La barbarie de la eutansia

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 Sobre la “Ley de Derechos y Garantías de la Dignidad de la Persona en el Proceso de la Muerteâ€, que ayer aprobaba el Parlamento de Andalucía, el Cardenal Cañizares ha pedido esta mañana en los micrófonos de COPE reflexionar sobre “¿qué es la muerte digna sino morir como Dios quiere que muramos, sin que sea por obra humana?â€. En la declaración Iura et Bona, de la Congregación para La Doctrina de la Fe, se explica tanto el contexto cultural como la respuesta cristiana a esta viejísima tentación inhumana. Respecto al contexto contemporáneo de la nueva justificación de esta barbarie, se dice que:
1. “en la sociedad actual (…) la modificación de la cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte; la medicina ha aumentado su capacidad de curar y de prolongar la vida en determinadas condiciones que a veces ponen problemas de carácter moralâ€. Y también que:
2. “los hombres que viven en tal ambiente se interrogan con angustia acerca del significado de la ancianidad prolongada y de la muerteâ€, y “ si tienen el derecho de procurarse a sí mismos o a sus semejantes la muerte dulce, que serviría para abreviar el dolorâ€.
Y respecto a la respuesta de la Iglesia a este fenómeno, dicho documento afirmaba con severidad que:
1. Que “nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizanteâ€.
2. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamenteâ€.
3. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidadâ€.
4. Y que, aunque “razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otrosâ€, y aunque “en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia -aunque fuera incluso de buena fe- no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisibleâ€.

Día de la libertad de información

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 De la Libertad de Información –hoy celebramos el día de su defensa- ha hablo mucho, con rigor y con autoridad moral –aunque desde los tópicos ideológicos comúnmente aceptados esto sea impensable- el Magisterio de la Iglesia. En él se deploran las tentativas de las autoridades públicas de bloquear el acceso a la información, considerándola amenazadora o molesta; manipular al público con la propaganda y la desinformación; o impedir la legítima libertad de expresión y opinión. También denuncia que siendo los regímenes autoritarios los peores transgresores, el problema también existe en las democracias liberales, donde, a menudo, el acceso a los medios de comunicación para la expresión política es muy escasa, y desde el poder político, no se respeta la verdad y la lealtad, calumniando a quienes desde los medios los critican.
No es difícil en la aún débil democracia española constatar la tentativa del poder político de no respetar la formulación más o menos provocativa de la objetividad de las noticias, desacreditar el periodismo de investigación, denigrar a los comunicadores críticos, e infravalorar los problemas sociales que los medios reflejan. Hoy a no pocos medios de comunicación y a sus profesionales se les acusa sobre todo de dar y de valorar como graves aquellas noticias que el poder político trata siempre de ocultar o minimizar. En estos últimos años, por ejemplo:
• la gravedad de la aniquilación legal, conceptual y cultural del matrimonio,
• la gravedad de las leyes de educación, que incluyen adoctrinamientos ideológicos y pérdida de libertad de los padres en la educación de sus hijos.
• la gravedad de la nueva legislación del aborto y de la promoción de la cultura de la muerte,
• la gravedad de la permanente escenificación del revisionismo histórico como vuelta al enfrentamiento entre “dos españasâ€,
• y la gravedad del escarnio contra la Iglesia Católica.
Pero a pesar de que se intente frenar la pluralidad informativa, y se trate de desarticular desde la propaganda con un aparato mediático muy fuerte por parte del poder, la mermada, pero existente, libertad informativa en España, desarrolla una misión primordial para mantener la democracia, y los medios y comunicadores católicos, libres de ideologías, están en la vanguardia de esta importante misión social.

