¿Es un hombre culto César Vidal?

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Hace algún tiempo, hojeé en El Corte Inglés uno de los muchos libros de César Vidal. Se titulaba “El camino hacia la cultura”, y consistía en una especie de guía o programa formativo para convertirse en un hombre culto, para adquirir una cultura amplia y sólida. Evidentemente, me recordó otras obras del mismo tipo publicadas durante los últimos años, y entre las que “La cultura. Todo lo que hay que saber”, del alemán Dietrich Schwanitz, es seguramente la más conocida. Pues bien: como digo, estuve hojeando el libro, y tras cinco minutos de examen vi claramente que no me convencía. No digo que el libro careciera de todo valor; pero, desde luego, no llegaba al valor suficiente para que yo personalmente pensara en comprármelo, no tanto para mí como en calidad de posible material a utilizar de algún modo con mis alumnos.

Traigo a colación aquí este recuerdo porque durante las últimas semanas se ha hablado mucho en ciertos medios sobre César Vidal, a raíz de su serie de artículos sobre la influencia del catolicismo en España y sobre la supuesta superioridad del protestantismo -César Vidal es un conocido protestante- sobre el catolicismo como base religiosa que fomenta el desarrollo de un país. No he leído tales artículos, aunque me puedo imaginar perfectamente tanto su tono como su contenido. Muchos han criticado su bajo nivel, su pobre argumentación, su sujeción a tópicos insostenibles desde la honestidad intelectual y presuponiendo una cultura seria. Así que la pregunta surge de forma natural: ¿es César Vidal una persona realmente culta?

Mi particular respuesta es: sí y no. Sí lo es en el sentido de que seguramente ha ”absorbido mucha cultura”: ha leído mucho, ha viajado, sabe idiomas, posee una buena formación universitaria etc. etc.  Ahora bien: una cosa es la cultura que uno haya “absorbido” y otra muy distinta la que haya asimilado. Se puede leer mucho y asimilar poco, o asimilar de forma superficial; también influyen, claro, los prejuicios ideológicos, que impiden que los conocimientos que se adquieren rindan todo lo que deberían. Al final, una persona culta no es la que ha leído mucho, sino la que ha masticado y digerido bien lo que ha leído -también las películas que ha visto, la música que ha escuchado etc.- de manera que todo eso se haya convertido en alimento intelectual verdaderamente nutritivo.

No digo yo que César Vidal no disponga de una buena formación cultural, seguramente más amplia que la mía misma en varios sentidos. Sin embargo, donde creo que cojea es en el decisivo aspecto de la asimilación y la profundidad. Decía creo que Séneca: ”Non multa, sed multum legere”, es decir: no se trata de leer muchas cosas, sino de ir al fondo de lo que se lee. ¿Veinte libros, doscientos, dos mil? Eso no es lo más importante. Lo que importa es sí todo eso ha calado hasta el fondo de mi alma, si la cultura académica que pueda haber adquirido ha nutrido de verdad mi mente y mi corazón.  

Existe el narcisismo intelectual de quien exhibe, con ánimo intimidatorio, la formidable cantidad de fuentes culturales que conoce.  Pero lo decisivo no es eso, sino si tal arsenal sirve para luego saber decir en cada momento lo más oportuno, lo más prudente y lo más verdadero. Y ahí es donde creo que flojea César Vidal. 

  

Aborto cero

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No sé si se ha convertido ya en un concepto bien asentado, ni si alcanzará relevancia general, pero veo que esta expresión -”aborto cero”- empieza a circular en los ambientes pro-vida, aprovechando la renovada actualidad que ha prestado al tema del aborto la reforma que prepara Ruiz Gallardón. En España se practican más de 100.000 abortos al año. Y la cuestión que cabe plantear es: ¿ son demasiados?  ¿Sería posible plantearse como objetivo reducir ese número, igual que, por ejemplo, la DGT se plantea como objetivo rebajar las estadísticas de accidentes?  ¿Podríamos pensar incluso en una situación ideal de “aborto cero” como guía para una cierta línea de acción social y política?

Hace algún tiempo hablé sobre este tema con una profesora de mi instituto. Ella es de izquierdas, anti-Iglesia y pro-abortista; yo soy católico -sin otras determinaciones: no me reconozco en la etiqueta “de derechas” ni “conservador”-. Y, sin embargo, llegamos a coincidir al menos en el siguiente punto: si, dentro de cinco años, en España se practicasen no 100.000 abortos, sino pongamos que 70.000, eso significaría un paso adelante, un progreso, una meta deseable. Hablando con esta profesora, no me metí en terrenos morales, metafísicos ni religiosos. Sólo le planteé un posible acuerdo pragmático: ¿Estás de acuerdo conmigo en que reducir el número de abortos es positivo? Y me dijo que sí. El problema, claro, está en el cómo. La solución “de izquierdas” consiste en más educación sexual en institutos, acceso aún más fácil a los anticonceptivos, píldora del día después etc. Ahora bien: aunque siempre es posible hacer más, tal programa de acción es básicamente lo que ya hoy está en marcha, lo que le parece razonable a la mentalidad imperante en nuestra sociedad. Una eventual disminución en la tasa de abortos sólo podría derivarse de iniciativas basadas en una lógica radicalmente nueva.

