Patrimonio de la fe

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Cuando hablaos de las necesidades económicas de la Iglesia, o más exactamente, de la responsabilidad de todos los católicos para con la comunión de bienes, solemos hablar de la acción social, pastoral y educativa de la Iglesia, que le ahorra al Estado mucho dinero, y le proporciona una suficiente estabilidad moral sin la cual la sociedad sería ingobernable. Pero no solemos hablar de la actividad cultural de la Iglesia, y dentro de esta, de la conservación, restauración, e innovación de su patrimonio artístico, así como de su correspondiente ahorro al Estado por parte del mismo, ya que sin éste España dejaría de ser, entre otras cosas, destino de un turismo cultural de primer orden.
Cuando hablamos del patrimonio artístico de la Iglesia hablamos de miles y miles de templos, monasterios, y edificios emblemáticos, además de joyas de la pintura, la escultura, y la orfebrería. La historia demuestra que la Iglesia ha sido siempre y esta a disposición de ser siempre la mejor conservadora de su patrimonio, que tiende a desmoronarse física o especulativamente cuando lo pierde. Recuerdo que en un día veraniego de hace unos años, en un hermoso pueblo soriano, acompañando al entonces obispo de Osma Soria, y hoy arzobispo de Pamplona, entramos en una preciosa iglesia románica que hacía muchos años había sido vendida a la Administración. El comisario de la exposición que se realizaba en la misma nos recibió amablemente y le dijo al obispo: “Monseñor, como usted bien sabe, esto fue una iglesiaâ€. A lo que el obispo le respondió: “Perdone, pero se equivoca. Esto no fue, esto es una Iglesia. Y aunque ahora no esté dedicada al culto, que es para lo que se hizo, le aseguro que algún día volverá a estarlo, porque la vida da muchas vueltasâ€. Don Francisco estuvo, como siempre, acertadísimo. Pero yo nunca podré olvidar aquel saludo de aquel funcionario, porque es muy representativo de la mirada entre ignorante e ideológica del Estado laico ante el patrimonio de la Iglesia, desentendiéndose de él cuando no es suyo, y arruinándolo cuando es suyo, porque si no se reconoce ni se respeta la identidad y la finalidad de un templo, ¿cuál puede ser su destino? La historia no engaña: la sacralización, el abandono, el uso para el pseudo-arte blasfemo, o la demolición. Y está última, sino es por la vía del binomio sacrilegio-incendio, a lo años 30, lo será por vía de especulación capitalista, tan de moda en la administración local.

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