Gracias por la vida consagrada

Iglesia, Juan Pablo II, Misiones, Vida Religiosa 1 Comentario

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 El domingo pasado el presidente de la Confederación Española de Religiosos (CONFER), el jesuita Elías Rayón, habló en El Espejo de la Jornada de la Vida Consagrada que hoy, Fiesta de la Presentación del Señor, celebra la Iglesia.
Recordó como fue Juan Pablo II quien, hace 13 años, al celebrar por primera vez esta Jornada de la Vida Consagrada, indicó cuáles son sus tres fines:
1. Alabar y dar gracias al Señor por el gran don de la vida consagrada que enriquece y alegra a la comunidad cristiana;
2. Promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de ella y finalmente,
3. Invitar a los consagrados y consagradas a celebrar juntos las maravillas que el Señor ha realizado en ellos, con el fin de hacer más viva la conciencia de su insustituible misión en la Iglesia y en el mundo.
Desde este rincón mediático yo quiero unirme de corazón a estas intenciones, y me gustaría atraer a esta unidad a todos nuestros oyentes y lectores.
Me siento, en primer lugar, inmensamente agradecido por el gran don de la vida consagrada a la Iglesia. Creo que aún más que aquellos que tienen esa vocación –los religiosos y las religiosas- somos el resto del pueblo de Dios –sacerdotes seculares y laicos- quienes más podemos y debemos mostrar esta deuda de agradecimiento, al Dios que llama, por suscitar tantas vocaciones a la consagración todos los días, y a los mismos consagrados. Porque, ¿qué seríamos sin la riqueza de sus carismas, y sin el estímulo de sus testimonios? Allí donde hay un consagrado, y no sólo los misioneros o los que están en los ámbitos más fronterizos de la vida de la Iglesia, ahí hay un signo de cómo el amor de Dios a los hombres es capaz de llenar de felicidad el corazón entero de un hombre o de una mujer; y de cómo la entrega de una persona puede hacer que Dios siga haciendo milagros todos los días y en todas partes.
Me siento, en segundo lugar, llamado a promover, yo también, esta vocación maravillosa, porque los jóvenes tienen derecho a descubrir la pasión que cada carisma les ofrece para dar todo lo que son, y acoger toda la felicidad que alguien generoso puede recibir en esta vida.
Y, en tercer lugar, me siento también llamado a celebrar, es decir, a festejar, e incluso a sentirme orgulloso, por ser parte de una familia inmensa, la de la Iglesia, que cuenta en su haber con carismas que hacen de ella el jardín más hermoso y variopinto que puede ofrecernos la humanidad.

Misiones diocesanas vascas

Diócesis, Esperanza, Iglesia, Misiones, amor 1 Comentario

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 Las “Misiones Diocesanas Vascas”, promovidas y amparadas por las diócesis de Bilbao, San Sebastián y Vitoria, constituye una de esas realidades eclesiales de las que, no sólo por su pasado, sino también por su presente y por su esperanzador futuro, ofrecen motivos de sobra para dar muchas gracias a Dios y para abrazar con sano orgullo un agradecimiento eclesial a todos los que, tanto desde la retaguardia de la animación misionera en estas diócesis, cono desde la vanguardia de sus misioneros en los diversos lugares de la misión ad gentes, nos ofrecen todos los días un testimonio tan estimulante.  
El inicio de la aventura misionera de estas diócesis se hizo realidad en 1948: el Papa Pío XII encomendó el territorio de Los Ríos en Ecuador a las diócesis vascas, que por entonces eran una sola diócesis. Posteriormente les fueron encomendados otros territorios en África y América. Esa aventura largamente soñada tenía hondas motivaciones evangélicas, y fue animada desde el principio por el Espíritu. Ha sido el Espíritu Santo quien, sin duda, ha animado a estos misioneros a ser fieles y leales colaboradores de las iglesias locales en las que están. Les ha llevado a potenciar de una manera clara y nítida a laicos autóctonos para que asuman con responsabilidad su compromiso en la sociedad y al interior de la comunidad. Les ha llevado a profundizar la labor comunitaria, en sus dos vertientes: por un lado a fortalecer la red de Comunidades como presente y futuro de la Iglesia de los pobres; por otro lado, a hacer una tarea de verdadero Desarrollo Local, a formar agentes locales responsables de su propio desarrollo. Esto ha llevado a los misioneros vascos, como a los del resto de España y del mundo, a levantar dispensarios, hospitales, escuelas, talleres de formación integral y profesional, oficinas de Derechos Humanos, laboratorios de análisis clínicos, escuelas de danzas, comedores populares, bodegas de acopio y comercialización de productos del campo, cajas de ahorro y crédito, granjas, huertos comunitarios, microempresas familiares y comunitarias, proyectos de Desarrollo Local, viviendas populares, carreteras, puentes, tiendas comunitarias, movimientos políticos, y otras muchas tareas sociales.
A veces sólo conocemos de nuestra Iglesia, en su concreción diocesana, parroquia, cercana, los desafíos, los problemas, las dificultades. En cambio, en cuento las contemplamos de la universalidad de su comunión y de su misión, afloran los frutos de una vitalidad hasta entonces desconocida.