El último autor del 11-M

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 Han pasado ya seis años del terrible atentado terrorista del 11-M en Atocha, que se cobró la vida de 192 personas, y que lleno de desaliento a sus familias, a toda la sociedad española, y a toda la comunidad internacional. Seis años después no sabemos aún a ciencia cierta quienes fueron los autores de aquella masacre, pero sabemos quien fue el autor principal, porque actos de tal magnitud de inhumanidad sólo pueden tener un autor principal, que es el mismísimo maligno, y todos los demás, autores intelectuales o materiales, o como se les llame, no son más que instrumentos suyos, servidores suyos.
El demonio está mucho más presente de lo que creemos en la vida de los hombres, de la sociedad, de todo lo que pasa. Pero en algunas ocasiones, como en Madrid hace seis años, sale de su habitual ocultamiento y despliega sus fauces más violentas, provocando el espectáculo que tanto le gusta: muerte, sangre, destrucción, dolor, lágrimas, desesperación. Pero al maligno no se le combate fácilmente en esos días negros de la historia, sino en el día a día, cuando actúa en el silencio, cuando planifica, prepara, predispone, lo que luego provocan los grandes desastres del hombre contra el hombre, que son la expresión más genuina de la acción del maligno contra Dios a través de sus hijos, unos verdugos, otros víctimas, unos por él utilizados, otros como espejo de Dios mismo, que como Padre, los ama inmensamente.
Y en esta batalla permanente, estamos también todos nosotros. Llamados no sólo a elegir, como diría San Ignacio, bajo que bandera estamos, por lo que es tan perniciosa la ambigüedad con respecto al terrorismo, y a todos los males morales, sobre todo aquellos que más atentan contra la dignidad humana.
Pero además de elegir con quien estamos –el Evangelio de hoy nos recuerda el dilema de Jesús: “el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama†(Lc. 11, 23)-, tenemos que estar vigilantes, porque el maligno está como “como león rugiente buscando a quien devorar†(1 Pedro 5:8). ¿Y como lo hace? Pues no sólo lo hace enloqueciendo a alguien para el espectáculo extraordinario del mal, sino también acobardándonos, silenciándonos, adormeciéndonos, frenándonos; para que no estemos del lado del que sufre, para no dar esperanza a quien lo necesita, para que no perdonemos a quienes nos ofenden; para que Dios no pueda construir, en las pequeñas cosas de la vida, su Reino; para que con el espectáculo ordinario del mal, ir preparando el extraordinario.

“¡Es mi vida!, está en tus manosâ€

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 Dos noticias de actualidad hacen referencia entre ayer y hoy al crimen del aborto. Las dos nos muestran el contraste entre la realidad y la falsificación, entre el clamor por la vida y la organización sistemática de la muerte, entre la irracionalidad e inhumanidad de las legislaciones, y su normalización y financiación internacionales.
La primera noticia –que ayer desde estos micrófonos dimos ampliamente- es la de la presentación de la campaña de la Iglesia española para la Jornada por la Vida, a celebrar el 25 de marzo, fiesta de la Encarnación del Señor. El slogan de este campaña nos remite a la centralidad de la cuestión sobre la defensa de la vida, que no es otra que la persona, la persona real y concreta, que además es la más inocente y la más indefensa posible, que clama por su derecho a vivir. El único fin que tenemos los que defendemos la vida desde el primer momento de la concepción son esos cientos de miles de personas a los que año tras año se les niega el derecho a vivir. El clamor que grita “¡Es mi vida!, está en tus manosâ€, nos remite al rostro concreto del ser humano, que no pudiendo gritar físicamente, aunque si que se intenta defender como puede cuando se le quita la vida en el seno materno. Y este grito es tan elocuente que a su lado quedan al descubierto la iniquidad y la falsedad del mensaje del gobierno español y del movimiento pro-abortista, que utilizan todo tipo de argucias, eufemismos, siglas y vericuetos lingüísticos, como es la “interrupción del embarazoâ€, ahora renombrado con la abreviatura “IVEâ€, o el “derecho a elegirâ€, cuando ni matar a alguien es jamás interrumpir su vida mortal, porque no puede volver a ella; ni usar unas siglas evita pronunciar la palabra embarazo, que ya de por si llama a la vida; ni por su puesto hablar de derecho a elegir puede designar lo contrario, es decir, que a alguien no se le permita elegir seguir viviendo. Pero gracias a campañas como ésta no podrán impedirnos el encuentro real con la principal víctima de este drama impulsado por la ley, que es el niño gestante al que no se le deja nacer del único modo como no se le puede dejar nacer, que es matándolo antes de nacer.
La segunda noticia es tremenda, sarcástica, y denigrante. A la hora de hacer cuentas para los fondos de Ayuda al Desarrollo, con los que bajo el eufemismo de ideología de género, se financian proyectos pro-abortistas en el Tercer Mundo, Naciones Unidas reclama a nuestro gobierno que no son suficientes los 68 millones de dólares de todos los españoles destinados a estos fondos.

