¿Qué hay de lo mío?

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Ante la Conferencia de la FAO sobre la seguridad alimenticia en el mundo, en Roma, que comienza hoy, el Santo Padre Benedicto XVI ha pronunciado un impresionante discurso en el que ha defendido que “el gran desafío de hoy es globalizar no sólo los intereses económicos, sino también las expectativas de solidaridadâ€. Una solidaridad que requiere la conversión del corazón, para abrir las ventanas de nuestras cómodas casas, y ver qué es eso de la pobreza, y actur en consecuencia.
Pero se trata de una visión nada fácil, porque supone ahondar en una realidad contra la que desde siempre, y por instinto de supervivencia, e incluso, por ese miedo a la verdad propio de nuestra condición de pecadores, estamos vacunados y cegados. Es una realidad que nos hiere, y ante la cual desplegamos automáticamente nuestras defensas: en forma de razonamientos, excusas, justificaciones, prejuicios, tópicos, etc… Si para algunos es pobre sólo el que quiere serlo, para otros la pobreza es sólo una cuestión económico-cuantitativa, y no ven que sea ante todo una cuestión humana. Los hay que se excusan de preocuparse del Tercer Mundo, porque aquí las cosas van muy mal, y son aquéllos que normalmente tampoco hacen mucho por solucionar lo cercano, de lo que es más fácil responsabilizar a los gobernantes. Otros en cambio, apoyan una acción caritativa, pero no quieren oír hablar de causas de fondo. La responsabilidad, en cualquier caso, es siempre de otros, y los escasos gestos de generosidad nunca se entienden como una obligación de justicia. Este tipo de visiones, tan generalizadas, no son sólo indiferentes a la erradicación de la pobreza, ni siquiera sólo graves impedimentos para ella, sino que participan en la causa misma de la pobreza: son los ojos excluyentes de la marginación, las palabras simplistas que bendicen la miseria.
Contrarias a esta mirada cristiana de la pobreza son tanto la visión y la praxis demagógica de la izquierda ideológica, la de quienes se autodenominan progresistas, para quienes la cercanía del misionero al hambriento o al moribundo es mero asistencialismo que no hace nada por los cambios estructurales de la sociedad; como la visión y la praxis de los liberales, que no son los que defienden a secas la libertad de mercado, sino los que comparten una ideología individualista que se resume en la vulgar sentencia de “sálvese quien puedaâ€. Y si en los años 70 la gran tentación de los cristianos fue la sustitución de su identidad por la ideología progresista, la gran tentación de los de hoy es la claudicación ante una mentalidad liberal.
Se que insisto en una cuestión por la que hoy mismo me han llegado tantas críticas por lo dicho ayer en este programa y publicado en mi blog, pero es así: para el liberalismo puro –otra cosa es persona por persona que se declare liberal-, el pueblo empobrecido o el indigente individual, en la medida en que su actuación o la de sus gobernantes formen parte de la causa de su situación, es el que tiene que salir solito de ella. La varita mágica de Adam Smith no tiene vuelta de hoja. Y al final, para el político liberal la política social se reduce sólo a política de desarrollo económico, aunque esta sea primordial; para el empresario liberal, su contribución al bienestar social se reduce sólo a procurar puestos de trabajo, que también es muy necesario; y para el comunicador liberal, los problemas del Tercer Mundo tienden a ser sólo los problemas de la corrupción política de sus gobernantes, aunque también sea muy urgente denunciarlos. Y, en todo caso, como rezaba la careta de una sección de un programa de esta radio felizmente desaparecida, lo que importa, a emisores y a receptores de este tipo de periodismo liberal es sólo la más pobre de las cuestiones “¿que hay de lo mío?â€.

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