Por supuesto, la gran dificultad consiste en que esa nueva lógica no se puede imponer, y también en hacer ver a la izquierda que no se trata de “ir contra la libertad sexual”, de retroceder a ningún tipo de época pasada y tenebrosa, sino de crear una sociedad más humana y más feliz en la que la disminución del número de abortos -con el ideal final del “aborto cero”- constituiría sólo un elemento más dentro de un gigantesco cambio de paradigma colectivo que perseguiría crear una nueva cultura, y un mundo mucho más interesante, sugestivo y misterioso que el actual; también, por supuesto, mucho más luminoso. Una sociedad que no aborta por convicción propia me parece mucho más deseable que la que considera el aborto como una conquista inalienable. Por la siguiente razón: la sociedad no abortista que personalmente deseo para nuestro futuro sólo serías posible dentro de una nueva cultura, profunda, frondosa y llena de matices en los más diversos temas. El del aborto sería sólo uno más entre éstos.   

“La imaginación al poder”, decían los revolucionarios de Mayo del 68. Sí, desde luego: suscribimos el eslogan. Entre otras muchas cosas, para que podamos acercarnos al horizonte ideal -que no es de derechas ni de izquierdas, sino cuestión de simple humanidad- del aborto cero. 

¿A favor o en contra de Las Vegas?

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Según parece, existen grandes probabilidades de que se construya en España una especie de Las Vegas europeo, una “Eurovegas”, franquicia europea de la casa madre americana, a la imagen del Eurodisney de París. Madrid y Barcelona pugnan por el proyecto; Esperanza Aguirre y Libertad Digital lo apoyan  rabiosamente, mientras que otras voces avisan de los posibles peligros: que los costes finales excedan los beneficios, aumento de la prostitución y de la adicción al juego etc.; amén, por supuesto, de un rechazo estético e ideológico de fondo contra la idea: los americanos nos colonizan con sus McDonald’s, sus películas de palomitas, sus Starbucks, su ramplona iconología cultural y ahora, encima, con el macro-proyecto de un nuevo Las Vegas en el antaño orgulloso, y hoy débil y timorato, viejo continente.

No voy a entrar en el complejo cálculo de costes-beneficios económicos y sociales respecto a una futura Las Vegas, con sus casinos, sus hoteles gigantescos, su despilfarro de tubos de neón y su imaginería kitsch,  en Madrid o Barcelona. Me sitúo únicamente en el plano filosófico; y aquí, escandalice a quien escandalice, me declaro completamente a favor de Eurovegas por las mismas razones por las que me encanta  Benidorm. Vamos a ver: soy consciente de la vulgaridad tanto de lo uno como de lo otro, ambos muestras -a distinto nivel, con distintos matices- del gusto posmoderno por el pastiche, por la guardarropía, por el cartón-piedra, por la imitación y la falsificación. Del mismo mal adolecen nuestros grandes centros comerciales -otra importación de origen americano- y muestros parques temáticos -ídem de lo mismo-. Y, sin embargo, bajo el maquillaje de su superficialidad, el icono de Las Vegas esconde una relación, al menos potencial, con una esencial dimensión del mundo el contacto con la cual estamos perdiendo.

Explicado brevemente: me gustan Benidorm y Las Vegas no tanto por sí mismos como porque en ellos intuyo -al menos de manera incoativa, germinal, larvaria- una “esencia fenomenológica” próxima a la del Gran Bazar de Estambul, a la de los banquetes de Gargantúa y Pantagruel imaginados por Rabelais, a la del símbolo de la cornucopia grecolatina. El cuerno de la abundancia: ¿no es eso, no debe ser eso el mundo; no debe rebosar siempre de vida y de variedad exuberante? El Bagdad de las Mil y Una Noches, el “lujo asiático”, la cueva de Alí Babá, la animación de los tradicionales mercados de abastos -otra de mis debilidades-. El guateque de Blake Edwards, con la apoteósica fiesta de espuma final. Las enumeraciones heteróclitas y excesivas de Borges, las Etimologías de San Isidoro, los dibujos de Gustavo Doré, el número mensual de Muy Interesante -publicación tan criticable desde cierto punto de vista como fascinante desde otro-, el Diccionario de símbolos de Cirlot, los bazares chinos que hoy nos rodean en nuestras ciudades y que personalmente recorro desde hace tiempo con inmenso arrobo; también, toda fiesta popular en la que borbote la vida, desde los Sanfermines hasta la Tomatina de Buñol, pasando por la Oktobertfest muniquesa o cualquiera de sus réplicas, tras su reciente conversión en fiesta global -como Halloween o el Día de San Patricio-. En fin: como se ve, me fascina todo lo dionisíaco, todo aquello en lo que la vida late, crece y exulta; y me fascina, por cierto, por razones puramente antropológicas por un lado, pero fundamentalmente religiosas, y más concretamente cristianas y católicas por otro -cuestión que, aunque esencial, renuncio a explicar en este momento-.