Ejemplo de perdón

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 Cuenta en la revista Vida Nueva su director, Juan Rubio, biógrafo de Lolo Lozano Garrido, cuya beatificación ha sido anunciada para el mes de junio de en Jaén, una hermosa anécdota de este periodista español a punto de subir a los altares: “Acabada la contienda, que no la guerra –comienza a relatar Juan Rubio-, desde el lado vencedor comenzaron las delaciones, acusaciones, venganzas (…) Lolo fue llamado para que señalara con el dedo a sus perseguidores y los delatara. Su firma está al pie del documento y una línea trazada en diagonal; un silencio absoluto, una amnesia evangélica. No quiso decir nombre alguno. Era la hora de la reconciliación. Más tarde escribiría: Ese día arranqué del diccionario la palabra odio. La cambió por perdónâ€.
Este elocuente y escalofriante testimonio de Lolo nos puede llevar a hacer infinidad de consideraciones. Podríamos, por ejemplo, reflexionar sobre ese peligro del poder político y cultural, que en los últimos años han denunciado nuestros obispos, de desenterrar el hacha del rencor de aquella contienda a través de la memoria histórica. Pero al hacerlo, y es necesario hacerlo, no nos deberíamos quedar ahí. Como tampoco podemos quedarnos, en la defensa de la vida, con denunciar la inhumanidad de la nuevas leyes que nos están imponiendo, sino conseguimos penetrar en todos los ámbitos de la sociedad para despertar un adormecido y relativizado amor y respeto a la vida. Pues bien, tampoco serviría de mucho denunciar esta corriente de enfrentamiento y de inquina respecto a nuestra historia reciente, el de la memoria histórica, sino vamos al origen de esta desafortunada manera de entender la memoria, que junto a la radicalización ideológica, está en el corazón de los hombres. No sólo en el de sus promotores, sino en el de muchos en la sociedad española. Porque ese rencor, que nunca desapareció del todo entre los españoles, ha resurgido con una crisis moral que abarca todos los ámbitos de la existencia. 
Por eso, nunca un tiempo de conversión como la cuaresma es atemporal. Por eso, en la vida personal, familiar, laboral, económica, política y social, las palabras de Jesús proclamadas en la liturgia de hoy son de rabiosa actualidad: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá†(Lc. 6, 36-38).