Desinformación mezquina

Iglesia, Laicismo, Medios de comunicación, Misiones, Política, Socialistas, amor 4 Comentarios

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 El sábado pasado la televisión pública que pagamos –ahora además íntegramente- todos los españoles, consiguió hacer un trabajo periodístico harto complicado y difícil, el de dedicar un reportaje de una hora de duración a la asistencia humanitaria en Haití tras el terremoto, sin hacer ninguna mención a la acción caritativa de la Iglesia, a sus misioneros, y a la presencia de ninguna de las grandes organizaciones eclesiales, haitianas e internacionales, que están desplegando una ayuda sin parangón en el país más pobre del mundo desde siempre, y como no ahora, tras la catástrofe.
Hemos sabido de la tristeza, el malestar y la incomprensión de los responsables de la gran mayoría de organizaciones eclesiales, de las que desde COPE nos hemos hecho eco de su ayuda, directísima, hacía los danificados por el terremoto, por este ocultamiento gravísimo. No por no ser mencionados, sino porque duele tener que reconocer que pueda haber tanta inquina, tanto desprecio, tanta ofuscación anticlerical y laicista en algunos medios de comunicación y en los gobernantes que marcan su línea editorial, como para hacer algo así. Y, para los que algo conocemos como se elabora un reportaje televisivo, no podemos dejar de preguntarnos cuantas horas de grabación habrán terminado en la basura, porque en ellas aparecerían necesariamente signos visibles de este presencia (misioneros con algún tipo de identificación, logotipos de algunas de estas organizaciones, etc…), o cuantas entrevistas y contactos rechazados a quienes, desde el minuto cero, han estado allí porque llevan años estando allí, ayudando a los habitantes de este país olvidado del rico occidente. Un ocultamiento de este calibre coloca a Televisión Española en el liderazgo de la desinformación más mezquina posible, la de pretender intencionadamente que no se que conozca el bien que se hace.
Como nos decía nuestra colaboradora en COPE especializada en el Tercer Mundo, María Eugenia Díaz, que lleva más de 20 años contando lo que en países como Haití está pasando, y la acción de la Iglesia y de las diversas ONG´s presentes, en estas situaciones de emergencia llama mucho la atención el olvido de quienes llevan allí años y que, hasta donde ella sabe, “ninguno de los misioneros y misioneras se han movido de donde estaban y donde seguirán, independientemente de que no sabemos cuantos han desaparecido….o sea la Iglesia al pie del cañón. Como siempre…..”.
 

Con un corazón revestido de misericordia

Fe, Iglesia, Misiones, Obispos, amor Sin Comentarios

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 Sólo hay una guerra inevitable e ineludible. Sólo hay un tipo de batallas que el misterio de la libertad humana provoca incansable y necesariamente. Es la guerra, son las batallas, del corazón. En todo corazón humano se establece una batalla continua y permanente entre la autosuficiencia y la humildad, entre el egoísmo y la generosidad, entre el interés y la gratuidad.
Esta mañana monseñor Francisco Pérez González, arzobispo de Pamplona y Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, lo explicaba así en la rueda de prensa de la campaña de la Infancia Misionera: “Para ser constructores de algo nuevo se ha de adquirir la relación con Dios. Y si esta relación no es correcta, todas las demás relaciones con cuanto puede haber de bueno, fundamentalmente no funcionan. El mundo, la sociedad, las relaciones humanas, se han de ver a la luz de Dios. El ser humano no se ha inventado a sí mismo, y si fantásticamente quiere hacerse a su imagen, fracasa y de forma dramática desespera”. Por eso, añadía: “las propuestas del hedonismo o del materialismo lo único que producen son monstruos desesperados que buscan, como locos, la felicidad y la paz”.
En realidad, pienso yo, sólo el corazón que quiera latir como el Corazón de Cristo puede liberarnos de esta esclavitud.
Decía también monseñor Francisco Pérez que Jesucristo “es camino de vida nueva y nos muestra la grandeza de su amor que es misericordia, fuente de reconciliación. Nunca se puede perdonar si antes no nos hemos sentido perdonados. La fuerza del amor no sólo es gratuidad, sino ante todo, misericordia”.
Cuando hoy –no lo dejes para mañana- envíes tu donativo a los damnificados por el terremoto de Haití, o dentro de dos domingos, a los niños del Tercer Mundo a través de la Infancia Misionera, no te quedes satisfecho. Un poco de generosidad, un poco de compasión, y un poco de gratuidad, no bastan. En tu corazón, como en el mío, una batalla se está librando. No quieras cambiar el mundo sin dejar que Dios te cambie a ti, sin dejar que Dios cambie tu corazón, de un corazón de piedra, a un corazón de carne empapado y revestido de misericordia.