Eurovegas puede ser vulgar y traer diversos problemas: no lo niego. Benidorm representa una cierta apoteosis del kitsch: lo concedo pacíficamente. Y, sin embargo, por los motivos que acabo de exponer, me entusiasman tanto lo uno como lo otro.

¿Por qué necesitamos debates intelectuales?

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Leo que, de un par de semanas para acá, varios intelectuales franceses vienen manteniendo en diferentes medios de comunicación un interesante debate sobre el valor comparativo de las civilizaciones occidental y musulmana, y en particular sobre la evolución de la cultura francesa durante los últimos siglos y de la conciencia de Francia acerca de sí misma y de su papel histórico.  Los franceses, tradicionalmente apasionados por el debate de ideas, hacen surgir tales polémicas con más facilidad que nosotros. Aunque también en España se inician de cuando en cuando discusiones públicas parecidas.

Sin una gran transcendencia, la verdad, sin resonancia suficiente; y es una pena.  El último ejemplo que me viene a la mente es el debate mantenido en las páginas de El País por Félix de Azúa y Juan Goytisolo sobre el valor de las culturas griega y egipcia: con Azúa tomando partido por la Hélade, y Goytisolo reivindicando los fueros y títulos milenarios de Egipto, así como subrayando su sorprendente modernidad, su afinidad con cierto pathos contemporáneo.  Y pienso que, si fueran más frecuentes, este tipo de debates, sostenidos a dos, tres, cuatro o más voces, a través de artículos que cruzan sus armas en una amistosa confrontación intelectual, contribuirían poderosamente a animar el espacio público y a tonificar nuestro maltrecho estado actual, caracterizado ante todo por el desconcierto y el desmayo.  Necesitamos un ágora como el comer.  Un ágora donde, como en la de Atenas, se debata, se rebata y se viva. Necesitamos también intelectuales que asuman como uno de sus deberes el suscitar este tipo de saludables polémicas, que infunden vida en un espacio público que, sin ellas, tiende irremediablemente a menguar y a retroceder.

Llevo muchos años viviendo el día a día de las salas de profesores de los institutos y sé perfectamente que en ellas -al menos en las que yo he conocido, pero me temo que también en la gran mayoría de las demás- es muy difícil que surja entre profesores un debate intelectual de nivel y verdaderamente interesante.  En muchos casos, falta el fondo cultural necesario, lo que ya es grave; pero es mucho más grave aún que lo que realmente falte -y lo he percibido muchas veces-sea interés, voluntad, casi diríamos que “necesidad” de debatir con los compañeros, de crear una efervescente atmósfera de discusión intelectual entre los unos y los otros, de saber lo que piensa el colega de Historia, de Literatura, de Filosofía o de Ciencias Naturales sobre una infinidad de temas culturales y sobre las grandes preguntas de la vida.

Si nuestros institutos están como están, es en buena parte debido a esta ausencias de debate, a esta falta de tono -sintoma de una profunda carencia de juventud interior y de alegría-; y lo mismo se puede decir de nuestra sociedad.  Así que debatamos, discutamos, apasionémonos por la verdad, confrontemos animadamente las más distintas tesis y opiniones. Pues nos va en ello mucho más de lo que podríamos creer. 

Sábado a primera hora: leer “El País”

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Cada persona tiene sus rituales, sus costumbres casi sagradas, que le aportan algo que tal vez sólo uno mismo valora en su justa medida. En mi caso, uno de tales rituales tiene lugar cada sábado por la mañana, a primerísima hora. Me levanto muy temprano, sobre las siete; y hacia las ocho ya franqueo la entrada de una cafetería que se encuentra a diez minutos de mi casa.  Se llama “Oliver’s”, está en el centro de Cartagena, puede preciarse de cierta solera y -algo muy importante para mí- se halla bien surtida de periódicos nacionales para sus clientes.

Pues bien: llego al “Oliver’s”, me siento en mi mesa fija, al fondo del local, y me pido un café con leche y media tostada de tomate. Antes, sin embargo, he hecho algo para mí esencial: me he acercado al revistero de los periódicos y he cogido “El País” (algunas veces, en su defecto, “El Mundo”). Puede parecer un acto trivial, y seguramente el lector no comprenderá bien lo que significa para mí leerme de cabo a rabo “El País” los sábados por la mañana, de ocho a diez. Y no es que yo comulgue ideológicamente con “El País”, sino más bien todo lo contrario; pero lo cierto que sigue siendo el periódico de referencia en España y la mejor ventana periodística diaria para asomarse al mundo, para tomarle el pulso a la actualidad y para saber lo que piensa el hombre culto secularizado de nuestra época.

