lugar donde pudo promover una educación integradora de la toda la persona -“orgánica” la llamaba él- según la imagen de María para nuestro tiempo. En el correr de los años el Padre Kentenich se manifestó como un educador genial y carismático. Paso por dos difíciles periodos de prueba: entre los años 1941 y 1945 padeció en la prisión de la Gestapo y en el campo de concentración de Dachau. Tras permanecer 14 años separado del Movimiento por él fundado, tras una audiencia con el Papa Pablo VI regresó a Schoenstatt y pudo entregar aún, durante tres años, todas sus fuerzas al servicio de su Obra. Murió el 15 de septiembre de 1968.
Siempre se puso a entera disposición de los jóvenes, regalándoles toda su confianza, pero especialmente su corazón. El les decía: “Yo quiero hacer de Madre para ustedes”. Los estudiantes se daban cuenta de cómo los valoraba. Supo guiar su entusiasmó por la verdadera libertad. Uno de los jóvenes contó: “El Padre causó en nosotros una profunda impresión. Entre los estudiantes nunca se escuchó una crítica contra él. Nosotros le teníamos mucha confianza, escuchábamos sus conferencias con gusto y más tarde las analizábamos. El era simplemente el guía que comprendía a los jóvenes”.
En el Campo de Concentración su celda fue para muchos –prisioneros y guardias- hogar donde recibían consejo, ayuda y comprensión. Uno de sus compañeros de prisión pudo decir: “A través de la presencia del Padre Kentenich el infierno de Dachau se convirtió para nosotros en cielo”. Cuando se le presentó la oportunidad de ser liberado la rechazó porque había visto que la voluntad de Dios era que siguiera ese duro camino. A un sacerdote prisionero le dijo: “en Dachau me necesitan” y “nunca antes en mí vida me he sido tan feliz como aquí”.

Gracias por la vida consagrada

Iglesia, Juan Pablo II, Misiones, Vida Religiosa 1 Comentario

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 El domingo pasado el presidente de la Confederación Española de Religiosos (CONFER), el jesuita Elías Rayón, habló en El Espejo de la Jornada de la Vida Consagrada que hoy, Fiesta de la Presentación del Señor, celebra la Iglesia.
Recordó como fue Juan Pablo II quien, hace 13 años, al celebrar por primera vez esta Jornada de la Vida Consagrada, indicó cuáles son sus tres fines:
1. Alabar y dar gracias al Señor por el gran don de la vida consagrada que enriquece y alegra a la comunidad cristiana;
2. Promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de ella y finalmente,
3. Invitar a los consagrados y consagradas a celebrar juntos las maravillas que el Señor ha realizado en ellos, con el fin de hacer más viva la conciencia de su insustituible misión en la Iglesia y en el mundo.
Desde este rincón mediático yo quiero unirme de corazón a estas intenciones, y me gustaría atraer a esta unidad a todos nuestros oyentes y lectores.
Me siento, en primer lugar, inmensamente agradecido por el gran don de la vida consagrada a la Iglesia. Creo que aún más que aquellos que tienen esa vocación –los religiosos y las religiosas- somos el resto del pueblo de Dios –sacerdotes seculares y laicos- quienes más podemos y debemos mostrar esta deuda de agradecimiento, al Dios que llama, por suscitar tantas vocaciones a la consagración todos los días, y a los mismos consagrados. Porque, ¿qué seríamos sin la riqueza de sus carismas, y sin el estímulo de sus testimonios? Allí donde hay un consagrado, y no sólo los misioneros o los que están en los ámbitos más fronterizos de la vida de la Iglesia, ahí hay un signo de cómo el amor de Dios a los hombres es capaz de llenar de felicidad el corazón entero de un hombre o de una mujer; y de cómo la entrega de una persona puede hacer que Dios siga haciendo milagros todos los días y en todas partes.
Me siento, en segundo lugar, llamado a promover, yo también, esta vocación maravillosa, porque los jóvenes tienen derecho a descubrir la pasión que cada carisma les ofrece para dar todo lo que son, y acoger toda la felicidad que alguien generoso puede recibir en esta vida.
Y, en tercer lugar, me siento también llamado a celebrar, es decir, a festejar, e incluso a sentirme orgulloso, por ser parte de una familia inmensa, la de la Iglesia, que cuenta en su haber con carismas que hacen de ella el jardín más hermoso y variopinto que puede ofrecernos la humanidad.

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