10 horas por la vida

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 De la aprobación definitiva esta semana, en el Senado, de la nueva ley del aborto, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la CEE, ha dicho en los micrófonos de COPE que, “en contra de los eslóganes políticosâ€, la ley “no prevé la prestación de ninguna ayuda a la mujer gestante que tenga dificultades y que esté tentada de eliminar al hijo que lleva en su vientre, para que pueda seguir con esa gestación y para que pueda evitar la tragedia que supone para ella ese acto tremendoâ€. La nueva ley, de hecho, ha conseguido “convertir el crimen en derechoâ€. La pregunta ahora es: ¿qué podemos hacer ahora? Y la respuesta no puede obviar que, fruto de la manipulación de la propaganda abortista, pero sobre todo de la crisis moral que padece nuestra sociedad, si una parte considerable de la misma sufre una gravísima deshumanización, otra nada desdeñable sufre amnesia de la conciencia y pasiva resignación. Por eso, porque la verdad esta de nuestra parte y que nuestra debilidad se convierte en fortaleza cuando estamos unidos, sabemos que ésta es la hora.
1. Es la hora de la verdad, porque sabemos que el crimen del aborto es tan abominable como todos aquellos crímenes, viejos y nuevos, que tanto nos avergüenzan.
2. Es la hora de la libertad, que está a favor de la vida y del bien del hombre, y no dejarnos vencer por la espiral del silencio, el derrotismo o la presión social.
3. Es la hora de la conciencia formada y firme, de su hondura, su honestidad, y su valor para afrontar la defensa de la vida y promover la cultura de la vida.
4. Es la hora de la familia –de los padres, de los hermanos, de los abuelos- porque es allí donde el verdadero amor puede frenar un delito que nace de la soledad.
5. Es la hora de los jóvenes, que sin prejuicios ideológicos, y buscadores de verdad y de bien, puedan demostrar que no hay nada más viejo que la cultura de la muerte.
6. Es la hora de los educadores, llamados a despertar en los jóvenes el valor sagrado de la vida, el sentido de responsabilidad, el espíritu de entrega y amor a los demás.
7. Es la hora de los médicos, cuidadores de la persona, física, psíquica y anímicamente, porque son los primeros que pueden inculcar amor a la vida a jóvenes y mayores.
8. Es la hora de los laicos, que en unidad con creyentes de otras confesiones o con no creyentes, tienen como vocación construir un mundo que respete y ame la vida.
9. Es la hora de toda la Iglesia, donde habita la única comunión con el hombre capaz de arrojar luz en la oscuridad y de despertar esperanza en la ofuscación.
10. Es la hora de Dios, porque sólo él, dador y salvador del hombre, puede, si le abrimos las puertas del corazón, prender por doquier el fuego del amor a la vida. 

Panorama de la libertad religiosa

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 Anoche, en una conferencia sobre la Libertad Religiosa en el mundo, en la Universidad CEU San Pablo, Javier Menéndez Ros, director de Ayuda a la Iglesia Necesitada en España, dijo que a pesar de que pueda parecer lo contrario en un contexto internacional en el que las apelaciones a los derechos fundamentales del hombre son moneda de uso común, “la situación de falta de libertad religiosa empeora en el mundoâ€. Y que en el caso de los cristianos, sufren algún tipo de restricción o persecución a causa de su fe en unos 60 países a lo largo del mundo. Es decir, que hay más de 350 millones de cristianos que “están sufriendo por su feâ€. Muchos de ellos ven su vida en peligro a causa de su confesión religiosa. Fue el caso de los 20 misioneros que perdieron su vida en 2008 o de los cuatro cristianos asesinados recientemente en Irak “por el solo hecho de serloâ€. Junto a la situación en Irak, recordó la realidad de la Iglesia en China, un país que “destaca por la persecución de los cristianosâ€, y por el elocuente contraste entre su vertiginoso despegue económico y la realidad de falta de libertad religiosa.
Pero lo más llamativo de la conferencia de ayer de Javier Menéndez Ros es sin duda la explicación de la situación de persecución religiosa en los países de tradición cristiana, en las sociedades occidentales, en las que se da un “silencio culpable†en el debate público, en la calle, y por su puesto en la mayoría de los medios de comunicación. Este mutismo lleva a la situación por la que en España, decía Menéndez Ros, “lo de insultar y ofender gratuitamente a nuestra fe y nuestros símbolos sagrados es una constanteâ€.
Otro ámbito, añado yo, del desprecio a la conciencia religiosa consiste en el propósito de reducir todo debate social sobre la dignidad humana con parámetros objetivos y racionales a “prejuicios religiososâ€. El que los cristianos seamos los primeros en denunciar la recién aprobada ley del aborto, o que haya desparecido del ordenamiento jurídico el matrimonio, y por tanto la institución familiar, y con ella el reconocimiento de su existencia, de su verdad, de su identidad y de su servicio a la sociedad, no significa que estos hechos no sean objetivos y de trascendencia moral y política mucho más grave que tantos otros males de la historia –esclavitud, torturas, masacres, etc…- y por tanto no una especie de manías de los cristianos, que por su puesto somos tildados siempre de “ultrasâ€, “neoconâ€, y todos los neologismos despreciativos posibles. Y este despreciable arrinconamiento es también persecución religiosa. 