Así que allí me tiene usted de ocho a diez o diez y media de la mañana: con “El País” y mi libreta, sacando notas de los asuntos más variados, notas que luego utilizo para múltiples fines (clases en el instituto, artículos, búsquedas en Internet etc.).  Podría leerme también “ABC” o “La Razón”, más afines a posiciones creyentes y a mi manera de ver el mundo; pero no me proporcionarían ni la mitad de placer que los artículos de Antonio Elorza, Fernando Vallespín, Francisco G. Basterra, Manuel Rodríguez Rivero, José Manuel Sánchez Ron, Timothy Garton Ash o Rafael Argullol. Y es que, precisamente como católico, me interesa mucho más saber lo que piensa “el que se equivoca”, el anticristiano que ataca a la Iglesia, que el que la defiende. En realidad, claro, me interesan ambas cosas: cómo se la ataca y lo que dicen quienes responden a esos ataques.  Ahora bien: al menos desde el Vaticano II, sabemos que una de las primeras aspiraciones de la Iglesia Católica de nuestro tiempo consiste en entablar un diálogo fértil y cordial con el mundo moderno. Pero, si los católicos no sabemos bien y con detalle cómo argumenta ese mundo laico, no creyente, secularizado, con frecuencia virulentamente anticristiano, ¿cómo vamos a ser realmente eficaces en nuestra respuesta?

Por estas y otras razones leo “El País” cada sábado por la mañana a primera hora. Y no en cualquier sitio, sino precisamente en esa cafetería. “Oliver’s” y “El País” más mi bloc de notas: garantía de dos horas llenas de felicidad. Un rito de inmenso valor para mí, que siento un placer enorme al lanzarme desde la maravillosa ciudadela de la fe al confuso océano de los hechos, de las noticias, de los fenómenos sociales: de las distintas secciones del periódico al que me estoy refiriendo, que es para mí como un compendio insuperablemente representativo de nuestro mundo: de su mentalidad, de sus prejuicios, de sus mitos, de sus valores; también, desde luego, de su considerable información y de su escasa sabiduría.

El complemento indispensable de mis dos horas sabatinas con “El País”: el trabajo en la pequeña biblioteca de mi casa, mis largos “paseos fenomenológicos”, la misa los domingos por la mañana a primera hora, los ratos que paso de pie ante el Cristo románico que tengo en el recibidor de mi piso. Pero todo esto ya forma parte de otra historia.

Haber leído a Denis de Rougemont

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Recuerdo perfectamente la escena. Una tarde-noche de invierno en la Librería Diego Marín de Murcia. Yo tendría unos veinticinco años y acababa de comprar “El amor y Occidente”, ensayo clásico de Denis de Rougemont. Y entonces, por casualidad, me encontré con un amigo que ya había leído la obra y que me dijo: “Menudo libro que te vas a meter entre pecho y espalda”.

Y efectivamente llevaba razón. “El amor y Occidente” quedaría ya para siempre entre los libros que me marcaron, que significaron para mí un antes y un después. Desde que lo leí, fui consciente de que Occidente padece, al menos desde la Edad Media, la enfermedad del infinito. En el tema del amor, esta sed del infinito, imposible de calmar, se expresa en las figuras de Tristán e Isolda.  El amor-pasión contra el amor matrimonial.  Eros y el amor no consumado como “rosa perfecta”; la exaltación lírica del amor contra el amor realista de la entrega mutua y del silencioso trabajo conjunto de los cónyuges. La concepción cátara del amor en el amor cortés de los trovadores provenzales. La proximidad entre el amor y la muerte. El catarismo del Languedoc. El amor trágico de Calisto y Melibea. El Hamlet melancólico que desdeña a Ofelia. La religión del amor cortés contra el amor matrimonial cristiano.  Todo esto y mucho más es “El amor y Occidente”, un insuperable buceo en las raíces espirituales de la crisis del amor que hoy padecemos.

Hay muchos libros que pasan sin pena ni gloria por nuestras manos: los leemos con cierto gusto, obtenemos algún provecho, pero no consiguen acceder a la médula de nuestra mente y de nuestra alma. “El amor y Occidente” no pertenece a este género de obras. Muy al contrario, se cuenta entre las pocas que terminan catalogándose como “clásicos”, incluso como “libros de culto”, porque nos abren perspectivas insospechadas para profundizar de una manera más certera e incisiva en el significado oculto de la realidad.

¿Quiere el lector un par de ejemplos?  Pues ahí van: el amor cátaro de Tristán e Isolda, su pasión infinita, que abomina del matrimonio, está en la base de la epidemia del divorcio que sufre nuestra época: nuestros contemporáneos, infectados por el virus cultural del amor cortés, idealizan el amor y no saben ni quieren ser verdaderos marido y mujer, cónyuges en el sentido pleno y radical de la palabra.  Y el hiperconsumo de nuestro tiempo, el consumismo desaforado de una sociedad desnortada, no anda lejos de esa “enfermedad del infinito” de la que antes hablábamos: incapaces de aceptar la vida y las cosas en su limitación, tendemos a “infinitizar” realidades que no son infinitas, a pedirles una felicidad infinita que no pueden proporcionarnos.  Buscamos el infinito en el amor y, en consecuencia, el amor nos decepciona. Buscamos el infinito en el consumo y nos convertimos en voraces consumidores autómatas, en sonámbulos del consumo que compran por inercia. Buscamos el infinito en las comunicaciones y creamos Internet, en pos del imposible infinito del Aleph borgiano.

