Corazón de misericordia
En la celebración eucarística de clausura de la Misión Joven de las tres diócesis madrileñas, el viernes pasado, en la Explanada del Cerro de los Ángeles, bajo la impresionante figura del Señor que se clavaba en la puesta de sol, el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, explicaba a los jóvenes y a las familias que habían llegado en peregrinación a esa sagrada colina, la historia de ese monumento al Corazón de Jesús, en tiempos de odio y de ofensa al amor de Dios del pasado siglo XX. Les decía que “frente a esa idea de rechazo de Dios, donde triunfaban ideas del abandono de la tradición cristiana y que provocó la revolución soviética, la fascista y la nacional-socialista y que desembocó en la Segunda Guerra Mundial, el don que salva al hombre es el amor de Cristo”, y que “los cristianos, renegando de su fe, tropezaban con la misma piedra”. El cardenal Rouco afirmó que “el amor que nos ha demostrado el Corazón de Cristo es insuperable” y que “si despreciamos el amor, el corazón, la pasión y la sangre de Cristo, Dios se nos queda en la lejanía perdida y nos olvidaremos de El completamente”. Por ello, destacó que “el que se aparta de Dios y reniega de El se destruye”.
Meditando estas palabras, tengo la impresión de que junto a tanta apostasía silenciada o profesada, junto a tanta “cristofobia” y “eclesiofobia” –tanto ataque directo a Cristo y a la Iglesia- desde instancias políticas y medios de comunicación, nosotros, los católicos de esta hora, estamos tentados a secundar otra forma, mucho más sinuosa y sibilina, de apartarnos del Corazón de Cristo: cuando claudicamos y aceptamos, e incorporamos a nuestro mensaje y a nuestro lenguaje, una manera de mirar a los ojos de los hombres de nuestro tiempo, que no va dirigida a su corazón, que no reconoce su dignidad de hijos amados de Dios, y que no tiene nada de misericordia.
¿Tropezaremos otra vez en la misma piedra?



