Informar de las llagas de la Iglesia
 Al recordar ayer, en el segundo aniversario de su fallecimiento, a la Fundadora del Movimiento de los Focolares, Chiara Lubich, recordé un texto suyo que me enviaron hace pocos dÃas, y que me pareció una respuesta ante el dolor que todos en la Iglesia, también a los que nos dedicamos a la información religiosa, nos causan las sucesivas noticias de escándalos de sus miembros, especialmente de algunos de sus sacerdotes. Una respuesta no sólo a este dolor, sino también al modo como personalmente y profesionalmente debÃamos afrontar tanto la recepción como la difusión de estas noticias desde la misma pasión por la Iglesia de siempre, que no debe jamás restar un ápice a la objetividad informativa, ni tampoco a una forma de afrontarla que no sólo no caiga en la desinformación de la desproporción o del amarillismo, sino tampoco obvie que la santidad de la Iglesia no sólo no entra en contradicción con la condición pecadora de todos –y todos es todos- sus miembros, sino que precisamente su santidad se funda en que Cristo, su cabeza, que es el único Santo, la hace santa en y desde la debilidad de sus hijos. El texto de Chiara Lubich, que me ha confirmado este pensamiento, es el siguiente:
 “El rostro de la Iglesia -transparente de luz aquÃ, ofuscado de sombras allá- tiene que reflejarse en cada cristiano, en cada grupo de cristianos. Esto significa que tenemos que sentir como nuestras, no sólo todas las alegrÃas de la Iglesia, sus esperanzas, sus brotes y renuevos, sus conquistas, sino, principalmente, todos sus dolores: el dolor de la falta de comunión plena entre las Iglesias; el dolor lacerante de situaciones penosas, de controversias negativas, de la amenaza misma de demoler tesoros seculares; el dolor angustioso de los muchos que reniegan o no aceptan el mensaje que Dios anuncia al mundo para su salvación. (…) Pensé que todos los cristianos verdaderos tendrÃan que ser personas estigmatizadas, no en un sentido extraordinario y externo, sino espiritual. Y me pareció comprender que los estigmas del cristiano de hoy son precisamente las misteriosas pero reales llagas de la Iglesia de hoy. Si la caridad de Cristo no es en nosotros tan dilatada como para sentir el dolor de estas llagas, no somos como Dios nos quiere hoyâ€.
 Por tanto, acoger en cristiano e informar en cristiano de las “llagas reales†de la Iglesia, significa abrazarlas con un realismo exquisito, pero también con un amor a la Iglesia aún más grande que nunca.