Un consejo al lector: vaya a una librería y pregunte por el libro de Rougemont. Espero que le marque a usted tanto como a mí.

 

 

 

¿Han maltratado los Lakers a Pau Gasol?

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Observo en los medios de comunicación españoles que, en las últimas fechas, se ha extendido en nuestro país la opinión de que Los Angeles Lakers está maltratando a Pau Gasol, al haber mostrado su disposición a traspasarlo a otros equipos de la NBA dentro de una operación de intercambio múltiple de jugadores.  Gasol ha estado a punto de ir a los Huston Rockets, aunque el traspaso finalmente no se ha concretado. En cualquier caso, es claro que los Lakers ya no consideran a Gasol como un jugador imprescindible para su futuro. Y es aquí donde bastantes españoles, orgullosos de Gasol, consideran que su actual equipo lo está maltratando, que no le está concediendo el trato que por su calidad humana y su trayectoria se merece.

Sin embargo, personalmente discrepo por completo de esta postura. Porque seamos realistas: desde la eliminación de hace unos meses en los playoffs ante Dallas, era manifiesto que los Lakers habían empezado a pensar en una profunda reestructuración de su plantilla, y por otra parte el rendimiento de Gasol siempre ha estado cuestionado por la prensa deportiva de Los Ángeles.  Gasol ha estado cuatro temporadas en los Lakers con unos resultados sobresalientes del equipo: dos anillos, una final; pero la debacle ante los Mavericks de Nowitzki ha marcado un antes y un después. Ha llegado un fin de ciclo, los jugadores se hacen mayores, hay que pensar en el futuro. Gasol ha prestado unos excelentes servicios deportivos, aportando lo que le faltaba al conjunto angelino para ganar dos nuevos campeonatos de la NBA. Pero su tiempo en los Lakers se ha acabado. Los directivos del equipo saben que, con 31 años -y pese a su elevado contrato-, es una pieza atractiva para varios posibles intercambios de jugadores de altos vuelos. Es su mejor moneda de cambio, y es lógico que la utilicen. Gasol tiene que comprenderlo, y los aficionados españoles también. 

Cualquiera que conozca mínimamente la NBA sabe que el baile de jugadores a múltiples bandas, los intercambios de baloncestistas y de futuras rondas del draft, son una tradición perfectamente normal dentro del basket profesional americano.  Casi todos los jugadores han pasado alguna vez por esa experiencia. No es nada especialmente traumático, sino parte de las reglas del juego allí vigentes. Es un elemento esencial del negocio-espectáculo-deporte (por este orden) de la NBA. Y no tiene sentido rasgarse las vestiduras en España porque ahora le toque hacer las maletas a Gasol hacia una franquicia menos potente y glamourosa, si es que finalmente es esto lo que sucede. A nadie le pareció mal que Pau entrase en una operación de este tipo cuando saltó de los Grizzlies a los Lakers. Pero unas veces se sube y otras se baja. Es ley de vida, es un gaje del oficio. Si Gasol tiene que jugar ahora tres o cuatro años en un equipo con pocas aspiraciones deportivas antes de volverse al Barcelona a disputar sus últimas temporadas como jugador profesional, creo que no hay nada que decir contra esto. Desde mi punto de vista, esta posibilidad simplemente forma parte de una realidad que conocíamos desde siempre y que hay que saber aceptar.  

Y una última observación: los intercambios múltiples de jugadores entre equipos -así como, por ejemplo, el circo anual del draft- contribuyen de una manera poderosa al enorme atractivo -incluso “intelectual”- que ejerce la NBA. En torno a este tema surgen entre los seguidores de la liga profesional americana discusiones interminables: sobre lo que se ha de hacer con un determinado jugador, sobre las mil opciones combinatorias que tienen ante sí el conjunto de los equipos. Nada parecido existe, por cierto, ni en la ACB ni en la Euroliga. Aquí hacemos fichajes y traspasos, sí; pero no podemos exhibir nada parecido al fascinante y complejo carrusel de jugadores que todos los años se produce en la mejor liga del mundo. Y esta carencia no es el menor déficit que padece el baloncesto europeo para generar en el viejo continente a nivel público un mayor interés. 

A Pau Gasol, que parecía condenado a una carrera gris en unos Grizzlies tristes y sin aspiraciones, el destino le deparó la suerte de poder jugar en uno de los dos equipos más míticos de la NBA; además, junto al gran Kobe Bryant y con aspiraciones reales de ganar un anillo, como de hecho después -y dos veces- sucedió. Si ahora debe iniciar una etapa más dura, un declive digno, pero con poca gloria, debería aceptarlo como una prueba más que le presenta la vida. Una prueba que tal vez le permita aprender a nivel vital mucho más de lo que nuestros comentaristas deportivos -hoy indignados con los Lakers y, la verdad, al mostrarse así un poco superficiales- alcanzar a sospechar.   