Lo que no es posible para los hombres, es posible para Dios

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 Con ocasión del famoso desayuno de oración de esta mañana en Washington al que asistió nuestro presidente del gobierno invitado por el de Estados Unidos, he recordado una célebre oración anglosajona, que dice así: “Dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; la valentía para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para distinguir lo uno de lo otroâ€. A pesar de su respetable incredulidad habitual, he soñado con que nuestro presidente, habiendo participado en este encuentro de oración, de cuya intencionalidad no tengo yo porque tener ningún prejuicio, hubiese podido respirar un atisbo de esa apertura del alma que siempre ofrece la experiencia de cerrar los ojos, dejarse mirar por Alguien infinitamente más grande que nosotros, y atreverse a decirle algo así desde nuestra radical pequeñez.
“Dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiarâ€; Ojala que, detrás de esa apariencia de serena seguridad, habitual en quienes tienen importantes responsabilidades de gobierno, nuestro presidente haya podido esta mañana reconciliarse un poquito con la realidad, para que, ante situaciones tan difíciles de resolver, como son la crisis económica, y la aún peor crisis moral, pueda dirigirse a sus gobernados con humildad, y reconocer que no sabe, no puede, no tiene la barita mágica, como para cambiarlas. Porque sólo desde la humildad, uno puede ver la luz para encontrar soluciones, o al menos, abrir el oído para escuchar a quienes las puedan tener.
“Dame Señor la valentía para cambiar las cosas que puedo cambiarâ€: Ojala que nuestro presidente haya podido oír el clamor de quienes exigen de él una decisión urgente: los cientos de miles de niños a los que con sus leyes impide nacer, y los cientos de miles de personas de todas las edades que, dentro y fuera de nuestras fronteras, sufren constantes vulneraciones de sus derechos humanos. Porque cuando la oscuridad ofusca la razón del gobernante, sólo un golpe de gracia, favorecido por la apertura a la fe, es capaz de dar luz.
Y “dame, Señor, la sabiduría para distinguir lo uno de lo otroâ€: una sabiduría que también, y sobre todo, exige, como decía el Patriarca Atenágoras, “desarmarseâ€, porque, “si nos desarmamos, si nos despojamos, si nos abrimos al Dios-hombre que hace nuevas todas las cosas, entonces él mismo borra el pasado malo y nos restituye un tiempo nuevo donde todo es posibleâ€.
¿Les parece utópico este sueño? No crean. Bien lo dijo Jesús: “lo que no es posible para los hombres, es posible para Dios†(Mc. 10, 26-27).

