El valor divino de lo humano

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 El pasado domingo falleció Jesús Urteaga, un sacerdote ejemplar, escritor y periodista. Fue pionero en el oficio de “cura de la teleâ€, como se le llegó a conocer en toda España, al presentar en los años 60 el emblemático programa, aún hoy presente en Televisión Española, de “El Día del Señorâ€, y otros programas televisivos, llegando a obtener, en 1965, el premio Nacional de Televisión Española.
En 1963 fundó la revista Mundo Cristiano. En todos estos años ha sido primero su director y luego su asesor. También fundó y dirigió en Ediciones Palabra las diversas colecciones de libros divulgativos. Y como escritor no podemos olvidar títulos como  “Dios y los hijosâ€, “Siempre alegres para hacer felices a los demásâ€, “Cartas a los hombresâ€, “Los defectos de los santosâ€, “¡Ahora comienzo!â€, “Dios y la familia†y “Síâ€. Pero el libro más importante de todos, sin duda, fue “El valor divino de lo humanoâ€. Un día tuve la oportunidad de saludarle, y muy rápidamente -en esta vida que poco tiempo dedicamos a las cosas verdaderamente importantes- tuve la oportunidad de agradecerle especialmente ese libro, que leí, mejor dicho, que saboreé, con 14 años, durante los largos trayectos en autobús al colegio. Ese año yo había descubierto el amor de Dios para conmigo y para con todos los hombres. Ese año yo había descubierto lo que significa el perdón y la misericordia. Ese año había empezado a leer el Evangelio, a rezar, a disfrutar de la eucaristía. Ese año yo había empezado a frecuentar una congregación mariana, y a en ella de una compañía de amigos con el mismo ideal. Había descubierto ese gran tesoro que es la comunidad cristiana, que es la Iglesia.
Y justo ese mismo año, mi madre, al observar todos estos descubrimientos para mí, me regalo un librito que teníamos en la biblioteca de casa. Y ese librito, “El valor divino de lo humanoâ€, de Jesús Urteaga, junto a otros dos libros que luego me regaló un sacerdote (“Las Meditaciones†de Chiara Lubich, y “Sabiduría de un pobreâ€, de Eloi Leclerc) se convirtió en un nuevo cúmulo de grandes descubrimientos para mí. Por mencionar algunos, a modo de titulares: “cuanto más cristiano, más humano, y cuanto más humano, más cristianoâ€,  “Bienaventuranza es felicidadâ€, “Dios nos quiere alegresâ€, “vivir el evangelio es disfrutar de la vidaâ€. Por eso, ahora que estás en esa gran “casa de los hombres†que es el cielo, muchas gracias, Jesús Urteaga, de nuevo, por enseñarme, cuando aún tenía 14 años, el valor divino de lo humano.  

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