La Iglesia es madre

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Providencialmente pude acudir esta semana a la presentación del libro de Isidro Catela de entrevistas a doce obispos españoles, un acercamiento personal y humano a una buena representación del episcopado tan refrescante como urgente hoy en día. Decía Isidro que no por casualidad “todos los obispos comienzan hablando de sus padres, y muy especialmente de sus madresâ€. Y que por eso, “sentir con la Iglesia significa, no solamente conocer y querer a la Iglesia, porque defiende hoy en el mundo los derechos del hombre, la paz y la justicia, la vida y el amor; sentir con la Iglesia, en palabras de San Ignacio, significa creer siempre en el amor de la Santa Madre Iglesia, entrever en su rostro terrestre y humano el misterio divino que contiene y que del mismo Cristo atrae el amorâ€. Todos los presentes nos emocionamos al oír el testimonio del obispo emérito de Oviedo, don Gabino Díaz Merchán, que quedó muy pronto huérfano pues sus padres fueron asesinados durante la Guerra Civil, cuando él tenía tan sólo 10 años. Su madre, doña Paz Merchán, cuando acompañaba voluntariamente a su marido al martirio le dijo: “Tranquilo, Gabino, Dios se ocupará de los niños. No vas a quererlos tú más que lo que Dios los quiere y si Dios quiere esto de nosotros en este momento… Además piensa que dentro de poco tiempo vas a estar delante del Señorâ€. Y como esta, tantas historias de estos hombres que dan su vida día a día por la Iglesia. La Iglesia es madre. Y además es madre para todos aquellos que acudan a ella. Porque la Iglesia tiene como único patrimonio el amor universal de Dios Padre por todos sus hijos, que se nos ha dado en la persona de Cristo. Yo siempre he podido reconocer esta maternidad de la Iglesia en la paternidad de mis pastores.
También esta semana, en la que me he visto envuelto en una triste experiencia de enfrentamiento en la radio y en Internet, que arrancó de la única intención de defender a mi madre la Iglesia y a mis padres –en todos ellos reconozco esta paternidad- mis pastores. Y en esta historia he podido reconocer una vez más su auxilio. He sido acusado de cosas que jamás supuse que podría llegar a ser acusado, pero no es eso lo que me importa. Lo que me duele y me importa es que no se como hacer para que todos aquellos para quienes los obispos son intrigantes muñidores de maquinaciones políticas y mediáticas, puedan algún día descubrir y reconocer la experiencia de la pasión por la Iglesia, la experiencia de su maternidad y la experiencia de la paternidad de sus pastores. Ante esta experiencia, ¿qué valor tienen nacionalismo, progresismo, liberalismo, y todos los “ismos†del mundo? Son ídolos vacíos que dejan al alma sola y sin esperanza. Daría lo que fuera porque todos los que piensan así, seguramente mucho más rectos e coherentes con sus ideas que yo, tuvieran la experiencia de un abrazo de perdón permanente, de amor incondicional, que es saberse hijo de la Iglesia, de la Santa Madre Iglesia.

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