La estremecedora historia de San Wenceslao
En su viaje este fin de semana del Papa a la República Checa, además de conmemorar los veinte años del fin del comunismo, festejará al patrono de esta nación, san Wenceslao. Un santo poco conocido entre nosotros, pero cuya estremecedora historia expresa una constante en la vida de los hombres: intrigas, traiciones, desagradecimientos, ofuscación, y tragedia.
El Rey Wenceslao era hombre de una fe íntegra. Auxiliaba a todos los pobres, vestía a los desnudos, alimentaba a los hambrientos, acogía a los peregrinos, conforme a las enseñanzas evangélicas. No toleraba que se cometiera injusticia alguna contra las viudas, amaba a todos los hombres, pobres y ricos, servía a los ministros de Dios, embellecía muchas iglesias. Pero los hombres de Bohemia se ensoberbecieron y persuadieron a su hermano menor, Boleslao, diciéndole: “Wenceslao conspira con su madre y con sus hombres para matarte”. Wenceslao acostumbraba ir a todas las ciudades para visitar sus iglesias en el día de la dedicación de cada una de ellas. Entró, pues, en la ciudad de Boleslavia, un domingo, coincidiendo con la fiesta de los santos Cosme y Damián. Después de oír misa, quería regresar a Praga, pero Boleslao lo retuvo pérfidamente, diciéndole: “¿Por qué has de marcharte, hermano?” A la mañana siguiente, las campanas tocaron para el oficio matutino. Wenceslao, al oír las campanas, dijo: “Loado seas, Señor, que me has concedido vivir hasta la mañana de hoy”. Se levantó y se dirigió al oficio matutino. Al momento, Boleslao lo alcanzó en la puerta. Wenceslao lo miró y le dijo: “Hermano, ayer nos trataste muy bien”. Pero el diablo, susurrando al oído de Boleslao, pervirtió su corazón; y, sacando la espada, Boleslao contestó a su hermano: “Pues ahora quiero hacerlo aún mejor”. Dicho esto, entre él y sus consejeros lo mataron. Intrigas, traiciones, desagradecimientos, ofuscación, y tragedia.
La historia se repite siempre, desde los desentendimientos que se anquilosan en el corazón de los hombres y le hacen perder el juicio, incluso para con sus seres más queridos, hasta los desprecios y las maniobras más tremendas de la iniquidad del poder. En el corazón de los hombres se incumba una perversión, y las pasiones humanas, que van del drama del hombre sólo y abandonado a su suerte, a la ambición posesiva de honores y riquezas, provocan un desenlace temeroso e impredecible. Pero siempre nos quedará la sencillez de los santos, como San Wenceslao, que dicen: “Loado seas, Señor, que me has concedido vivir hasta la mañana de hoy”.



