El Delibes que llevamos todos
 No sólo el realismo, sino la belleza literaria intrÃnsicamente ligada al realismo, caracteriza la obra del gran novelista contemporáneo español que nos dejo el pasado viernes, Miguel Delibes. Un realismo, a mi corto entender, propuesto en dos niveles superpuestos: el primero el de la hondura del drama y de la sabidurÃa humana arraigada en la experiencia del hombre, frente a la erudita y superficial irrealidad con la que la cultura de cartón piedra de los tópicos y la zafiedad pretenden huir de la verdad. El segundo nivel, es el del realismo que ahonda en el corazón humano, en su innata fragilidad y dependencia, que en sus obras, como en la vida misma, muestra toda su vulnerabilidad, y en ella, toda la grandeza de su reclamada salvación.
Delibes fue quien expresó, a mi parecer mejor que nadie en nuestro idioma, y mejor que nadie desde nuestra idiosincrasia española, tres experiencias por las que, supongo, Dios Providente querrá que pasemos todos o casi todos los hombres, porque son tres pruebas del dolor por las que, si se afrontan paciente y sabiamente, uno alcanza esa madurez nunca deseada, aunque en el fondo, siempre anhelada. Esas tres experiencias son, como bocanadas férreas e inmisericordes de realidad, la soledad, el oprobio, y la burla. PodrÃamos hasta clasificar las obras de Delibes por estas tres vivencias en sus personajes, y en alguna de ellas, como en “Los santos inocentesâ€, encontramos las tres a la vez. Son tres pruebas de un dolor que se vive en la más profunda intimidad, pero que tienen su causa, aunque sea meramente circunstancial, y su ensoñadora pista de salida, su utópico deseado desenlace, en los demás, en la relación con nuestros prójimos. Pero que sólo se asumen y se superan desde el encuentro, radical y decisivo, con Aquél que es el único que jamás nos abandona, que jamás nos deshonra, que jamás hace escarnio de nosotros, porque nos ama inmensamente. Es más, porque es el único que ha hecho suyas la soledad, el oprobio y la burla, de toda la humanidad.
Al recordar a Delibes, y aunque posiblemente nunca se leyeran el uno al otro, yo querrÃa recordar a la mÃstica y escritora italiana, aunque universal, Chiara Lubich, que hoy hace dos años que también nos dejo. Ella, de un modo mucho más explÃcito, pero también de un modo tan auténticamente evangélico que llegaba a todos los hombres, creyentes y no creyentes, no hizo otra cosa que aquello que expresó en esta suplica que tanto tiene que ver con la soledad, el oprobio y la burla vividas por Jesús, y vividas por tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo: “QuerrÃa dar testimonio ante el mundo de que Jesús Crucificado y Abandonado ha llenado todo vacÃo, ha acompañado toda soledad, ha anulado todo dolor, ha iluminado toda tiniebla, y ha borrado todo pecadoâ€.