Las elecciones generales y Santo Tomás

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Son las ocho de la noche del 20 de noviembre y en la televisión acabo de ver los primeros sondeos a pie de urna sobre el resultado de las elecciones. Todo bastante previsible: mayoría absoluta del PP, batacazo del PSOE, subida de Izquierda Unida y luego un largo rosario de partidos que sacan unos cuantos diputados. Euforia de unos y esfuerzo de otros para buscarle a su derrota algún digno eufemismo. Cambio de gobierno e inicio de una nueva legislatura con los mismos rituales de siempre. Y, sin embargo, podría haber mucho más. Debería haber mucho más.

Siempre he sentido como algo mágico el diagrama del hemiciclo que muestra la televisión para presentar de una manera gráfica la nueva composición del Congreso de los Diputados. Llamativos colorines con sus correspondientes números. Y, enseguida, la lista de partidos con representación parlamentaria desde los mayoritarios hasta los minúsculos que sólo sacan un diputado. El sentido político de este reparto resulta obvio: dibuja la distribución del poder democrático para los próximos cuatro años. Pero, más allá de eso, ¿qué otro significado existe en ese hemiciclo cuyos escaños PP, PSOE, nacionalistas y pequeños se disponen a ocupar?

Permítaseme -deformación profesional- vislumbrar ahí una significación filosófica y acudir al mundo escolástico medieval para explicarla. Y es que la teología cristiana de la Edad Media era todo menos un lugar de pacífica calma chicha, de reinado indiscutible del dogma en un ambiente de inconmovible concordia intelectual y espiritual. Nada de eso, nada de eso: allí se enfrentaban, sintiendo que se lo estaban jugando todo, partidarios de San Agustín, averroístas latinos y aristotélicos cristianos como Santo Tomás de Aquino; dominicos y franciscanos, tradicionalistas y partidarios de estilos teológicos casi revolucionarios. Imaginemos acaloradísimos debates en la Universidad de París, escándalos y trifulcas, condenas y anatemas, sospechas de herejía: una lucha que, en cierto sentido, era a vida o muerte. Allí estaba la “derecha conservadora”, agustiniana; la “izquierda revolucionaria”, los averroístas que seguían a Sigerio de Brabante; y, en fin, el difícil equilibrio del centro (el “término medio” aristotélico), simbolizado por Santo Tomás. Las apasionadas contiendas teológicas de aquellos siglos tenían como objetivo último lograr un contrapuntístico equilibrio de contrarios, un punto de inestable armonía que, siempre difícil de mantener, era, sin embargo, el más próximo posible al ansiado horizonte de la verdad. Lejos de excesos, de desviaciones, de errores de perspectiva, sabiendo evitar los escollos, las trampas de la opinión, los engaños de lo que tal vez parece en principio verdadero, pero en el fondo no lo es. Santo Tomás de Aquino, incomprendido por muchos en su tiempo, representó esta “búsqueda del centro” y, como es lógico, fue atacado por los dos flancos cuyos errores, cuya insuficiente perspicacia, le resultaba imposible aceptar.

La analogía es clara y no precisa de grandes ilustraciones. Se me dirá, ciertamente, que el “parlamento filosófico medieval” era ante todo un lugar de discusión intelectual, y no un escenario de lucha política. Lo cual es verdad a medias: pues los escolásticos sabían que, detrás de una determinada línea metafísica, va toda una visión del mundo y de la sociedad que finalmente repercute también en el gobierno de los estados y de los hombres. Y a esto es a lo que voy: aunque todos sepamos ya que va a gobernar el PP, lo que yo personalmente querría es que el Congreso de los Diputados que hoy sale de las urnas fuese un foro de verdadero debate político-filosófico. Que los diputados no se limitasen a seguir las consignas del partido, a olisquear las cambiantes pasiones de la opinión pública, a jugar el cínico juego de las coyunturales conveniencias parlamentarias. Que no hiciesen esto, digo, sino que se dedicasen a estudiar a fondo cada asunto y a debatir sobre el mismo con tanta profundidad como les fuese posible. Y, a ser posible, con un rigor conceptual que se acercase, aunque fuera lejanamente, al de aquellos escolásticos que desmenuzaban, pulían y afilaban los conceptos hasta convertirlos ora en arena finísima, ora en diamante artísticamente tallado, ora en cortante estilete.

Eso querría yo, sí: no un Congreso de diputados dedicados al marrullero juego partidista, a la caza del bocado presupuestario o a la búsqueda de la foto propagandística o de la frase demagógica, sino un Congreso de políticos que se dedican a discutir con pasión en busca de ese dorado “término medio” en el que siempre se nos ha dicho que consiste la virtud. Unos diputados que, más allá de todo esquema ideológico anquilosado, se atreven a pensar libremente y no tienen más propósito que la búsqueda de la justicia, del bien y de la verdad. La búsqueda, en fin, de las mejores decisiones en lo tocante al gobierno del país.

