De ilusiones y esperanzas
 DecÃa el otro dÃa el Cardenal Rouco Varela, con ocasión del inicio del nuevo curso pastoral, que “vivimos un tiempo en el que la lucha por transmitir el Evangelio se plantea a veces de forma dramáticaâ€, ante diversos problemas sociales “como el paro y la crisis económica cada vez mayor, la situación de la familia que es en general dramática, el hecho de que las nuevas generaciones no acaben de encontrar el horizonte para su vida, la existencia de una cierta desilusión o crisis ética, moral y espiritual que lo domina todoâ€. Pero que también, junto a esta realidad, decÃa que estamos “llamados a vivir este comienzo de curso con ilusiónâ€.
La palabra ilusión, aunque en su origen se refiera a una “distorsión†sensorial (óptica, auditiva, táctil…), los españoles solemos utilizarla en su acepción positiva, como sinónimo de esperanza, tal y como se fraguo en la literatura romántica. No pocas personas, de todos modos, acuden fácilmente a la palabra ilusión, aún en este sentido, no como sinónimo sino como alternativa a la palabra esperanza. OptarÃan por el optimismo y por la ilusión en la vida puro voluntarismo. En el fondo, encontrando esa conexión entre la ilusión romántica con la sensorial, asumirÃan que la ilusión por la vida, porque las cosas salgan bien, es también, como en el caso de la ilusión óptica, una desfiguración o distorsión perceptiva, es decir, una forma de afrontar el futuro positivamente, pero a sabiendas que es irreal, que es irracional, que es “ilusoriaâ€.
Hay otra forma, en cambio, de entender la ilusión. Es la ilusión provocada por la esperanza. Y la esperanza es racional. No es una distorsión de la realidad, sino una puerta abierta a la profundidad de la realidad, a partir de una sabidurÃa, la de la fe, que nos dice que hay Alguien siempre detrás de cada situación, y que ese Alguien es Dios todo poderoso y providente. Lo cual no quita, ni por asomo, que, como decÃa Aristóteles, la esperanza no deje de ser “el sueño del hombre despiertoâ€, o como decÃa Ovidio, que “la esperanza haga que agite el naufrago sus brazos en medio de las aguas, aún cuando no vea tierra por ningún ladoâ€. Es decir, que no siempre la racionalidad de la esperanza, y por tanto de la ilusión por la vida por ella provocada, signifique una certeza obvia e incuestionable, sosegada y tranquila. A la postre, la esperanza, como nos explicaba Benedicto XVI en su encÃclica Spe Salvi, se fundamenta en la fe o, como decÃa San AgustÃn, “toda mi esperanza estriba solo en tu gran misericordiaâ€.



