La Cruz de los jóvenes en la cárcel de Soto del Real
La Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, que está recorriendo las diversas parroquias madrileñas, en estos días las del barrio de Vallecas, hoy ha hecho un salto para hacerse presente, con el párroco y los jóvenes de la Parroquia vallecana de Nuestra Señora de la Misericordia, en la Cárcel de Soto del Real, con ocasión de la visita que a dicho centro penitenciario hace todos los años en estas fechas el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, para llevar a los presos el aliento y la cercanía de la Iglesia, así como el testimonio de la buena noticia, siempre buena noticia, del nacimiento del Hijo de Dios entre todos los hombres y para todos los hombres, y salvador, redentor y liberador de todos los hombres.
Cuando Benedicto XVI recibió a los jóvenes españoles en audiencia para entregarles la Cruz Peregrina de las Jornadas Mundiales de la Juventud, inicio de un peregrinar por todas las parroquias madrileñas, primero, y por todas las diócesis españolas, después, hasta la gran celebración en Madrid para el verano de 2011, les animó a descubrir en la Cruz la medida infinita del amor de Cristo, y poder decir así, como san Pablo: “vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Ga 2,20). Y les dijo: “Sí, queridos jóvenes, Cristo se ha entregado por cada uno de vosotros y os ama de modo único y personal. Responded vosotros al amor de Cristo ofreciéndole vuestra vida con amor. De este modo, la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud, cuyos trabajos habéis comenzado con mucha ilusión y entrega, serán recompensados con el fruto que pretenden estas Jornadas: renovar y fortalecer la experiencia del encuentro con Cristo muerto y resucitado por nosotros”.
De esto se trata, del encuentro con Cristo. Y la cruz de las Jornadas Mundiales, que no es ni talismán mágico ni una fuente de poder milagroso, si es signo de la presencia de Cristo, que se sirve de todo para amarnos siempre, consolarnos en los momentos difíciles, y despertarnos siempre la esperanza, a la comunión, y a la misión. ¡Y qué gran acierto el de que esta mañana esta cruz haya podido estar en un centro penitenciario! Porque si esta misma cruz, desde hace tantos años, ha sido testigo de tantas lágrimas como sonrisas, vueltas de hijos pródigos a la casa del Padre y conversiones, de tantos millones de jóvenes de todo el mundo, ¿no habrá sido su presencia también una ocasión privilegiada para suscitar en los presos consuelo y esperanza en el encuentro o el reencuentro con Cristo?