Fueron y vieron, y dieron su vida

Centro América, Denuncia Social, General, Iglesia, Misiones 9 Comentarios

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 ”Fueron y vieron”. Lo dice el primer capítulo del Evangelio de San Juan, cuando nos narra el momento, e incluso la hora, en el que los primeros discípulos del Señor se encontraron con Él. La experiencia descrita es la experiencia humana fundamental, la del encuentro, con la respuesta  anhelada por todo hombre: “¿qué buscáis? (…) venid y veréis”. Y ellos “fueron con Él, vieron donde vivía, y pasaron aquel día con Él”. Así de sencillo, y de impresionantemente grande, fue aquel encuentro, y así fue desde entonces y desde siempre todo verdadero encuentro con la Verdad. Fueron y vieron. Tras la llamada a la movilidad, a la disponibilidad, a la prontitud para cambiar, para mudarse, para salir del propio entorno y de la propia cultura, de la propia casa y de la propia mentalidad, Dios siempre invita a ver, a ver con claridad, a ver sin filtraciones ni ocultaciones, a encararnos con la realidad, nuestra propia realidad, la de nuestros hermanos, la de nuestro mundo. Un encuentro que continuamente se renueva, “hiendo” cada vez más lejos, a donde Él llama, y “viendo” cada vez más, aquello que Él nos enseña.
También “fueron y vieron” todos aquellos cristianos que sabiéndose llamados, han visto, con Dios y desde Dios, el dolor de su pueblo, las injusticias, las atrocidades, las hambrunas, el mundo de la marginación y de la insolidaridad, los infiernos de la opresión y de la miseria. Y porque han ido allí donde está, porque se han lavado los ojos de las legañas de la indiferencia y de la justificación, han denunciado y han anunciado, han cambiado sus corazones, y han compartido la vida de los pobres, les han ayudado al despertar de su dignidad, y han sido entre ellos semilla de esperanza y de paz, hasta dar la vida. Fueron y vieron, entre tantos y tantos, aquellos jesuitas de El Salvador, que a través de la Universidad Centroamericana José Simón Cañas,  enseñaban a “ver y pensar”, con una “confesada opción por los pobres de quienes, -cómo el mismo rector Ignacio Ellacuría decía- aprende en su realidad y en su múltiple expresión integrante y apuntante. Se pone de parte de ellos para poder encontrar la verdad de lo que está pasando, y la verdad que entre todos debemos buscar y construir”. Hoy se cumplen 20 años de aquel día en que fueron brutalmente asesinados los jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Joaquín López, y Elba y Celia Ramos. Ver y pensar, y después escribir, hablar, denunciar la injusticia, procurar la paz, fue lo que desencadeno la ira de sus asesinos. Como tantos otros miles de mártires de la Iglesia de hoy, la opción por los pobres, en el seguimiento de Jesucristo, les costo la vida.

