Laicidad progresiva

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El debate que tuvo lugar esta semana en el Congreso de los Diputados merece una atenta reflexión. Los hechos son bien conocidos: los comunistas de Izquierda Unida, los republicanos catalanes y gallegos, los nacionalistas vascos, y Rosa Díez, demandaron una ley que prohibiese el uso de símbolos religiosos en las tomas de posesión. Se opusieron por la tenue razón de “falta de demanda social†de lo requerido los populares,  mientras los socialistas se mostraron favorables a avanzar en la retirada de este tipo de símbolos, “en coherencia con la defensa de la laicidadâ€, pero no a promover una legislación en este sentido, según dijo el portavoz del PSOE, José Antonio Alonso, para quien la supresión de este tipo de símbolos debe producirse como consecuencia de “la práctica y la evolución socialâ€, sin necesidad de previas “prohibiciones legalesâ€. Ramón Jáuregui, secretario general del Grupo Socialista, se mostró partidario de acentuar la aconfesionalidad del Estado. Y aunque reconoció que  “España es lo que es y nadie puede prohibir ni el Corpus, ni la Semana Santa, ni la celebración del 15 de agosto en media Españaâ€, reiteró la idea de Alonso de que “la laicidad avanza al ritmo de la práctica colectivaâ€.
A mi modo de ver, sin entrar en el tema del crucifijo en cuestión, que es de puro sentido común, este debate ha sido un claro espejo del actual mapa lacisita de la política española. Por un lado esta la izquierda más radical, la que no es que se haya subido al monte, es que nunca se ha bajado de él. La que no tiene paciencia para campañas a largo plazo, pues mantiene desde 1934 un odio violento y visceral a la Iglesia; y la que, en gran parte, prestó no pocos de sus votos al PSOE en las últimas elecciones por el tono extremista de ataque a los católicos de su campaña. Por otro lado están los socialistas que, si son capaces de “subirse al monte†en una campaña electoral, por estrategia pero también porque en el fondo les va la marcha, son mucho más astutos y perspicaces. Las fuentes de su anticlericalismo no son sólo las de Feuerbach y Nitcsche, que comparten históricamente con marxistas y nazis, sino también las del liberalismo masónico. Y de estos han aprendido la lección más eficaz del laicismo: si a la Iglesia no se la van a poder cargar nunca, con persecuciones explícitas y viscerales, sólo la fortalecen. Pero para hacerla daño de verdad, nada como eso de Alonso de la “evolución socialâ€, es decir, de borrar la fe y la cultura cristianas desde la política educativa y mediática. Y en esto, si que se empeñan con ahínco y con éxito. Aunque, al final, parafraseando a San Pablo, ni la espada de unos, ni la mentira de otros, podrán apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.   

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