“Justicia”, “bien”, “verdad”… palabras hoy devaluadas y que el lector de este blog tal vez acabe de leer con un atisbo de sonrisa en los labios. “¡Qué ingenuo es usted!”, se me dirá: “¿Es que no sabe que el mundo político es, por definición, un universo dominado por los intereses?” Sí, por supuesto; pero la política, si se mueve primordialmente en función del interés, termina produciendo una gobernación desastrosa. Sólo la desinteresada atención al bien común permite confiar en que se tomarán decisiones acertadas. Y, sin decisiones acertadas, ¿a dónde irá a parar la nave del Estado?

Un Congreso semejante a la Universidad de París del siglo XIII, efervescente de voces en contienda, y no un hemiciclo semivacío de diputados aburridos y bostezantes, que votan como disciplinados autómatas lo que les ordena el partido, que carecen de gallardía y de pensamiento propio y a los que, en último término, sólo les preocupa su propio futuro político. Eso es lo que hoy querría para España. Porque, antes y más que ninguna otra cosa, eso es lo que en la hora presente necesitamos.

Paul Grignon y el fetiche del dinero

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Circulan por Internet diversos textos y vídeos de un tal Paul Grignon del que, la verdad, no es que yo sepa mucho. Si no recuerdo mal, leí en algún sitio que es un ensayista canadiense o algo parecido. El tema preferido de Grignon es la naturaleza enigmática del dinero. Y, la verdad, dice cosas con las que personalmente estoy bastante de acuerdo.

Sintetizando mucho: el dinero que circula hoy en el mundo, el dinero que mueve de un lado para otro, a la velocidad de la luz, el sistema financiero internacional, es básicamente una ilusión, un espejismo, un truco de prestidigitador. No es dinero real, sino virtual. No se corresponde con la riqueza real del mundo: de hecho, el dinero circulante es casi diez veces mayor que el valor del PIB mundial. Es decir: manejamos dinero que no tiene correlato en ninguna riqueza efectiva. Hemos creado humo -concluye Grignon-. Los bancos crean dinero de la nada a partir de las deudas que contraen con ellos los ciudadanos. Y este es el principio del desastre: la sociedad se endeuda para crear un dinero que luego nos asfixia. Vivimos para el dinero, y al final el dinero para el que vivimos nos matará.

Lo que acabo de escribir es sólo un resumen algo burdo; pero, en esencia, la idea es ésa. Y sí, creo que Grignon no anda desencaminado en sus análisis. Hemos creado un tótem, un ídolo que luego nos ha esclavizado: el dinero no como simple instrumento de intercambio de bienes y servicios, sino como sustituto del mismo Dios. Desde luego, la idolatría de la riqueza no es un tema nuevo -recordemos el castigo de Midas-, pero el moderno capitalismo financiero lo ha llevado al paroxismo.

Y, si el dinero es el espejismo, ¿cuál es la realidad?  Sin duda, las personas. En sí mismo, el dinero no es nada: sólo es real el trabajo y el ser de las personas, que es lo que lo produce. Cuando pienso en esto, siempre recuerdo ¡Qué bello es vivir!, la inolvidable película de Frank Capra. George Bailey (James Stewart) ha extraviado 8.000 dólares, lo que representa la ruina para su pequeño banco y para sus modestos clientes. Desesperado, piensa en suicidarse. Pero, al final, sus amigos y vecinos, enterados de su desgracia, corren todos ellos a socorrerlo y llenan de dólares un gran cesto. ¡Qué bello es vivir, sin duda! Qué bello es vivir cuando, liberados de la pesadilla de un dinero anónimo, sin rostro, retornamos al cálido universo de las personas.

Eso es lo que tenemos que hacer hoy para salir de la crisis. No tanto encontrar la “fórmula mágica” para equilibrar el inestable castillo de naipes del sistema financiero internacional como volver a descubrir el “mundo de las personas”. Porque en un mundo de personas que se quieren, se comprenden y trabajan juntas, el dinero vuelve a asumir su verdadero papel -un instrumento de cambio- y es posible de nuevo levantar los ojos al cielo y volver a respirar.

El Hierro y el fin del mundo

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La actividad volcánica en la isla canaria de El Hierro va en aumento y, con ella, la inquietud de los aficionados a las profecías apocalípticas, que relacionan los presentes acontecimientos geológicos -como la catástrofe natural de Japón hace unos meses- con una inminente convulsión a nivel mundial.

El Hierro: para los científicos, para los lógicos, un caso de actividad telúrica perfectamente esperable en una zona de las características del archipiélago canario. Ningún misterio ulterior habría que buscar en lo que sólo es una manifestación más del multiforme acontecer de la Naturaleza: en este caso, de la corteza terrestre.

El Hierro: para los mágicos, para los visionarios, el símbolo del principio del “fin del mundo”  tal como la cultura popular de nuestros días lo asocia al mito de 2012 y de las profecías mayas.