La siembra

Misiones Sin Comentarios

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   Hoy celebramos en España el DOMUND, el Domingo Mundial de las Misiones, a través del acercamiento al testimonio de los misioneros, la oración por las misiones, y la ayuda concreta a su labor a través de la colecta eucarística. Cuando llega este día, solemos recordar la importancia que tiene para la Iglesia la acción misionera y el inmenso ejemplo que nos dan de entrega a los demás los misioneros. Dos realidades inseparables y que, a través de los miles y miles de testimonios vivos y concretos, podemos y debemos contar, hasta el punto de no alcanzar a agotar ni las páginas de los periódicos ni las horas de las radios y las televisiones de todos los días. Pero tal vez nos olvidemos, al contar esto, de lo más importante. Me di cuenta de ello cuando hace dos veranos estuve unos días en un convento donde la mayoría de las religiosas que allí viven son ancianas misioneras, siendo cada una de ellas un pozo sin fondo de sabiduría, de experiencia, de entrega, tras una vida entera de una misión a otra por todos los continentes, desviviéndose por la evangelización de los hombres.
 Me di cuenta entonces, al mirarlas a los ojos, al escucharlas, que aquellas misioneras me estaban transmitiendo un testimonio que iba mucho más allá del ejemplo de una vida plena de realizaciones personales, de satisfacción por el bien realizado, o de grandes hazañas misioneras. Me di cuenta que lo que esas mujeres había hecho y seguían haciendo exactamente igual ahora con ochenta o noventa años, que cuando tenían veinte o treinta, era amar a Dios sin esperar nada a cambio, ni aplausos ni éxitos, ni satisfacciones ni reconocimientos, ni siquiera la conciencia de haber entregado toda su vida como nadie en este mundo al servicio de la Iglesia y de la humanidad. Me di cuenta de que lo que estas misioneras guardaban en su corazón es una inmensa gratitud a Dios por haberlas dado la oportunidad de sembrar la semilla de su palabra y de su amor incondicional a los hombres, sin fijarse ni siquiera en si esa semilla había dado o no fruto, o cuando, o como, o en que cantidad. Me di cuenta de que estas misioneras tenían una lógica no sólo distinta, sino totalmente contraria a la de este mundo, en cuyas empresas, hasta las más honestas y benéficas, hasta las más solidarias y generosas, buscan medir si se cumplen o no los objetivos programados, y si el esfuerzo de los medios utilizados ha merecido la pena según sean los resultados. Y me gustaría, aunque tendríamos que ser muy pacientes y esperar el momento de cada uno, que los jóvenes de hoy, incluso los más generosos y entregados, puedan, aunque sea tan tarde como yo, entender un día a través del testimonio profundo de los misioneros, que para cambiar este mundo hay que empezar por dejar que Dios nos cambie a nosotros.  

El secreto

Misiones, Santos Sin Comentarios

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 Tanto el poso de alegría y de esperanza que nos dejo a todos ayer las canonizaciones de cinco nuevos santos, como la celebración hoy de la Fiesta de la Virgen del Pilar, como la preparación ante la celebración, el domingo que viene, del DOMND, del Domingo Mundial de las Misiones, nos pone ante la oportunidad de seguir preguntándonos por el “secreto” de María, por el secreto de los santos, y por el secreto de los misioneros.
Me pregunto especialmente por la experiencia de los jóvenes, en primer lugar de esos miles de jóvenes que este fin de semana han participado en Roma en la fiesta de la proclamación de los nuevos santos. Me pregunto también por la experiencia de los jóvenes que estos días, hucha en mano, están haciendo la colecta del Domund, que están hablando y pidiendo por los misioneros. Me pregunto por los jóvenes que hoy, en Zaragoza, pero también en tantas ciudades de España y de América, van a llevar sus flores, sus oraciones, sus anhelos y sus inquietudes a la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad. Y por su puesto me pregunto por todos los jóvenes del mundo que ya en la agenda de sus corazones, han apuntado un lugar y una fecha: Madrid, agosto del 2011.
Y es que no querría por nada del mundo que se quedasen sin el fondo y el trasfondo del “secreto” de María, del “secreto” de los santos, y del “secreto” de los misioneros. Porque a aquellos jóvenes, aún tan pocos, a los que haya podido llegar la Iglesia para que se sintieran atraídos por ellos, les podríamos haber hablado mucho de la fortaleza y de la voluntad, de los méritos y del compromiso de estos santos, en clave de “hacer” tantas cosas, de “emprender” tantas iniciativas, e incluso de “adelantarse” a su tiempo, o al resto de las personas, a la hora de entregarse a Dios y a los hombres. Pero es posible que no les hayamos mostrado tanto algo que, a decir verdad, al joven le cuesta más entender, pero que es crucial en la experiencia de María, en la experiencia de los santos, y en la experiencia de los misioneros: que más que “hacer”, se “han dejado hacer” por Cristo; que más que “emprender”, han luchado contra pruebas y “demonios” por mantener lo emprendido, y sobre todo por mantenerse ellos mismos; y que más que “adelantarse”, que lo han hecho, lo que han logrado, sobre todo, es esperar, esperar, esperar, a veces contra toda esperanza, la intervención de Dios que hace nuevas todas las cosas. En realidad, María, los santos, los misioneros, son más grandes por su fidelidad, que por su compromiso.

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