El botellón
Los sucesos de violencia juvenil de la pasada semana, los del Botellón de Pozuelo, han provocado la apertura de un debate público sobre la juventud española y los valores morales que, cuando está bien orientada, se hace necesaria. El problema de fondo no está en las políticas de seguridad, o en el acierto de las decisiones judiciales, o en si las penas son o no adecuadas, sino en el origen de esta situación, en la respuesta a la pregunta que todos nos hacemos estos días: ¿Porqué tantos jóvenes hacen botellón, y llegan a ese extremo de la experiencia del botellón que es el uso de la violencia? Habría que empezar por preguntarse como son hoy la mayoría de los jóvenes españoles, en términos generales, qué ideales abrazan, y que valores defienden. La respuesta es bastante desoladora. En estos cinco puntos podemos resumir el resultado de muchos sondeos realizados en los últimos años: Son cada vez más permisivos, son cada vez más intolerantes con las diferencias sociales, étnicas, y grupales; son dada vez menos solidarios; son poco maduros, instalándose en una especie de “adolescencia eterna”, una bruma de consumismo, egoísmo y pasotismo vitales, un carpe diem sin glosa. Y por último, son cada vez menos religiosos. Evidentemente, estas notas no reflejan para nada la realidad de miles de jóvenes españoles, pero incluso los que forman parte de esas minorías solidarias y religiosas, están rodeados de un ambiente juvenil en el que el “botellón” es el símbolo de tres reclamos comunes que ellos comparten: la necesidad de estar juntos, unida a la soledad y a carencias afectivas; la propensión a huir, a evadirse, y un modo fácil de hacerlo es beber hasta el límite; y la tentación de culminar esa situación “rompiendo” las botellas, arremetiendo violentamente contra todo lo que les rodea. En el fondo, este triple proceso revela una “salida hacia delante” de una insatisfacción vital.
Solemos decir que esto ocurre porque les falta una “educación en valores”. A mi modo de ver esto es sólo verdad hasta cierto punto. Es decir, toda educación en valores es poca, sobre todo si propone sólidos fundamentos a esos valores. Pero es insuficiente, lo que hace falta es una “educación en sentido”, una propuesta de una cultura de la vida atrayente y verdadera, un sentido para la vida. Y eso no se lo da ni la sociedad, ni el sistema educativo, y ni siquiera siempre la familia, porque a ellas también les falta. La diferencia es que sus válvulas de escape son distintas de las del botellón. Por eso, cuanta razón la del Cardenal Rouco Varela, cuando dice, a este propósito, que la unidad de las familias y la oración común, es el mejor antídoto de la violencia juvenil. Claro, porque donde eso se da, hay un hogar de sentido, y cuando el joven encuentra sentido para su vida, el botellón, al menos el extremo de la evasión y de la violencia, le sobra.



