El sismógrafo de nuestro tiempo
 Benedicto XVI publicó ayer una Carta Pastoral dirigida a los católicos de Irlanda a propósito de los escándalos propiciados hace décadas por algunos sacerdotes. El dolor, la implacable condena, y las rotundas medidas canónicas, no pueden ni ahogar la mirada de misericordia debida a toda persona, ni confundirse con la estrepitosa campaña anticristiana y anti-eclesial con la que se pretende un generalizado odio al sacerdocio, ni  acallar el desapercibido testimonio de la inmensa mayorÃa de los sacerdotes. De un congreso internacional sobre el sacerdocio, entresaco algunas notas al azar, algunos ejemplos de cientos de miles de testimonios silenciados:
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• En Perú un joven sacerdote que recorre sus más de cuarenta comunidades al lomo de un burro, es el único signo visible de que el amor de Dios no se ha olvidado de aquellos hombres que viven al margen del tren de la modernidad;
• En Brasil un sacerdote que busca los niños de la calle y a los jóvenes drogadictos y traficantes, es perseverante en su misión aún cuando casi a diario tiene que consolar a los padres de estos chicos que son continuamente asesinados
• En Burundi otro sacerdote reúne en la misma comunidad cristianos de distintas etnias, proponiéndoles vivir con radicalidad el amor mutuo, en un paÃs donde todos están tentados a ser antes hijos de su grupo étnico que hijos de la Iglesia.
• En Italia un sacerdote enviado por su obispo a una parroquia conflictiva y sin templo, llega a base de “no analizarâ€, sino de “sólo amarâ€, a reconstruir la comunidad cristiana con los más pobres y enfermos de su feligresÃa;
• Un seminarista venezolano que sufre una imparable esclerosis múltiple encuentra sentido a su vida y a su vocación, porque lo que ha elegido no es el sacerdocio, sino a Dios como único ideal, y dedicando sus escasas fuerzas a escribir, sus poemas reciben el premio nacional literatura, y el supuestamente “impedidoâ€, se sitúa en la vanguardia de la evangelización de la cultura.
Como decÃa el obispo Klaus Hemmerle, “si buscas un sismógrafo que pueda registrar los temblores de nuestro tiempo, conocer los desarrollos positivos y negativos de la conciencia de nuestra época, las amenazas inminentes y las nuevas esperanzas, toma la figura del sacerdote. Él es, de alguna manera, el Corazón del Señor, puesto por él mismo en la historia de la humanidad con su particular vocación: tener sensibilidad con respecto al Señor y a los hombres con los cuales quiere hacerse uno y al lado de los cuales quiere estar; pero a esta sensibilidad va unida también una gran vulnerabilidadâ€.