No es necesario optar, sin mayores matices, por ninguna de las dos opciones. Es posible hacer otra interpretación. Ante todo, recordemos que el Hierro, isla más occidental de las Canarias, fue considerada durante siglos una especie de “isla del fin del mundo”, al mismo título que el Finisterre gallego o que el Land’s End de Cornualles. El mismo Julio Verne tomó el faro de Orchila como su “faro del fin del mundo”.  Y que El Hierro no es, ni geográfica ni simbólicamente, un lugar cualquiera, lo apreciamos en el hecho de que, hasta 1885 -año en que Gran Bretaña hizo valer su poder como primera potencia mundial del momento, haciendo mundialmente famoso al pueblecito de Greenwich-, el meridiano cero pasaba por allí. El Hierro era “el fin del mundo”, el extremo más occidental de Europa, el último cabo de Occidente en una época caracterizada por un fortísimo eurocentrismo.  Una simbología geográfica que después hemos olvidado, desde luego: hasta los recientes acontecimientos geológicos, El Hierro era para todos nosotros una pequeña y remota isla anónima más. Sin embargo, los símbolos logran siempre sobreviviri a nuestro torpe olvido.

¿Tiene algo que ver la actual erupción submarina de El Hierro con un posible “fin del mundo”, se entienda éste de una manera u otra? Pues de alguna manera, tal vez sí. Tengo un amigo, astrólogo y esoterista consumado, que me insiste en  que las catástrofes terrestres -tsunamis, terremotos, erupciones etc.- se encuentran en estrecha relación con el devenir espiritual de la Humanidad: dejando aparte la causalidad geológica estrictamente considerada, los hombres, sin darnos cuenta, contribuiríamos de alguna manera, mediante nuestras propias convulsiones psíquicas, a desencadenar -al menos en ciertas ocasiones- fenómenos de naturaleza análoga en el interior de la Tierra. Desde este punto de vista -que estoy lejos de compartir plenamente, pero que tampoco desprecio del todo-, el volcán de El Hierro, extremo de España y de Europa, tendría, como mínimo, el valor de una señal, de un símbolo que espera la adecuada hermenéutica.  “¿Cuál?”, se nos preguntará. Pues, para empezar -y hablamos de acontecimientos que están sucediendo ante nuestros ojos y que presenciamos “en tiempo real”-, una que lo relacione tanto con el sensacional descubrimiento italiano de que los neutrinos viajan a más velocidad que la luz, así como con la reviviscencia planetaria, ocurrida ayer sábado, 15 de octubre -ya “15-O”-, del movimiento del 15-M, trasladado ahora a Wall Street, a Francfort y a otras grandes metrópolis del mundo. Parecemos encontrarnos a las puertas de algún tipo de Gran Mutación. Los indignados del 15-M, impugnando el Estado actual, el sistema bancario y la democracia formularia de la ritual papeleta cada cuatro años para legitimar la inevitable alternancia bipartidista, balbucean los contornos de otro mundo que, sin embargo, realmente no sabrían describir (como mucho, regresan a Marx, a Bakunin, al socialismo utópico, al ecologismo político, a Walden o alguna otra propuesta de atmósfera tan romántica como irrealizable). Los misteriosos neutrinos que, más raudos que la luz, han viajado desde el CERN al Gran Sasso parecen prometernos también que “otro mundo es posible”: un mundo donde ya no es absurdo pensar en viajar al pasado, un mundo en que la máquina del tiempo de Wells deja de ser un juguete conceptual para escritores de ciencia-ficción. Otro mundo es posible. La erupción de El Hierro parece representar -permítasenos la licencia filosófica- un hito, un mojón invisible.  En España, acaba el 20-N la aciaga era de Zapatero, aunque sea para dar paso al gris Rajoy.  En Europa, el rescate de Grecia pone a los socios comunitarios ante un dilema existencial.  En el Occidente todo, crece la sensación de que el actual sistema psico-económico-político-cultural ya no sirve -véanse, por ejemplo, las críticas de Alain de Benoist-.  Nos encontramos en el umbral del Gran Cambio que inconscientemente esperamos.  Sin embargo, el problema radica en que tal cambio no puede producirse si no sabemos en qué consiste ni sabemos, por tanto, hacia dónde encaminar su rumbo.  La causa final de Aristóteles, clave de todo acontecer teleológico, mantiene, hoy como siempre, su protagonismo estelar.

¿Dónde yace escondida la respuesta?  Tal vez bajo el volcán de El Hierro, tal vez en las novelas de Verne, tal vez en la mágica rapidez de los neutrinos, tal vez bajo la superficie de la indignación de los indignados, recuerdo de aquella otra (”la playa está bajo los adoquines”)..  No es sólo que haya que cambiar nuestro sistema económico o político.  Hay que cambiar nuestra imagen misma de la realidad.

Y, ¿para qué?  Entre otras cosas, para que volvamos a entender que en El Hierro está realmente “el fin del mundo”.  Para que enriquezcamos de una manera inaudita nuestra visión de lo real.  Para que taponemos los intersticios de la nada de Sartre.  Para que el mundo vuelva a convertirse en un laberinto y en un jardín.

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