Algunas respuestas

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Con razón, algún comentarista de mi blog me reprocha no contestar en el mismo. Ciertamente, no es por desaire para ellos. Es porque no es fácil cumplir con mi trabajo ordinario y contestar a más de 80 comentarios. Por eso, resumo a continuación algunas observaciones a los mismos:

1.- Yo no he escrito nunca ni dicho en antena nada sobre las renovaciones laborales de mis compañeros de la COPE. Todo lo comentado sobre ese particular huelga. Es más, apoyo y apoyaré siempre la decisión de los últimos responsables de esta empresa, a quienes me une una lealtad mucho más fuerte que ninguna consideración o valoración coyuntural y secundaria.

2.- Siempre he apoyado en antena, en incontables conferencias o entrevistas, y en el libro que escribí hace dos años sobre la COPE (“Somos Libresâ€, Ediciones Encuentro), el ideario de la COPE y su línea editorial. Y con ellos, a todos los que los defienden –es verdad que unos más y otros menos, unos en unas cosas más y otros en otras cosas menos- entre los que están todos y cada uno de los comunicadores de esta radio.

3.- Mis críticas sobre lo que en antena hayan dicho algunos de ellos -dentro de ese ámbito de debate libre que reina en esta empresa, y me atrevería a decir que sólo en esta empresa-, se reducen a tres en diez años: una respecto a una broma que a mi me pareció de mal gusto sobre los emigrantes que saltaban las alambradas de Marruecos, y que se dejaban la vida en ello. Las otras dos, en defensa de los obispos, y no por “corporativismo†como algunos han dicho, sino por defender la verdad sobre ellos, sobre todos y cada uno de ellos, y el respeto que se merecen como todo el mundo.

4.- El asunto sobre el escándalo público de unas declaraciones de un sacerdote en Barcelona, no era ni el objeto de la burla recibida por el Cardenal Sistach, ni el motivo por su puesto de mi crítica a esa burla. Evidentemente, el Cardenal Arzobispo de Barcelona es el primero, junto a todos sus hermanos en el Episcopado, no sólo en defender la vida y denunciar el crimen del aborto, sino en promover iniciativas directas y efectivas a favor de la vida. También de promover las medidas disciplinarias canónicas oportunas para con los clérigos que yerren, incluido ese caso. De mi no digo nada, pero creo que por llevar tantos años en los medios, pocos han tenido la oportunidad como yo, y la han aprovechado como yo, de denunciar el mayor holocausto del siglo XX y XXI.

5.- Por último, manteniéndome firme en la defensa de todos y cada uno de los obispos cada vez que alguien se burle de ellos, pido disculpas a todos aquellos que se hayan podido sentir ofendidos por mis reflexiones, liberales incluidos, y a todos los que, con muchas más afinidades que discrepancias, compartimos esta no fácil misión de querer ser fieles a la verdad en los medios de comunicación social.

La verdad sobre los obispos

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La presentación esta tarde de un libro de entrevistas a 12 obispos españoles es una buena ocasión para hablar, por mi parte por enésima vez, de un tema que importa muy poco a los obispos, pero debería importar mucho al resto de los católicos: la imagen del episcopado ante la opinión pública. Una imagen que, en general, esta bastante distorsionada, no porque se les critique o se les deje de criticar, sino porque es falsa, porque no tiene nada que ver con la realidad, porque:
1. A los obispos se les suele presentar como venidos de otro mundo, se les suele fotografiar con tonos oscuros, difícilmente sonriendo, aunque suelen ser personas de simpatía y amabilidad muy por encima de la media.
2. Casi nunca se cuenta, se explica o se ve como los obispos atienden a sus feligreses, visitan sus parroquias, hablan con las familias, con los abuelos, con los jóvenes, con los niños. Nadie cuenta la ayuda personal a miles de personas concretas, de toda clase y condición. Nadie les presenta desde su altísima preparación intelectual, o desde el testimonio de su vida austera y entregada sin igual. El otro día me contaba alguien como cuando van en grupo a una Jornada Mundial de la Juventud, no pueden dar en el hotel su tarjeta de crédito como garantía, simplemente, porque la mayoría de ellos no la tienen. Su sueldo esta por debajo del salario mínimo interprofesional, como la de la gran mayoría de sus principales colaboradores, los sacerdotes.
3. A ellos les toca animar, guiar, cuidar y unificar a una familia de miles o de millones de fieles, de cientos de parroquias, de colegios, de comunidades religiosas, de centros hospitalarios, de instituciones sociales y culturales, de iniciativas de todo tipo, y además, a un “personal laboral†directo, que no es para ellos nunca un “personal laboralâ€, sino sus hermanos sacerdotes.
4. En cambio, se les presenta como instigadores políticos, se les pone apelativos absurdos (progresistas, tradicionales, nacionalistas, de derechas, de izquierdas), cuando por principio ningún obispo es nada de eso. No porque no tengan sus ideas sobre la actualidad política, ni porque no puedan incluso manifestar públicamente su desacuerdo con unas u otras leyes o con unas u otras políticas concretas, sino porque jamás sus ideas se corresponden a esos clichés. Los obispos cuentan -.como todos los católicos, especialmente los laicos comprometidos en la vida pública, aunque no pocos de ellos no lo sepan- con una doctrina social y política infinitamente más valiosa que la de las ideologías políticas al uso.
5. En no pocos periódicos, radios y televisiones, han visto lo barato que es burlarse de ellos. Porque ellos no suelen quejarse públicamente, ni se querellan ante los tribunales, ni dicen ni pío. No responden a las acusaciones, por estilo personal, por supuesto, pero también porque, como les he oído decir a más de uno, si se dedicasen a ello, no harían otra cosa. Y no es que puedan permitirse el lujo de perder el tiempo en defenderse a sí mismos, cuando tienen que atender, e incluso no pocas veces defender, a tanta gente que nadie escucha y por supuesto nadie defiende.
6. Pero sobre todo, creo que si son presa fácil de ataque por parte de los medios es porque en el fondo se les teme. Porque ellos tienen un poder que no tienen ni los políticos ni los medios de comunicación, y que darían lo que fuera por tenerlo: el poder de aglutinar, de unir, de conducir un pueblo, el pueblo cristiano. Mayoritario o minoritario, pero un pueblo unido. El único pueblo unido en nuestra sociedad. Se les teme porque son capaces de levantar el callado, como Moisés, y desde la única autoridad moral de ser sucesores de los apóstoles de Cristo, conducir a ese pueblo por un camino de libertad.
7. Por eso, a mi no me duele en prendas tener como objetivo prioritario defenderles, a capa y espada, venga de donde venga la burla o la infamia sobre ellos. Al final, como decía Juan Pablo II, se trata de defender no ya a los obispos, ni siquiera sólo a la Iglesia, sino defender la verdad, a la que ustedes tiene derecho.

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