Penosa justificación

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 Línea Editorial COPE acaba de pedir a don José Bono, Presidente del Congreso de los Diputados, que no pretenda engañarnos justificando su actitud en el magisterio de la Iglesia, cuando es diametralmente contraria a esta, como ha hecho hoy en el penoso artículo publicado en El País.
Las contradicciones de dicho artículo son tan evidentes, que llegan a provocar vergüenza ajena, porque no se puede sostener a la vez que “el mar menor†del aborto se impone por que sino serían más los abortos realizados en la clandestinidad, y al mismo tiempo reconocer que la actual ley “ha llevado a España a una indeseable situación de aborto libre cuando no arbitrario…que ha hecho de España un paraíso del turismo abortistaâ€. Y tampoco se puede sostener a la vez la convicción de que “en el seno materno se alberga una vida humana en formación que es digna de protecciónâ€, y al mismo tiempo, defender la ley que más desprotege al nasciturus, al que ni siquiera a partir de las 14 semanas de vida se le reconoce algún derecho a vivir, porque no reconoce que exista un bien a proteger y un delito si no se protege.
Pero más aberrante aún en esta justificación es la cita de la Encíclica Evangelium Vitae de Juan Pablo II, un texto en el que se dice expresamente que “el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo –continua diciendo- no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de concienciaâ€. Al citar hipócritamente el párrafo en el que el Siervo de Dios explicaba que sólo cabría una cuestión de conciencia  “en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votaciónâ€, el presumible autoengaño, o la evidente pretensión de engañar a los diputaos católicos de la Cámara, es siniestro, porque utiliza la artimaña de la confusión. Precisamente, el Magisterio de la Iglesia, por boca de los Sucesores de los Apóstoles que rigen la Iglesia que peregrina en España, y el sentir de los parlamentarios católicos en comunión con la misma, es que precisamente por este argumento han de votar contra esta ley, a todas luces más permisiva, aunque este voto no signifique, por si mismo, la derogación de la ley vigente, también injusta, en la que al menos se reconoce que existe un bien a proteger, aunque la formulación de los supuestos lo haga inviable.
Pero aún hay algo peor en esta penosa justificación del Señor Bono, y es el querer reivindicar, por medio de la ley que permite el asesinato indiscriminado de los seres más inocentes, y que se dispone a aprobar, una dimensión de “comprensión y misericordia†para la mujer que aborte que, según él, la Iglesia pretende monopolizar. No menos perverso es este mensaje, por el que, en el fondo, se le dice a la mujer: “no dejes que la palabra de los que quieren no sólo salvar la vida de tu hijo, sino tu propia felicidad, te confunda, aunque, si no les haces caso, te acogerán con los brazos abiertos para ayudarte. Mejor es que te dejes embaucar por aquellos que prefieren que te quites, y les quites, el problema de encima abortando, porque cuando por toda tu vida sufras el trauma de haber dejado que tu hijo muriese dentro de ti, ellos, seguro, que no van a estar a tu lado para ayudarte, que ya fueron comprensivos contigo al matar a tu hijo con un fármaco o con un bisturíâ€.

Caridad Política

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 Este año el Congreso Católicos y Vida Pública aborda el tan interesante como urgente y apasionante tema de “La Política al servicio del bien común”, y como van a ser muchos los políticos que van a intervenir en él, de tantos países distintos, podemos decir que el corazón del congreso va a ser el testimonio de los políticos al servicio del bien común en general, y de los políticos católicos al servicio del bien común, y  del Reino de Dios, en particular.
Cuando hablamos de esta particular vocación cristiana que Pablo VI llamó caridad política y calificó como la más perfecta caridad, casi siempre pensamos en la coherencia de sus planteamientos políticos con el magisterio social y político de la Iglesia, o en los temas legislativos más sensibles con la mirada cristiana de la polis, de la ciudad, de la política, como son la defensa de la vida, de la familia, de la justicia social, de la libertad educativa y mediática, y de la concordia y la paz dentro y fuera de las fronteras de cada país. Y sin duda estos son los lugares donde se explicitan antes de en ninguna otra cosa la responsabilidad y el testimonio cristiano del político que, parafraseando a Chesterton, no quiera dejar su fe a la puerta del Ayuntamiento, el Parlamento, o el despacho de Gobierno, como se deja un sombrero en el perchero. Ciertamente es en estas cuestiones claves en las que se establece la gran “lucha por el alma de este mundoâ€, de la que hablaba Juan Pablo II, y en las que, a ejemplo de Santo Tomás Moro, el político cristiano debe optar, en el lenguaje ignaciano, entre dos banderas bien distintas, las que desde lo invisible enfrentan a los ángeles de Dios y a los demonios perversos, porque, no nos engañemos, en los ámbitos políticos la acción del maligno no conoce tregua, y toda la concatenación de horrores perpetrada desde el poder a lo largo de la historia es prueba de ello.
Pero no deberían los políticos católicos caer en otra tentación, la de creer que su testimonio se ciñe al ámbito de las ideas, las propuestas, las leyes, y las decisiones más importantes. También, y ni antes ni después, sino al mismo tiempo, el político católico tiene que vivir el amor al prójimo con los hombres y las mujeres concretos a los que sirve. Recientemente he leído de la mujer del Teniente de Alcalde un pueblo que “el deber de una persona que desempeña una función pública es velar por el bien de las personas que se le han encomendado, acompañarles, cruzarse en su camino, compartir sus vidas…, tanto en los momentos buenos, como en los malosâ€. Sin está caridad política, la otra, la de los principios, también corre el riesgo de oscurecerse.

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